Sexto Domingo del Tiempo de la Pascua

Pbro. Manuel Acosta


Anotaciones al texto de Jn 14, 23-29

El texto tiene de trasfondo la interrogante del v. 22b: “Señor ¿qué pasa para que vaya a manifestar a nosotros y no al mundo?” Jesús responde a dicha pregunta en dos partes: 1) El que me ama guardará mi palabra. El Padre junto con Jesús (su Hijo) vendrán a hacer morada en el discípulo que ame y guarde la palabra (vv. 23-24); 2) El Paráclito, les enseñará y les recordará (vv. 25-29; cfr. 14, 16-17).

Los versículos 23-24 son una reformulación de Jn 14, 21. La experiencia pascual es intramundana y objetivable solo desde el amor. Este amor es la relación de fe íntima con Cristo. El mundo que, desde la perspectiva de Juan, rechaza al Enviado Jesús, le niega su confianza y se cierra a sus palabras, no puede tener acceso a este acontecimiento, puesto que no conoce lo que es amar. La incredulidad se objetiva en no saber amar. Por eso la antítesis, “el que me ama… y el que no me ama…”.

El v. 24 formula, en dicha antítesis con el v.23, la posición de la incredulidad: el que no ama a Cristo no vive de su palabra. Sin embargo, el paralelismo con el v. 23 se detiene aquí, pues el v. 24 no extrae ahí una consecuencia simétrica, que consistiría en afirmar que Dios y Cristo se niegan a venir junto a quien no los ama. El v.24b, aprovechándose, de manera perfecta, de la terminología del envío, subraya el alcance catastrófico de este rechazo: lo que se rechaza así es la propia palabra del Dios que viene.

Los vv. 25-26 también responden la pregunta, haciendo afirmación sobre el Paráclito. Esta afirmación lleva a su culmen la argumentación. El encuentro (“parusía”) pascual con Jesús se realiza gracias a la venida del Paráclito. El Cristo elevado vuelve a los suyos por medio del Espíritu. ¿Cuál es el contenido de esta argumentación acerca del Paráclito? Aquí cuatro observaciones:

a) Los vv. 25-26 distinguen dos períodos: el tiempo de Jesús y el tiempo pospascual. El primero es el tiempo de la revelación decisiva. El perfecto, “les he dicho estas cosas”, señala que las palabras pronunciadas por el Cristo encarnado siguen siendo determinantes para la época pospascual. No obstante, el tiempo de Jesús llega a su fin y desemboca en un tiempo nuevo situado bajo el signo de la presencia del Paráclito. Y el papel del Paráclito es precisamente unir estos dos períodos. Es lo que muestra el v. 26.

b) Como Jesús, el Paráclito es enviado por el Padre. Este envío debe entenderse sobre el trasfondo de la cristología del Enviado. Del mismo modo que Jesús era el representante de Dios entre los hombres, así también el Paráclito es el representante de Cristo entre los discípulos.

c) La función del Paráclito es doble, pero se refiere siempre a la palabra de Jesús. La primera función hace referencia a la enseñanza de todas las cosas, y el contenido de esta enseñanza plena se precisa: consiste en la memoria (anámnesis) de las palabras del Cristo terreno. El Paráclito es, simultáneamente, artesano de la memoria, hace memoria entre los discípulos de la revelación del Cristo encarnado, y hermeneuta; este recuerdo es fecundo: se da en una enseñanza.
d) La enseñanza del Paráclito es actualizante en la instrucción y en la predicación de la comunidad joánica. Dicho en otras palabras: la predicación del Cristo terreno se continúa en la predicación de la comunidad. Hay que añadir además que esta enseñanza comunitaria, fruto de la acción del Paráclito, halla su expresión privilegiada en el propio cuarto evangelio.

Resumiendo. Este discurso de despedida ha profundizado el sentido y el alcance de la muerte de Cristo (vv.23-26). La cuestión que lo atraviesa recibe en estos versículos una respuesta enormemente original. El evangelio de Juan afirma que el Cristo que ha dejado a los suyos en el Gólgota es el mismo que viene. Pero Cristo viene a los suyos a través de la experiencia pascual.

Esta experiencia no es un privilegio de los Once o de un círculo restringido, sino que se ofrece a todo creyente que ame a Cristo, es decir, que se remita entera y fielmente a su palabra. La pascua sucede en todas partes y siempre de nuevo allí donde las personas sitúan su existencia bajo la autoridad de Cristo y la entienden a la luz de su revelación.

El contenido de esta experiencia pascual atañe al conocimiento. Este conocer es acontecimiento en la venida de Cristo, es de hecho el Dios del amor quien se manifiesta para hacerse acontecimiento en el centro mismo de la existencia histórica del discípulo. La experiencia pascual significa que la relación de amor y de proximidad que existía entre el Cristo encarnado y su Padre se convierte en una gracia ofrecida a todos los creyentes.

Por último, los vv.27-29 plantea el deseo de paz y una reflexión recapitulativa sobre la situación de separación. El deseo de paz del v.27 formula el efecto pragmático del discurso. Lejos de desencadenar la crisis de fe que intentaba conjurar Jn 14, 1, la partida de Jesús es, muy la contrario, portadora de la paz presentista (escatología joánica). La noción de paz hay que comprenderla sobre el trasfondo veterotestamentario judío: designa la plenitud de vida querida e instaurada por Dios en el cumplimiento final. Aquí está reorientada cristológicamente: “la paz” se convierte en “mi paz”. Su contenido viene dado en el conjunto del anterior discurso de despedida. Todos los efectos positivos que la partida de Jesús suscita, formulados en Jn 14, 1-26, concurren para constituir el don de la paz concedido ahora por Cristo a los suyos.

La paz dada a los discípulos, precisamente porque emana de Cristo, se distingue de lo que el mundo puede ofrecer en esta materia. Se trata de una paz que no está sometida a las convenciones, a los juegos de poder, a los avatares y a la precariedad del mundo, sino que tiene su fundamento en Dios. Por eso no puede ser ni amenazada ni aniquilada por el mundo. Puesto que la partida de Jesús es la fuente de la paz plena, el discípulo no puede turbarse ni acobardarse. Ni la hostilidad del mundo incrédulo, ni la ausencia de Cristo podrían quebrantar su identidad de creyente.

El v.28a resume el argumento central del discurso: la desaparición inminente de Jesús debe ser entendida como una partida, seguida de una nueva venida. Es decir, se trata del acabamiento y perennidad de la revelación cristológica.

Por su parte el v.28b señala que la escucha de los discípulos no ha conducido aún a una comprensión plena del tema central del discurso. Existe todavía un desfase entre lo que la fe ofrece y lo que los discípulos viven en concreto. Una adhesión sin fisuras a Cristo, concretada en el amor a su persona, permitiría el acceso a la alegría (opuesta a la turbación y al miedo, v.27).

Esta alegría, que debería ser el efecto existencial de la cruz, se funda de una doble manera: por una parte, la muerte de Jesús es precisamente la hora de su vuelta al Padre, por tanto, la hora en que la misión del Enviado llega a su fin; por otra, precisamente porque, al morir, vuelve al Padre, el Cristo joánico vuelve a la fuente y al fundamento de su acción: la realidad divina. El Padre es mayor que Jesús justamente en la medida en que toda la acción de Jesús no tiene otra finalidad que revelar la realidad salvífica de Dios. A este descubrimiento, creador de alegría, es a donde debería conducir el amor profesado a Cristo.

El v. 29 precisa la función del discurso pronunciado. Dicha función es “ahora”. Este ahora es pospascual y tiene como punto de partida la cruz de Jesús. El “antes de que suceda” se refiere a la inminencia de la cruz en la narrativa joánica; y, el “para cuando suceda”, indica la consecuencia de la cruz de Jesús en el “ahora” del discípulo. Dicho resultado solo puede ser: “crean”. De este modo la fe en pospascual en el Crucificado encuentra su asidero en el “ahora” del discípulo

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