P. José Antonio Molina

Anotaciones del texto Jn 11,1-45

  1. La resurrección de Lázaro
    A diferencia de los evangelios sinópticos, san Juan utiliza la palabra «signo» («semeion» en el texto original griego) en lugar de milagro. En el primero, Jesús convierte el agua en vino en las bodas de Caná (Jn 2,1-11). De nuevo citamos el comentario de la Biblia de Jerusalén: «Jesús debe de realizar «signos» para probar que ha sido enviado por Dios, ya que sólo Dios puede obrar contra las leyes naturales. Durante su vida terrestre realizará seis, el último de ellos la resurrección de Lázaro, que prefigura su propia resurrección, signo por excelencia». Al final, san Juan explica la razón y motivo de los signos: “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20,31).
    La resurrección de Lázaro es muy rica en símbolos. De nuevo la liturgia nos invita a vernos en Lázaro de Betania, gravemente enfermo y después muerto. Cuando llega Jesús lleva ya cuatro días enterrado. Puntualicemos su mensaje de cara a la renovación de las promesas bautismales. En los pasados domingos hemos visto los efecto del pecado en la samaritana y en el ciego de nacimiento. En este domingo veremos el efecto cósmico y universal que tiene el pecado. La muerte representa el fin de toda esperanza, se dice: “mientras hay vida hay esperanza”. Cuando llega la muerte es inútil esperar un milagro. Ya no hay nada que hacer, la muerte aparece como el final de todo. Pero no existe solo la muerte física, a veces pasamos por situaciones que nos hacen experimentar la muerte en vida. Leemos en Sab 2,24: “pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo y la experimentan sus secuaces”. El texto habla de la muerte física y a la vez de la muerte existencial, es decir, todos moriremos, pero hay una muerte que la experimentan los que pertenecen al diablo, son personas vivas pero que están como muertas, a estos se refiere Mt 8,22: “deja que los muertos entierren a sus muertos”.
  2. Marta y María hermanas de Lázaro
    En nuestras angustias y necesidades aprendamos a implorar como estas dos hermanas. Su hermano está gravemente enfermo y se limitan a enviar a decir: “Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo”. La verdadera fe no es decirle al Señor lo que queremos y lo que tiene que hacer. Mejor presentemos nuestras necesidades. Fiémonos de él. Él sabrá darnos lo que más nos conviene.
    Marta es figura de la mujer ocupada, así aparece en Lc 10,38-42. En el texto dominical sale al encuentro del Maestro, habla sin tapujos, su fe es similar a la de los fariseos que esperaban la resurrección el último día. Jesús le anuncia una resurrección no para el último día sino para “ahora”, dice Jesús: “Yo soy la resurrección” (Jn 11,25).
    En cambio, María espera en casa. Entra en escena porque ha sido llamada: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,28). En el original griego “phoneo”, llamar, no sólo es el verbo utilizado para describir la llamada de Lázaro: “La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro de la tumba y lo resucito de entre los muertos” (Jn 12,17); también es el verbo del Buen Pastor: “luego las llama una por una y las saca fuera” (Jn 10,3). Al llamado: “en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente”. Por esta respuesta inmediata, ella es imagen de la discípula y los judíos “la siguieron” (Jn 11,31). Al seguirla verán la resurrección de Lázaro. Este detalle es importante. Su obediencia beneficia a los que la siguen.
  3. Jesús llora por su amigo Lázaro
    Los comentaristas dicen que estas lágrimas anticipan las que también derramará Jesús en el Getsemaní. Todavía hay que precisar que la mentalidad judía creía que el espíritu del difunto permanecía cerca del cuerpo durante tres días y sólo al cuarto lo abandonaba e iniciaba la corrupción. La palabra potente de Cristo resucita a Lázaro cuando ya no hay esperanza. Experimenta lo que significa: “Yo soy la resurrección y la vida”. La resurrección de Lázaro anticipa la de Jesús, la diferencia es que Lázaro fue “reanimado” pues más tarde volverá a morir. Jesús resucitado ya no muere más. Esta vida plena es posible por el bautismo, dice San Pablo: “Por medio del bautismo fuimos, pues, sepultados con él en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos mediante la portentosa actuación del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4).
    El Papa Benedicto XVI, en su mensaje de la Cuaresma del año 2011 decía: “Privado de la luz de la fe, el Universo entero termina encerrado en una tumba sin futuro, sin esperanza”. Solamente Cristo tiene la llave que vence la muerte, no sólo la física sino la existencial.
    La celebración de las próximas fiestas pascuales sean una experiencia de pasar de la muerte a la vida.

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