Décimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio de este domingo (Mt 9, 36-10, 8) tiene un marcado acento vocacional y
misionero. San Mateo nos descubre , ante todo, el corazón de pastor de Jesús, su mirada compasiva hacia las multitudes. Él se compadece de la pobreza y la miseria material en la que vivían muchos de sus contemporáneos, oprimidos por el Imperio romano. Pero también se compadece de su miseria moral y espiritual de estas multitudes que andaban desorientadas «como ovejas que no tienen pastor”.


La constatación de esta dura realidad lleva a Jesús a tomar la decisión de llamar a sus
primeros discípulos para enviarlos a la misión. La primera petición que Jesús hace a sus discípulos es la de suplicar a su Padre que envíe obreros a su mies, es decir, que suscite misioneros que apacienten a aquellas multitudes extenuadas y desamparadas.
San Mateo nos narra la llamada y la misión de los doce apóstoles. Esta primera misión se
dirige solamente a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Es claro que el Señor ha venido para salvar a toda la humanidad, pero comenzando por Israel. En este sentido, es importante recordar que, en el contexto de este pasaje evangélico, tanto el número de los apóstoles como la recomendación de que se dirijan únicamente a los israelitas, manifiesta la indefectible fidelidad de Dios a las promesas hechas al pueblo de la primera alianza.

De acuerdo con la perspectiva de Mateo, la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios abierto a todas las naciones. Sin embargo, eso no significa que Dios haya rechazado al pueblo de Israel. De hecho, hay una continuidad, simbólica y real, entre el pueblo de la primera Alianza y el de la nueva Alianza. Por ejemplo, los doce apóstoles, en cuanto fundamentos del nuevo pueblo de Dios, remiten simbólicamente a los doce patriarcas, es decir, a los padres fundadores del pueblo de Israel.


Esta continuidad entre el pueblo de la primera Alianza y el nuevo pueblo de Dios es insinuada por el mismo Jesús en Mt 19, 28, pasaje en el que leemos: “Jesús contestó: ‘A ustedes que me han seguido, yo les digo: cuando todo comience nuevamente y el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, ustedes también se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’”. De acuerdo con el plan original de Dios, tanto Jesús como Pablo (cf. Hch 13) intentaron convertir primero a Israel para este deviniera germen de salvación para todas las naciones; pero, desde el punto de vista puramente humano, ambos fracasaron en su
intento. ambos fracasaron en su intento. Debido, pues, al rechazo de Jesús por parte del pueblo de Israel, los roles se invierten en el plano histórico-salvífico: los primeros se
convierten en los últimos y los últimos en primeros. Pero, volviendo a la primera misión de los Doce, san Mateo nos dice que Jesús transmite su poder a los apóstoles. De ahí que ellos puedan realizar los mismos milagros que Jesús hacía:
curar a los leprosos y demás enfermos, resucitar a los muertos y echar fuera a los demonios.

Pero la tarea principal que el Señor encomienda a sus enviados es proclamar que el Reino de los Cielos ya está cerca. Este anuncio debe caracterizarse por la gratuidad. Así se los ordena expresamente Jesús: “Gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente.


Estas instrucciones y las que encontramos en el resto del discurso misionero de Jesús (Mt 10) siguen siendo plenamente válidas para los misioneros de hoy. Pobreza, sencillez, gratuidad, han sido el secreto de la eficacia del anuncio del Evangelio a través de los siglos.

El Evangelio que meditamos este domingo nos invita a renovar nuestro compromiso
misionero. Como sabemos, la misión de la Iglesia es tarea de todos los bautizados, aunque con responsabilidades diferenciadas. En este sentido, los pastores de la iglesia y sus colaboradores inmediatos somos invitados con mayor razón a hacer nuestro propio examen de consciencia a la luz de esta Palabra.

Debemos preguntarnos, entre otras cosas, si tenemos un corazón compasivo como el de Jesús, si nos duele sinceramente el sufrimiento de nuestros contemporáneos. Debemos constatar con tristeza que también hoy, como en tiempos de Jesús, una gran mayoría de la humanidad vive en la miseria material y espiritual. En nuestro país, hay multitudes de hermanos y hermanas que viven en la angustia de conseguir al menos el
pan de cada día. Cada vez más familias entran en el círculo vicioso de la pobreza y la miseria, con todo el sufrimiento que esto conlleva. Y, mientras tanto, los dirigentes políticos prefieren vivir en un mundo paralelo para no escuchar el clamor de las mayorías desesperadas y
desamparadas.

Pero a nosotros, discípulos de Jesús, se nos pide una mirada compasiva y una
actitud coherente ante el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas. Al final de nuestra reflexión, convendría invitar a los fieles a orar por las vocaciones
sacerdotales y religiosas, tal como nos recomienda Jesús en el evangelio. Oh Jesús, Pastor eterno de las almas … Danos Sacerdotes y misioneros según tu corazón. Amén.

Entradas relacionadas