Repensar la Parroquia en una Sociedad Líquida.

Propongo estas reflexiones con la clara conciencia de que mucho de lo aquí planteado es algo ya superado. Es decir, hay experiencias pastorales muy desarrolladas en nuestra realidad eclesial salvadoreña. Sin embargo, me atrevo a compartirlas para suscitar algún repensamiento y un poco de debate en torno al fondo de lo que aquí señalamos. Me impulsa también compartirlas en honor al P. Luis A. Coto, quien este pasado 8 de junio cumplió su primer año luctuoso. Él fue un verdadero paladín de la renovación pastoral de la parroquia.

Me gustaría comenzar planteando unos breves guiones históricos en torno al modelo de parroquia que todavía tenemos en nuestras diócesis. Saber que dicho modelo nació justamente con la era de cristiandad comenzada en el s. V y consolidada en el s. XI. Sin duda fue un invento pastoral muy bueno, puesto que duró tanto tiempo, ya que respondió en modo adecuado a las necesidades socioculturales y religiosas de aquel momento. Pero estamos claro que después de diez siglos algo ha cambiado: la sociedad de cristiandad ha caducado. ¿No será por eso por lo que el formato de parroquia que tenemos está perdiendo funcionalidad pastoral? ¿Por qué será que los bautizados se sienten más bien atraídos por los movimientos y asociaciones que por la vida parroquial? ¿Por qué se salen de la iglesia y se van con las sectas?

La parroquia del s. XI, para el caso, nace para dar cohesión social y religiosa a la gente de aquel momento. Tenía la función social tal y como hoy son los municipios (ámbito administrativo, sanitario, penitenciario, comercial, etc.) y cohesionaba a los pobladores en una férrea identidad cultural y religiosa. Los organismos parroquiales definían toda la vida de la gente y el cura párroco tenía un contacto directo, continuo y permanente para con sus parroquianos. Los conocía por nombre y apellido, y los acompañaba en todas las vicisitudes de la vida de cada uno: desde la cuna hasta la tumba. Esa estructura sociocultural, que era la parroquia, permitió la organización social y territorial de regiones enteras: Europa se configura política y socialmente bajo la forma parroquial, y aún en Latinoamérica hay resquicios de ello (Venezuela, por ejemplo).

¿Qué es lo que tenemos hoy?

Debemos insistir: el contexto ha cambiado radicalmente. ¿Cómo es la realidad actual? Los estudiosos nos ayudan a comprender la realidad en que vivimos. Apoyémonos en el pensador polaco Sigmund Bauman y su teoría de la “sociedad líquida”. Según este pensador, mientras terminaba la época de cristiandad fue entrando paulatinamente, y en modo más acelerado en la última etapa del s. XX, un nuevo modelo de sociedad: una sociedad caracterizada por la primacía de las relaciones, primacía de la comunicación, de la lógica de las redes, muy diferente a la sociedad de cristiandad (que Bauman llama “sociedad sólida”) que privilegiaba la institucionalidad y la estabilidad socio geográfica. Hemos entrado de lleno a la sociedad líquida. Aunque algunos la maticen, la mayoría de los teóricos están de acuerdo con esta lectura de la sociedad actual. ¿Por qué como iglesia permanecemos anclados a una estructura que al parecer ya caducó? ¿Cómo debería ser nuestra parroquia en esta nueva sociedad?

El Espíritu es creativo y si somos dóciles a sus inspiraciones nos empujará a tomar decisiones audaces para poder responder a las exigencias del momento. Los Santos Padre de la Iglesia, desde los primeros siglos, nos dejaron el ejemplo de cómo el evangelio tiene que ser adaptado al contexto en el que se anuncia: ellos lo hicieron magistralmente ante el imponente mundo greco-romano. En la edad media, los grandes maestros de la escolástica y los grandes reformadores nos enseñan a ser creativos y proactivos frente a la realidad circundante. ¿Por qué ahora no podemos hacer una revisión seria de esa estructura que al parecer es disfuncional? Claro que lo nuevo da miedo. Los más miedosos comenzarán a encontrar todos los peligros posibles ante un cambio tan radical. Pero, estando en este viejo continente me doy cuenta de que por no querer cambiar nada las consecuencias siempre son nefastas: las parroquias están desapareciendo, la vida eclesial “solida” está agonizando por su misma desadaptación. A nosotros nos pasará lo mismo si no hacemos nada por actualizarnos, si queremos que las cosas sigan como siempre han sido.

¿Qué debemos hacer?

El Papa Francisco está invitando constantemente a no tener miedo a los cambios, pues “hay estructuras que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador” (EG, 26). Además ha invitado vehementemente a “dejar de lados las estructuras caducas” (Francisco, Hom. 15 setp. 2014). Hay que hacer, pues, una seria y profunda conversión pastoral. Debemos pensar que ello incluye la revisión de esa “estructura” llamada parroquia, que por ahora ha entrado en estado de caducidad. Pero no se trata de dar un salto al vacío, o de hacer un borrón y cuenta nueva. Se trata de ser creativos y audaces para responder a los nuevos retos y exigencias que la realidad nos impone.

Primero, debemos aceptar que la realidad ha cambiado, la iglesia ya no tiene las riendas de la vida social (sociedad de cristiandad), ahora es un “pequeño resto marginal”. Por eso debemos “inventar la parroquia del mañana”, desde el punto de vista teológico (en base a los fines) y desde el punto de vista pragmático (en base a los medios). En una sociedad cambiada y cambiante, en condición de marginalidad, ¿qué queremos ser como parroquia? ¿Cómo vamos a alcanzar ese objetivo? El futuro plan pastoral de la diócesis debe tomar en serio la “estructura parroquial” que ahora tenemos y apuntar a un “nuevo estilo parroquial”.

Segundo, revisar los principios que rigen la vida parroquial. La parroquia que tenemos sigue el principio “todo para todos en un solo lugar” y a una escala cada vez más grande. Eso hace que el ministro sea absorbido en una cantidad de trabajos que ciertamente no puede asumir (con el consecuente burnout sacerdotal) y que los fieles sean poco acompañados (con el consecuente alejamiento y desorientación del laicado). Los principios de la cercanía a la gente, la comunión viva, la partición activa, así como la orientación misionera deben estar en el corazón de la vida parroquial. En otras palabras, la parroquia en una sociedad líquida debe dejar de lado las vinculaciones preponderantemente institucionales para pasar a formas de relaciones más cercanas y familiares.

¿Cómo acompañar en modo familiar y cercano?

Aquí entra en juego el concepto de redes: la vida parroquial tiene que diseñarse en forma de un gran tejido de relaciones (redes relacionales) para poder responder a las necesidades de los habitantes del territorio parroquial. Indudablemente, aquí es necesario hacer uso de los recursos tecnológicos que posibilitan esa vinculación y que se expresan en forma de “redes sociales”: el evangelio tiene que estar en el continente digital. La parroquia ya no será caduca si se vuelve ágil, con gran movilidad y capacidad de adaptación, para poder encontrar a los bautizados donde ellos se encuentren y anunciarles la buena noticia de salvación, con el lenguaje y con los medios que ellos entienden y utilizan. Pero al hablar de redes relacionales, no se trata sólo del campo informático, claro que no. Se trata de una forma de ser de la parroquia, de un “estilo” parroquial: tejido de relaciones que se expande bajo el criterio de la comunión y la participación fraterna y cercana.

Aquí vale la pena hacer uso de una metáfora: la atarraya, que es una red con un complejo tejido, pero todo ese tejido tiene un centro de cohesión o de unidad. El aspecto institucional de la parroquia, incluido sus ministros, debe estar sólo para dar cohesión a todo el tejido de esas relaciones en redes, y comprender que dicha relacionalidad es más útil en cuanto más extendida esté para que así pueda acercarse a más personas. El pescador no lanza la atarraya enrollada o anudada, así no pescará nada. De la misma manera, la forma institucional de la parroquia no debe restringir el gran tejido de relaciones y subestructuras que constituyen la parroquia, más bien debe expandirlas, sin romper el tejido por supuesto, para que logre su cometido de atraer a más personas a la vida eclesial. La clave es expandirse sin romper las relaciones, sin romper el tejido: una atarraya rota no pesca nada.

Es indispensable, por tanto:

Una redistribución territorial de la parroquia en pequeños sectores, coordinados con liderazgos propios.

Que la vida eclesial tome la forma de pequeños grupos (quizás sea mejor el nombre de “comunidades”) donde se posibilite el encuentro cercano y fraterno (subdivisión de sectores).

(Este esquema de distribución territorial y la estructura de pequeñas comunidades es muy común en nuestras parroquias. Lo apuntamos porque todavía hay parroquias amorfas en su territorialidad)

Que las pequeñas comunidades tomen como fondo y forma la familia, es decir, ser comunidades familiares, donde todos se sientan a gusto en el encuentro comunitario con sabor familiar.

Que la apuesta pastoral sea decididamente centrada en la familia natural, con todos sus miembros, para que las pequeñas comunidades sean auténticas “familia de familias”.

Que la parroquia recupera su verdadera identidad: la gran casa (par-oikos) que acoge a todos en un ambiente familiar.

Si fuera así, las parroquias adquirirán un nuevo rostro y estarán cumpliendo la invitación del Papa Francisco de apostarle a la familia como primer camino de evangelización. Ya no se trata de tener en la parroquia una “Pastoral Familiar”, se trata, más bien, de hacer que la parroquia tenga una pastoral con una clara “mística familiar”: hay que “ecogenizar la pastoral”. Utilizamos el concepto “ecogenizar” en el sentido etimológico: oikos = casa, genesis = comienzo; es decir, todo comienza en la familia. No olvidemos que la familia es desde el inicio paradigma eclesial, pues la Iglesia es “Familia de Dios”.

Pero es indispensable, también:

No descuidar los carismas de cada bautizado, discernirlos y cultivarlos, para que los pongan al servicio de todos los miembros de la comunidad.

Armonizar los carismas para que surjan los distintos ministerios, que en buena parte pueden enmarcarse en la triple ministerialidad de la pastoral (profética, litúrgica, social).

Hacer caminar a cada bautizado por la senda de la ministerialidad (hay que ser muy creativos para ello) de tal modo que todos se sientan en comunión y participación, que nadie se sienta excluido.

Que los bautizados se sientan acompañados en todos los momentos de su vida, que no se les releguen sus más profundas necesidades, sobre todo en momentos tristes como en los momentos alegres, que nadie se sienta ignorado.

Que los bautizados recorran un camino de madurez espiritual, comenzando con el encuentro con Cristo, avanzando por el camino de la conversión, viviendo la comunión y practicando la solidaridad.

Resulta prioritario:

Ofrecer una sólida formación a los bautizados para que el ejercicio de su misión dentro de la Iglesia sea edificante y fructífero. Para ello hay que crear “espacios –y procesos– formativos serios”, que ofrezca la posibilidad de formar a muchos y en alto nivel.

Que los laicos asuman importantes liderazgos de animación en las comunidades, para que el crecimiento de ellas no dependa del ministro ordenado, de modo que el sacerdote pueda dedicar más tiempo al ministerio profético y real que dedicarse sólo al litúrgico, como sucede en la práctica.

Que el ministro ordenado esté en permanente formación (pasiva y activa) y reconozca que su misión se concentra (a parte del tria munere: profeta-sacerdote-rey) en ser vínculo de comunión y agente animador de los carismas de los fieles.

Conclusiones

La parroquia “solida”, es decir, centrada en la institucionalidad debe dar paso a la parroquia “líquida”, o sea, centrada en la cercanía y la vinculación en red. No olvidemos que παροικία significa “casa (oikos) del peregrino”, lugar de acogida fraterna, experiencia de encuentro y comunión para quien va de paso. El trato humano y fraterno debe primar sobre el trato institucional.

Dar prioridad a las relaciones humanas más que a la institucionalidad es indispensable, pero no se debe descuidar una esencial forma estructural. Una parroquia en la sociedad líquida puede compararse con una barca que tiene ciertamente madera sólida, suficiente y adecuadamente colocada, para poder navegar sobre las aguas sin hundirse. La forma institucional de la parroquia debe ser un componente oportuno, pero no el esencial o primario en la “parroquia del mañana”.

Para establecer una mística de “relacionalidad en redes” es necesario una profunda y permanente formación, sobre todo a los liderazgos de animación laical y a los liderazgos sacerdotales. En tal caso hay que repensar el ministerio e identidad del presbítero. El concepto de “cura animarum” de la edad media, que daba una total centralidad al ministerio ordenado en todo el que hacer pastoral, debe ser actualizado por el de un “testio servorum” en corresponsabilidad con los fieles laicos.

Crear una cultura formativa, con los espacios “serios” y pertinentes, es una urgencia en nuestra realidad eclesial. Institutos de formación teológica-pastoral para los fieles laicos debería haber en cada diócesis. La formación permanente del clero debe ser prioritaria para una incesante renovación en las cuatro grandes dimensiones de la vida ministerial: humana, espiritual, intelectual y pastoral.

En definitiva, el nuevo estilo de parroquia implica quitarle la centralidad de lugar (templo) y centralidad de un sólo agente (párroco) para expandirse y diversificarse en los lugares (sectores y pequeñas comunidades) y agentes (laicos). Pero no se trata de hacer “parroquitas” a los sectores, sino en la lógica de la red mantener un ensamblaje comunicacional y operativo bien conectado, sin rupturas. Aquí entra en juego la capacidad de liderar y la formación de los liderazgos. Además, implica quitarle la centralidad al ritualismo y darle más espacio a lo cercano-fraterno, así como a lo formativo y solidario, sin olvidar el crecimiento espiritualidad y la vivencia litúrgica, por supuesto.

No podemos dormirnos en los laureles de la comodidad o estancarnos por los frenos del miedo, pues la realidad se impone: si no cambiamos de modelo de estructura parroquial que tenemos (renovación quizás en muchos casos más en el fondo que en la forma), estamos condenados a un catastrófico futuro (Europa es testigo de ello). La conversión pastoral que queremos aplicar a nuestra realidad eclesial exige la revisión de la estructura que tenemos para crear un nuevo estilo de parroquia. Esa renovación es cuestión de vida o muerte.

Sugerencia bibliográfica:

JOIN-LAMBERT, Arnaud. Hacia una Iglesia «líquida». Seminarios sobre los ministerios en la Iglesia, 2016, vol. 62, no 217, p. 107-117.
REVILLA CUÑADO, Avelino. El anuncio del Evangelio en una sociedad líquida. 2018.

Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma

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