Pbro. Jorge Fuentes


Después de celebrar las grandes solemnidades del tiempo pascual y la solemnidad de la Santísima Trinidad, con la que retomamos el tiempo ordinario, la liturgia nos presenta este domingo la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta fiesta fue instituida por el papa Urbano IV, en 1264, con la finalidad de reforzar la fe en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
El evangelio que la liturgia nos propone en esta solemnidad (Jn 6, 51-58) retoma un fragmento del discurso sobre el pan de vida, pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. San Juan nos dice que las palabras de Jesús provocaron en sus oyentes la sorpresa y el rechazo. Sin embargo, Jesús no se retracta de lo que acaba de decir. Esto prueba que nuestro Señor no hablaba en un lenguaje figurativo cuando afirma que hay que comer su carne y beber su sangre para tener vida en él. Aunque evidentemente tampoco se trata aquí de antropofagia. Se trata más bien de “comer su carne” y “beber su sangre” de forma sacramental. De hecho, la Iglesia lo entendió así desde el primer momento. Por ello, hasta el día de hoy, no ha cesado de renovar su fe en la presencia real de Jesús bajo las especies consagradas del pan y del vino. Precisamente, en esta solemnidad del Corpus Christi, la Iglesia manifiesta públicamente esta fe. Por esta razón, el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por las calles de pueblos y ciudades en todo el mundo, para que todos puedan adorarlo y recibir su bendición.
Volviendo al pasaje evangélico de esta solemnidad, es importante señalar que Jesús en su discurso hace referencia al célebre maná, aquel alimento que Yahvé hizo llover sobre los israelitas en el desierto. El libro del éxodo nos dice que “Cuando los hijos de Israel vieron esto, se dijeron ‘Man-hu’, o sea, ¿qué es esto?, pues no sabían lo que era. Y Moisés les dijo: ‘Este es el pan que Yahvé les da para comer’” (Ex 16, 15). Como los israelitas, también nosotros los cristianos debemos manifestar nuestra admiración ante un don mucho más sublime y misterioso como la Eucaristía, la cual nos da la vida eterna.
En su discurso, Jesús explica que el maná del desierto era solo una figura del verdadero pan del cielo que Dios iba a dar a los hombres por medio de su Hijo. El milagro de la multiplicación de los panes y los peces constituye asimismo una prefiguración del misterio de la Eucaristía que Jesús anuncia en el discurso del pan de vida. Cabe mencionar que, como el maná era solo una figura del verdadero pan, los que lo se alimentaron de él no obtuvieron la vida. De igual manera, los que buscan a Jesús únicamente porque les dio de comer hasta saciarse no obtendrán la vida que él les ofrece.
Jesús, por su parte, invita a sus interlocutores a desear el verdadero pan del cielo, ese pan que solo el Hijo puede dar y que comunica la vida eterna. Pero, precisamente, cuando Jesús invita a sus oyentes a comer su carne y a beber su carne para tener vida en él, en ese momento se produce la llamada “crisis de Cafarnaúm”, es decir, el abandono de muchos de sus discípulos. Sin embargo, aunque las palabras del Señor sonaron muy duras para muchos de sus discípulos, los cuales lo abandonaron enseguida, los Doce confiesan con Pedro que solo Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68). Fiel a la fe de los apóstoles, la Iglesia ha confesado a través de los siglos que solo Jesús tiene palabras de vida eterna. Que solo él puede darnos el pan de vida eterna en el sacramento de la Eucaristía. Esta fe en la presencia real de Jesús bajo las especies sacramentales del pan y del vino constituye justamente uno de los elementos más característicos del credo cristiano. Esto es así porque, además de estar sólidamente fundada en la enseñanza de la Sagrada Escritura (la figura del maná, el discurso de Jesús sobre el pan de vida, los relatos de la institución de la Eucaristía), esta verdad de fe está bien atestiguada desde los inicios de la Iglesia. Por ejemplo, san Ignacio de Antioquía, hacia el año 90 d. C, en su Carta a la Iglesia de Esmirna, 7, afirma lo siguiente: “Los sabios se alejan se alejan de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, el que sufrió por nuestros pecados y a quien el Padre en su bondad ha resucitado”.
En esta gran solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo es importante recordar que la Iglesia vive de la Eucaristía. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida y la misión de la Iglesia. Al participar de este sacramento nos hacemos uno con Cristo y con los hermanos. La Eucaristía, por tanto, crea la unidad de la Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia. Infinitamente sea alabado mi Jesús Sacramentado. Amén.

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