15° domingo tiempo ordinario

Mt 13, 1-23

Pbro. Manuel Acosta

1. Anotaciones al texto

El capítulo 13 del Evangelio de Mateo, constituye el Tercer Discurso de este evangelio. Dicho discurso expone la naturaleza del Reino de los cielos, que hace posibles reacciones opuestas y hasta su rechazo. El Reino es comparado con realidades cotidianas y frágiles: unas semillas, un poco de levadura, un tesoro escondido. Pero son imágenes débiles cargadas de esperanza y de un futuro distinto. Por su misma naturaleza, estas realidades exigen tierra bien preparada, masa dispuesta, gente emprendedora y búsqueda, que esté atenta y haga fructificar el tesoro, la levadura, la semilla, el don. El ser humano se juega todo ante el Reino de los cielos.

Jesús comenzó proclamando el Reino de los cielos (Mt 4, 16). Aquello suscitó esperanzas, pero también interrogantes, decepción y hasta conflictos. Ha llegado el momento en el que Jesús tiene que explicar cómo él entiende el Reino de los Cielos. Y lo hace en parábolas, que es un lenguaje poético, sugerente, provocador, basado en realidades cotidianas, y pretende dar qué pensar y abrir perspectivas existenciales nuevas al oyente.

El texto actual se divide en cuatro partes: 1) introducción (vv. 1-3a); 2) parábola del destino de la semilla (vv. 3b-9); 3) finalidad de hablar en parábolas (vv. 10-17); y, 4) interpretación de la parábola del destino de la semilla (vv. 18-23).

La introducción describe a Jesús, quien, a orilla del lago, se sube a una barca y se sienta en ella para hablar a la gente que le seguía. Esta introducción deja por sentado que lo que viene a continuación es, por una parte, la enseñanza de Jesús, y por otra sugiere su autoridad para hablar a las multitudes. La ubicación de la gente, “a la orilla”, indica el lugar social desde el cual Jesús se auto comprendía. Él se ubicaba desde los orillados sociales. La expresión “y les habló muchas cosas en parábolas” alude a la forma sencilla de hablar de Jesús, quien, mediante comparaciones cotidianas, enseñaba a la gente cuál es la naturaleza del proyecto de Dios, cuál debe ser la actitud de los oyentes, y cuáles son sus implicaciones históricas[1].

En la segunda parte, Jesús presenta la parábola del destino de las semillas, que se suele llamar “del sembrador”. Salió un sembrador a sembrar evoca la escena común, en aquel tiempo, de un campesino luchando por ganarse la vida en condiciones difíciles. Tres cuartas partes de las semillas no van a producir nada porque caen en suelo inadecuado. Estas semillas se frustran, aunque cada una un poco menos que la anterior: la que cayó en el camino (v. 4), la del pedregal (vv. 5-6), la de los espinos (v. 7). Los pájaros (v. 4) y el sol (v.6) impiden también un feliz resultado. En su contexto, el texto no menciona otros obstáculos: rentas, diezmos, impuestos y tasas, semillas para el año siguiente. Una mala cosecha significaba pedir dinero prestado; el endeudamiento llevaba al impago del préstamo, a la pérdida de la tierra y a una esclavitud potencial como jornalero[2].

Pero en una situación tan poco halagüeña hay alguna esperanza. Otras semillas cayeron en tierra buena y dieron fruto. Comparada con las otras tres partes de las semillas, esta última parte da una cosecha abundante. Dar fruto: unas el ciento por uno, otras, el sesenta, otras, el treinta, constituye la finalidad principal de la parábola, para sus oyentes. La cosecha abundante anticipaba a los orillados sociales la llegada del Reino de Dios, que proporcionará recursos abundantes y anulará el círculo vicioso de la pobreza en el campo. Por ello, Jesús no explica la parábola, sino insta a los oyentes a extraer el significado actual de sus palabras: “El que tenga oídos, que oiga”. Esta frase corresponde al lector actual.

La tercera parte constituye la respuesta de Jesús a la pregunta que los discípulos hacen: ¿Por qué les hablas en parábolas? Jesús enfatiza que sólo a los discípulos se les da a conocer los misterios del Reino de los Cielos. La cualidad de los discípulos debe ser producir frutos de justicia.

Y la última parte es la explicación de la parábola. Esta es una elaboración posterior de la comunidad de Mateo, que complementa el sentido primitivo de la parábola. Es una llamada a la responsabilidad con el Reino, a sembrar sin distinción, a ser tierra acogedora de la Palabra de Dios. Mateo subraya que hay que “escuchar y comprender” (vv. 19. 23) la Palabra. Estos dos verbos están imbricados. Comprender implica, ante todo, una actitud ética y espiritual de apertura, de limpieza de corazón, de disponibilidad para acoger la Palabra de Dios y su voluntad.

2. Sugerencias para la homilía

– “Salió un sembrador a sembrar” (v. 3b). El énfasis está por una parte en el comportamiento del sembrador, quien sale a sembrar sin excepción. La semilla cae en toda clase de tierra, aunque para el sembrador sean impropias, ninguna está excluida del proyecto del Reino de los cielos. Y por otro, para el sembrador lo que importa es la calidad de la semilla, más no la de la tierra. Así obraba Jesús: arrojaba su semilla en corazones sobre los cuales los fariseos y las autoridades romanas ya habían dado su dictamen negativo y habían cerrado sus corazones al Reino de los cielos. La Palabra de Dios se nos da como un don, él no cuenta con la respuesta del hombre. La Palabra cae en diferentes corazones, y a pesar de la respuesta, tendrá éxito.

En la Iglesia se ha reflexionado sobre la clase tierra. Ello con la finalidad de revisar nuestra actitud al momento de escuchar la Palabra de Dios. Sin embargo, el texto, insiste en el sembrador y en la semilla. Entonces, los cristianos debemos aprender de Jesús, el sembrador, y de la calidad de su semilla (Palabra de Dios). Lo importante es Jesús. Él siembra con confianza, abundante y sin distinciones. Su anuncio es de calidad, dado que testimonia lo que predica. Su Palabra, la semilla, es de calidad. Siguiendo este modelo de Jesús se afirma que evangelizar es anunciar el evangelio (sembrar) sin distinción y con testimonio. Lo importante no somos nosotros (la tierra), sino Jesús y su Palabra.

Mons. Romero contextualizó esta parábola: “¡Qué sencillo era Jesús! ¡Qué cuadros naturales le gustaban para su predicación! ¡Y qué hermoso es oír que nuestro campo salvadoreño, también en estos días con las lluvias que han caído, gracias a Dios, nos está ofreciendo los maizales y las cosechas, y el Maestro, mirando todo ese panorama, se inspira para contarnos una de sus más hermosas parábolas! Y así quisiera yo llamar a esta homilía: La siembra de la palabra del reino[3]. El mártir relacionó la palabra del reino con la semilla; la proclamación de esta palabra es la siembra y la cosecha de esta siembra es la salvación integral del ser humano y del mundo. Y terminaba diciendo: ¡Qué hermoso es ser cristiano! De veras, es abrazar la palabra de Dios encarnada, hacer suya la fuerza de salvación, tener esperanza aun cuando todo parece perdido[4].


[1] La expresión, también tiene trasfondo veterotestamentario. Salomón había hablado en parábolas (1Re 4, 32; Eclo 47, 15-17), Dios/Ezequiel (Ez 17, 2, contra los falsos; 12, 22-23; 18, 2). Aquí hay uno más grande que Salomón (Mt 12, 42).

[2] La tradición sabática y jubilar (12, 1-14) tenía como fin evitar este círculo vicioso de la pobreza. El Reino de Dios crea una comunidad de ayuda mutua (5, 42; 6, 1-4), donde los recursos son redistribuidos.

[3] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, ciclo A, 16 de julio de 1978, San Salvador 2005, 91.

[4] Ibid. 97.

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