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Mt 13, 44-52.
- Anotaciones al texto
El texto presenta tres parábolas sobre la naturaleza del Reino de los cielos y una conclusión. 1) el Reino de los cielos es semejante a un tesoro (v. 44); 2) el Reino de los cielos es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas (vv. 45-46); 3) el Reino de los cielos es semejante a una red que se echa en el mar (vv. 47-50); y, 4) conclusión (vv. 51-52). El sujeto principal de todas las parábolas y de la conclusión lo constituye el Reino de los cielos.
La primera parábola, igual que las dos siguientes, comienza con la frase el Reino de los cielos es semejante a un tesoro oculto en el campo que alguien encuentra. Se trata de un jornalero que descubre el tesoro mientras ara en campo ajeno. Su pobreza le exige vender todo para comprarlo. El texto no especifica el contenido del tesoro. Sin embargo, este teso es semejante al Reino de los cielos. Enterrar tesoros valiosos era una costumbre. El tesoro está oculto, ello constituye una cualidad del Reino. Hay que descubrirlo. El hallazgo del tesoro le cambia la vida normal al jornalero, puesto que debe vender todo. Esto es una acción arriesgada, que pone en peligro la vida, pero, dicha acción, vale la pena por lo encontrado. Los bienes no deben ser obstáculos para encontrar el Reino de los cielos.
La segunda parábola compara el Reino de los cielos con un mercader que busca perlas finas. En la tradición del AT, de los LXX, los mercaderes no tienen una percepción no positiva. Pero en el texto se convierte en paradigma de búsqueda. La acción del mercader es buscar. Dicha acción conduce a encontrar una perla de gran valor. El descubrimiento altera la vida normal del mercader que debe vender todo para agenciarse la perla. El mercader debe arriesgarse y perder otros bienes.
Resumiendo la primera y segunda parábola, estas coinciden en que el Reino de los cielos es de mucha valía. Tanto el hombre que encuentra el tesoro como el mercader que halla la perla de gran valor, venden todo para hacerse con ello. En ambos casos la alegría es inmensa.
La tercera parábola equipara el Reino de los cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases. La imagen subraya el alcance universal del Reino. Ello se evidencia en que la red recoge peces de todas clases; y, cuando la sacan a la orilla, se sientan, recogen los buenos en cestos y tiran los malos. Seguramente se trataba de peces no comestibles, impuros.
La presentación conjunta de buenos y malos/corrompidos está establecida entre modos de vida (Mt 7, 16-19). Igual que el trigo y la cizaña (Mt 13, 29-30), las prácticas, acciones y estructuras buenas y malas, resultantes de la adhesión u oposición a Dios, coexisten hasta el día del juicio. Luego viene la separación. Dicha acción no les compete a los individuos ni a las estructuras del mundo. Ello es propiedad de Dios.
Es decir, la tercera parábola define que el Reino es para todos, como la red que recoge peces todas clases, pero también el dueño de la red selecciona aquello que es del Reino y lo que no es de este. La comunidad de Mateo interpretó esta parábola, para plantear una idea esencial de su identidad; que en el fin del mundo se separarán a los malos de entre los justos. En este punto de vista coincide con la parábola de la buena semilla y la cizaña (Mt 13, 24-30). La separación será al final de la cosecha, según los frutos obtenidos.
La conclusión pone en boca de Jesús la pregunta esencial del discurso parabólico (Mt 13, 1-52): “¿Han entendido todo esto?”. La expresión “todo esto” refiere al presente y al futuro del Reinado de Dios revelado en las parábolas. Los discípulos responden afirmativamente. Ello es ironía. Llama la atención que, a pesar de la respuesta positiva, él continúa explicando que se trata de entender para hacerse discípulo del Reino de los cielos. Este discípulo estará en constante renovación, sacando de su tesoro (Reino de los cielos) cosas nuevas y cosas antiguas.
En la comunidad de Mateo, este dueño de casa es Jesús. Los discípulos tienen que imitarlo, el maestro escriba, en entender su enseñanza sobre el Reino de los cielos y en llevar un estilo de vida adecuado a la presencia y al futuro del Reino. Lo que ellos alcanzan a entender tienen que transmitirlo a otros. Pero en su actual enseñanza y vida, ellos deben reinterpretar la tradición de la Escritura y la enseñanza de Jesús para aplicarlas a situaciones nuevas y diferentes (Mt 5, 17; 16, 19; 18, 18). Si hacen esto, viven y mantienen la tensión y praxis de sacar lo que es nuevo y lo que es antiguo, en contraste con los dirigentes religiosos del modelo dominante, que solo pueden sacar mal de sus arcas/tesoro (Mt 12, 35).
- Sugerencias para la homilía
- Hay que vender todo para quedarse con el tesoro y la perla fina del Reino de los cielos. Jesús afirma que toda riqueza y valor material no vale más que el Reino. Quien lo descubre vende todo para quedarse con él. Este Reino constituye el bien mayor, puesto que nos coloca en la línea de la fraternidad universal, de la alegría que da el amor por lo sencillo y de la justicia según el corazón de Dios. “El Reino de Dios es la verdadera riqueza del hombre”. ¿Qué tenemos que vender para quedarnos con el Reino de los cielos?
- En la red del Reino de los cielos cabemos todas las razas, culturas, religiones e ideologías. Todos estamos llamados a apostarle a la fraternidad, justicia y tolerancia. Sin embargo, algunas ideologías, como la del liberalismo, que promueve la dictadura del dinero y del consumo, debe convertirse al Reino, no vaya a ser que al final se les pida cuenta y sean separados de los justos. El Reino de Dios no excluye, pero pide responsabilidad y opción histórica.
- El discípulo del Reino debe vivir en constante renovación, “sacando de su tesoro (el Reino) cosas nuevas y cosas antiguas”, no viejas. Lo viejo no se renueva sino solo lo antiguo. El discípulo debe estar volviendo siempre a Jesús, para aprender de él (antiguo) y hacer lo que él haría hoy (nuevo), no lo que hizo hace dos mil años (viejo). La renovación eclesial tiene unos cuantos obstáculos que defienden vivir en lo viejo.
El Papa está hablando en un lenguaje evangélico y nosotros los presbíteros estamos en hablando un lenguaje canónico, eclesiástico y dogmático. El Papa está hablando de volver a Jesús, a la alegría del Evangelio y del Amor, a la experiencia de Dios, al discernimiento; mientras tanto, nosotros, los presbíteros, en su mayoría, seguimos promoviendo devociones sin el conocimiento de Jesús, reproducimos devocionarios y dejamos de lado la lectura meditada de la Biblia. Nos hemos vueltos repetitivos y anticuados tanto en la forma como en el fondo de la vida cristiana. Se siente al interior de la Iglesia y en especial en el ámbito clerical que no estamos hablando el mismo lenguaje. Por tanto, no estamos en la línea de hacernos discípulos del Reino. Nos hemos apartado de Jesús, no así de la Iglesia jerárquica y clerical. Es sintomático que la renovación proclamada por Francisco tiene mucha más anuencia fuera de la Iglesia que dentro de esta.

