
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Lc 11, 1-13
El relato se divide en cuatro partes: a) introducción (v.1); b) la oración dirigida al Padre (vv. 2-4); c) el relato del amigo que llega a medianoche a buscar un favor (vv. 5-10); y, d) la invitación a pedir, buscar y llamar (vv. 11-13).
De la escucha de Jesús a María y a Marta, Lucas pasa a Jesús hablando con Dios, lo que provoca el deseo de los discípulos de imitarlo: “Enséñanos” (v.1). Ante Dios, los discípulos se quedan sin palabras, no saben cómo dirigirse a Él. Normal. Pero, a los discípulos les suscita curiosidad ver a Jesús orando. ¿Por qué no les enseña a hacerlo, como hizo Juan con sus discípulos? Jesús hará dos cosas: enseñarles una oración típica del grupo, e insistirles en la importancia de orar sin cansarse, hasta conseguir que Dios se harte y nos conceda… Pero ¿qué concederá Dios?
La oración (vv. 2-4). Lucas ofrece la versión de Q, que Mateo amplió añadiendo a “Padre” las palabras “nuestro que estás en el cielo”, y “líbranos del mal”. La de Mateo se ha impuesto en la oración privada y en la liturgia. Pero toca hoy comentar la versión de Lucas, considerada la más antigua, según manifiesta el carácter presente de los verbos, el vocativo ¡Padre!, su brevedad y que va a lo esencial para la vida. Lo único que busca es la adoración al Padre, santificar su nombre, que su Reino venga y confiar en él.
Esta oración se ha relacionado con el Qaddish, una oración judeo-israelita en arameo, anterior a Jesús. El Qaddish era una alabanza, recitada a diario, especialmente en tiempos de duelo, expresaba la esperanza mesiánica, el reinado de Dios y la paz universal; era una de las oraciones centrales de la liturgia judía y simbolizaba la fidelidad a Dios aún en el sufrimiento. Ambas oraciones tienen relaciones evidentes, pero el lenguaje de Jesús es mucho más conciso, aparte de que omite toda referencia a Israel, tan típica del Qaddish. El inconveniente de la oración de Jesús es su brevedad. Por otra parte, es tan densa de contenido que muchos detalles quizá no se capten. Porque no es una simple oración; es la síntesis de lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos.
La oración tiene dos invocaciones: el Padre, en quien se confía; y, su Reino, que se anhela. A estas invocaciones, siguen tres peticiones de aquello sin lo que no se puede vivir: el pan de cada día (sin acaparar), el perdón (que hace capaz de perdonar) y la libertad (de todo mal).
Padre. Antes de pedir nada, el discípulo debe invocar a Dios como Padre. La idea de la paternidad de Dios se encuentra en el AT (Dt 32, 6; Mal 1, 6; 2, 10; Jr 3, 19; Is 63, 16; 64, 7-8; Sal 89, 27; 103, 13). En tiempos de Jesús no era normal usar este título en la oración individual. Poco antes, Jesús ha alabado a Dios invocándolo “Padre, señor de cielo y tierra” (Lc 10, 24). Muy escueto en comparación con otras invocaciones judías de la época. Le bastaba decir “Padre”, reconociendo que le ha dado la vida, lo cuida y lo mantiene. Jesús enseña que en algunos momentos de la vida puede resultar difícil ver a Dios como padre. En la oración del huerto que, incluso cuando le amenazó la muerte y Dios exigió el máximo sacrificio, le llamó “Padre” (22, 42).
Santificado sea tu nombre. Dos sentidos: el primero, que nosotros santifiquemos el nombre de Dios. El protagonista, nosotros. Frente a un mundo que prescinde de Dios, Jesús propone como primera petición, ideal supremo del discípulo, el deseo de proclamar la santidad y la gloria de Dios. Es la vuelta a la experiencia originaria de Isaías (Is 6). Este sentido sitúa a Dios por encima de todo y desea que se proclame su gloria, Esta idea debe completarse con la “santificación del nombre”, una expresión que significaba la obediencia a los preceptos de Dios.
Y el segundo sentido, que Dios santifique su nombre, que defienda su honor. El protagonista, Dios. Esta interpretación se basa en un texto de Ezequiel. Cuando los israelitas fueron desterrados a Babilonia, Yahvé, su Dios, quedó deshonrado. A los ojos de las otras naciones apareció como un dios débil, vencido, incapaz de salvar a su pueblo. Entonces Yahvé decidió salvar el honor de su nombre liberando a los israelitas: “No lo hago por ustedes, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por ustedes, en las naciones adonde fueron. Mostraré la santidad de mi nombre…” (Ez 36, 22-28). Teniendo en cuenta las circunstancias sociopolíticas de la época de Jesús, similares a la del destierro de Babilonia, pedirle a Dios que santifique su nombre equivaldría a pedirle liberación de los romanos, reunión de los israelitas dispersos y profundo cambio interior, para vivir de acuerdo con la alianza. El autor del Eclesiástico, lo llevó a un extremo que no firmó Jesús (Eclo 36, 1-4).
Venga tu reino. Esta petición recoge el tema de la predicación de Jesús desde el comienzo (Lc 4, 43) y demuestra su preocupación por el mundo. El reino de Dios no es algo situado en la otra vida, de lo que se disfrutará después de la muerte. En la mentalidad judía, de la época de Jesús, el reino de Dios era la alternativa a los reinos de este mundo, a los grandes imperios antiguos (asirio, babilónico, persa, griego) o actuales como Roma. Todos ellos provocan situaciones de injusticia. Patrocinan un mundo donde solo cuenta la riqueza. Frente a estos, el reino de Dios significa, paz, justicia, fraternidad igualdad real, unido todo ello al servicio de Dios. Y esta transformación del mundo es la que Jesús pide y enseña a pedir. Pero la transformación plena es obra de Dios, el discípulo solo puede colaborar.
Nuestro pan necesario dánoslo cada día. El alimento necesario para sobrevivir. De aquí el pan esencial, pan necesario para subsistir. En sentido material. La tradición textual es variada, dado que el vocablo en lengua original griega es desconocido (epiousios): “cotidiano”, “necesario”, “del mañana” y “supersustancial”. El contexto de Jesús y su grupo, en Lucas, recorriendo zonas despobladas y pobres, se comprende que pida al Padre el alimento material, el necesario para sobrevivir.
Perdona nuestros pecados. Lucas cambia deudas por pecados. Al recordar los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender a Jesús, sus envidias y recelos adquiere pleno sentido esta petición. Es la única que va acompañada de un compromiso en la misma línea. Este dato es curioso, porque la petición del perdón a Dios es frecuente en las oraciones judías, pero nunca iba acompañada del perdón humano.
No nos dejes caer en la tentación. Lucas emplea la palabra tentación desde el comienzo (4, 13) y solo reaparece en la oración en el huerto (22, 40.46). Lo que Jesús enseña con esta petición es la actitud que él tuvo al comienzo y al final de su vida: fidelidad al plan de Dios, sin dejarse seducir por especiales, ni dejarse amilanar por miedo al sufrimiento y la muerte.
Como tercer centro de interés de la oración, aparece la comunidad. Ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, que necesita día tras día el pan, el perdón, la ayuda de Dios para mantenerse firme. Estas tres peticiones se pueden hacer individualmente, pero Jesús las entendió con sentimiento comunitario, y así adquieren toda su riqueza.
La oración de Jesús enseña que la oración cristiana debe ser: amplia, no limitarse a problemas personales; profunda, no quedarse en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir, verse libre de toda esclavitud; intima, en un ambiente confiado y filial, es dirigirse a Dios como Padre; comunitaria, las peticiones lucanas están formuladas en primera persona del plural; y, en disposición de perdón.
Los vv. 5-10 traen a la memoria, con el vocablo “amigo”, el proverbio bíblico: “El que saluda al vecino a voces y de madrugada es como si lo maldijese”. Este amigo no saluda, pide. Y consigue lo que quiere. Esta clase de amigos, inoportunos, merecen improperios. Jesús lo pone como modelo. Con Dios no haría falta ser tan insistentes, porque, él, como padre, está siempre dispuesto a dar cosas buenas a sus hijos. Aquí la importancia de los binomios: pedir-dar; buscar-hallar; y, llamar a la puerta-abrir. Los imperativos abarcan actitudes fundamentales en la vida, no se limitan a la oración de petición. Obligan también a buscar a Dios y a estar atentos por si llama a la puerta del corazón.
Pero la fuerza ha recaído en la oración de petición, y la promesa de que “al que pide le darán” se presta a ser mal entendida (vv. 11-13). Como si Dios estuviese dispuesto a dar cualquier cosa que se le pida, desde un puesto de trabajo hasta salud, pasando por aprobar un examen. Esta interpretación ha causado crisis de fe. Por eso, Lucas modifica el final de Q. En este documento Jesús termina diciendo que Dios “dará cosas buenas a los que se las pidan”. Lucas dice: “cuanto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden” (v. 13). En medio de las dificultades, incluso en los momentos más duros de la vida, la oración insistente conseguirá que Dios nos dé la fuerza, la luz y la alegría de su Espíritu.
Mons. Romero dijo: “Maestro, enséñanos a orar” y Jesús les enseña: “Padre”. La hermosa palabra que todo lo arreglaría si todos supiéramos decir Padre al Creador de todas las cosas, y sentiríamos hermanos a todos los hombres, y le pidiéramos: Venga tu reino. El anhelo supremo del corazón del hombre, porque cuando venga tu reino a la tierra habrá más justicia, más amor, habrá más igualdad entre los hombres, más fraternidad. Perdónanos porque somos pecadores. Hermanos, —y esto es hermoso— la oración es la cumbre del desarrollo del hombre”[1].
[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 24 de julio de 1977, tomo I, San Salvador 2005, 218.
