
SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Este domingo celebramos la solemnidad de la Epifanía del Señor, es decir, de la “manifestación” del Hijo de Dios a todas las naciones de la tierra, representadas por unos magos venidos del Oriente. San Mateo es el único evangelista que nos relata este episodio (2, 1-12). Precisamente, según algunos exegetas, para comprender el significado bíblico de esta fiesta litúrgica es importante tener en cuenta la finalidad que se habría propuesto san Mateo al incluir este episodio en su evangelio. En este sentido, conviene recordar que los primeros destinarios de este escrito eran cristianos de origen judío de la región de Siria. Y, según parece algunos de estos cristianos se creían superiores a todo el mundo, en razón de su pertenencia al pueblo elegido. Este orgullo y exclusivismo judíos habían sido heredados de una interpretación errónea de ciertos libros o pasajes del AT. Con este episodio, Mateo intentaría, por tanto, corregir esta visión exclusivista de la salvación. De hecho, si leemos entre líneas, en este pasaje evangélico encontramos una crítica velada a la actitud del pueblo de Israel hacia su Mesías. En efecto, en este episodio no son los poderosos, religiosos o laicos judíos los que descubren al Rey que les ha nacido, sino unos extranjeros venidos del Oriente. Es llamativo que los sumos sacerdotes y los escribas saben precisar muy bien a los magos el lugar donde, según las Escrituras, tenía que nacer el Mesías, pero no se sienten movidos a ir a adorarlo (cf. 2, 4-6). La crítica de Mateo a la actitud del pueblo de Israel respecto a Jesús, así como a la idea nacionalista y exclusivista de la salvación, que está presente veladamente en este pasaje, la encontramos abiertamente en otros textos. Por ejemplo, al final del relato del milagro de la curación del siervo del centurión de Cafarnaúm, el evangelista pone en labios de Jesús las siguientes palabras: “Yo se lo digo: vendrán muchos del oriente y del occidente para sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que aquellos a quienes se destinaba el Reino serán echados a las tinieblas de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes” (Mt 8, 11-12).
En línea con lo que acabamos de decir, desde el punto de vista de vista bíblico, la fiesta de la Epifanía del Señor significa la revelación de la universalidad del plan salvífico de Dios: Jesús no es solo el Rey de los judíos, el Mesías de Israel, sino el Salvador de toda la humanidad. Esta voluntad salvífica universal de Dios se encuentra expresada desde la misma llamada de Abraham, el padre fundador del pueblo hebreo, a quien se le promete que en él “serán bendecidas todas las razas de la tierra” (Gn 12, 3). Es verdad que esta idea de una salvación destinada a todas las naciones se revela solo de manera progresiva e implícita en el AT. Sin embargo, Hay pasajes, como la primera lectura de esta fiesta (Is 60, 1-6), que perfilan ya este horizonte teológico. Incluso algunos libros del AT tienen como argumento principal de Dios la solicitud y la misericordia de Dios por los paganos. Basta citar a este propósito los libros de Ruth y del profeta Jonás. Pero, como sabemos, la plenitud de la revelación se da en el NT, también por lo que concierne a la revelación de la voluntad salvífica universal de Dios. Así lo expresa claramente san Pablo en la segunda lectura: “Por revelación se me dio a conocer este misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: es decir que, por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Cristo” (Ef 3, 5-6).
Aparte de la riqueza bíblica y teológica de esta fiesta litúrgica, es importante que nos preguntemos acerca del significado para nuestra propia vida cristiana. En esta línea, podemos decir que, como los magos, nosotros también somos invitados a ponernos siempre en camino en busca del Señor, a postrarnos ante él, y a regresar a la vida de cada día transformados por ese encuentro con él. Se trata de tres actitudes fundamentales en nuestra vida cristiana. La carta a los Hebreos nos recuerda que nosotros en este mundo somos peregrinos hacia la patria celeste (cf. Hb 11, 13). La adoración es también una actitud fundamental del creyente. Esta actitud, expresada mediante el gesto de la postración, nos recuerda que aunque Dios se ha hecho uno de nosotros en Jesús, él es también el Dios Todopoderoso, el misterio tremendo y fascinante que nos abarca y nos sostiene. Y finalmente, como los magos, este encuentro con Jesús nos exige siempre “volver por otro camino”, es decir, cambiar el rumbo de nuestras vidas, convertirnos de corazón.
