
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 20, 19-23
La estructura literaria comprender dos partes. La primera son los vv. 19-20, la experiencia de la aparición de Jesús a sus discípulos; y, la segunda son los vv. 21-23, que puede subdividirse en tres elementos: el envío (v. 21), el don del Espíritu (v. 22), y el don de perdonar (v.23).
El v. 19 describe la venida de Jesús. La referencia cronológica señala que el acontecimiento de la resurrección y la experiencia de la resurrección acontecen el mismo día. La situación vital es que los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos (20, 19). Tal indicación tiene dos lecturas. Una, en ausencia de Jesús están llenos de miedo y aislados del mundo y la otra, es que dicha reunión en un solo lugar indica el significado comunitario (eclesial) del texto. El miedo del grupo, en el texto, era a la sinagoga farisea judía, de la cual estaba separándose.
La llegada de Jesús es fruto de su propia iniciativa y no de la oración de sus discípulos. Ello cumple la promesa de Jn 14, 18. Él se presenta de pie, indicando así la prerrogativa del Resucitado. Se aparece estando las puertas cerradas, indicando que él puede entrar cuando y donde quiere. Él viene a los suyos por mediación del Paráclito del que hablaban los discursos de despedida en Jn 14-16. Jesús se dirige a sus discípulos formulando el deseo de paz. Disipó así el miedo que habitaba en el corazón de los discípulos, cumpliendo la promesa que hizo en Jn 14, 27. La paz es él y es el fruto de su cruz y de su resurrección. No se trata de un deseo, sino de un don real. Por paz hay que entender el bien total y material del ser humano. La existencia pospascual del discípulo ya no está bajo el signo del miedo y de la tristeza, sino bajo el de la paz.
El v. 20 describe la identificación del Señor y sus consecuencias. Su identidad: les mostró las manos y el costado. Al presentar los estigmas del suplicio pretende hacerles entender que él, el Resucitado no puede disociarse del Crucificado. La salvación es fruto de la cruz con resurrección. Se fundamenta así el don de la paz, que está enraizado en la cruz. Sin vacilaciones, los discípulos reconocen a su Señor. Este reconocimiento suscita alegría. La promesa hecha en Jn 14, 21, halla así su cumplimiento. La existencia pascual del discípulo está caracterizada como una existencia que pasa de la tristeza a la alegría (Jn 16, 20-22).
Los vv. 21-23 exponen la enseñanza del Resucitado. El contenido de esta propone mostrar que con la resurrección de Jesús se abre un tiempo nuevo. Este tiempo nuevo implica una nueva comprensión de la existencia de los discípulos. La repetición del deseo de paz expresa la esencia del nuevo tiempo (v.21b). Esta paz se concreta en tres consignas: el envío, el don del Espíritu y la capacidad de perdonar.
La primera contraseña consiste en el envío de Jesús a sus discípulos. Este supone la partida de Jesús y constituye el acto fundador de la comunidad joánica, su certificado de nacimiento. Los destinatarios son los discípulos como tales, sin distinción, paradigma de la comunidad eclesial en su conjunto. Tal envío debe entenderse en tres aspectos. El primero es desde la cristología del Enviado. Como el Padre ha enviado al Hijo para revelarse al mundo, así también el Hijo envía a los discípulos para asegurar la propagación y perennidad de la revelación cristológica en el mundo. Como el Hijo representaba perfectamente al Padre en el mundo, siendo distinto de él, así también los discípulos, siendo diferentes de Jesús, lo representan a partir de ahora a los ojos del mundo. El segundo es que el perfecto “[como el Padre] ha enviado” muestra que el envío de Cristo por el Padre, realizado en la encarnación, se perpetua en el presente por medio de los discípulos. La misión de los discípulos no es nueva en relación con Cristo, ellos son los portadores de la revelación histórica efectuada por Jesús. Y el tercero es que esta capacitación para la misión se subordina a un criterio de fondo: igual que el Cristo joánico ha captado su envío como un servicio prestado a la humanidad, ejemplo llamativo el lavatorio de los pies, lo mismo ocurre con los discípulos.
El v. 22 describe la segunda consigna. El don del Espíritu Santo. Este acto sitúa el don del Espíritu en el marco de las experiencias pascuales. Remite a Jn 1, 32-33: si el comienzo del evangelio está marcado por el don del Espíritu a Cristo, su final está dominado por la transmisión del Espíritu a los discípulos. Este pentecostés joánico merece algunos comentarios. Primero, en Juan, Pascua y Pentecostés constituyen un único acontecimiento. El sentido de esta identificación tiene un alcance cristológico: es Cristo en persona quien inaugura el tiempo del Espíritu. Segundo, el don pascual del Espíritu no hace sino realizar las promesas hechas por Cristo sobre la venida del Paráclito en los discursos de despedida (caps. 14-16). La promesa vinculada a la partida del Revelador se hace realidad.
Tercero, el don joánico del Espíritu compete a todos los discípulos sin excepción; no está ligado o limitado a una función o a un estado particular en la Iglesia. Cuarto, la formulación del v. 22a, recuerda a Gn 2, 7. Cristo realiza la creación por la efusión del Espíritu; lo mismo que Dios da vida a sus creaturas en Gn 2, así ocurre con Jesús, que, por el don del Espíritu, dispensa la vida en Jn 20. El acento es claro: de lo que se trata en el don del Espíritu Santo es del don de la vida en plenitud. Finalmente, la finalidad de este don consiste en el cumplimiento de la misión confiada a los discípulos: dar la vida y darla en plenitud.
El v. 23 formula la tercera consigna de Jesús Resucitado: los discípulos son investidos con la autoridad de perdonar. Esta sorprendente afirmación debe ser entendida en su contexto joánico, lo cual implica cuatro consecuencias. La primera desde el punto de vista de la lógica argumentativa es la concreción de la orden del envío y del don del Espíritu Santo. La segunda, la noción de pecado no debe entenderse en el sentido de transgresión moral, sino como rechazo a la revelación cristológica del Enviado. La tercera, esta autoridad joánica de las llaves debe relacionarse con textos como 3, 19-21; 8, 21-24; 9, 40-41; 15, 22-24, donde se trata de la revelación como salvación y juicio. Por último, no es propiedad exclusiva de un ministro o de una institución, sino de todos los creyentes.
Es importante señalar que únicamente se plantea el principio, pero las condiciones no se definen. Más que pensar en una práctica institucional, es más adecuado vincular esta autoridad con la proclamación de la revelación cristológica a todos los seres humanos. Al confrontar a cada persona con la revelación cristológica, los discípulos permitirán a todo ser humano recibir el perdón y la vida en plenitud, o bien, si se rechaza, encerrarse en su pecado. Obrando así, los discípulos proseguirán la obra de Jesús bajo la guía del Paráclito.
