Pbro. José María Tojeira S.J
Las beatificaciones próximas, además de toda la alegría que producen, tienen una connotación muy especial: Por primera vez en la historia de El Salvador se beatifica a dos laicos en su calidad de mártires. No solo es un reconocimiento eclesial público y formal de la santidad, sino también un acto de justicia con un laicado que apoyó la profecía de nuestros sacerdotes y obispos asesinados martirialmente. Detrás de Rutilio, como de Cosme Spessotto, de tantos otros sacerdotes y del mismo S. Óscar Arnulfo Romero, hubo durante los tiempos difíciles previos y simultáneos a la guerra civil, una verdadera legión de laicos y laicas que respaldaron su trabajo, que se arriesgaron en la ayuda, en el servicio y en el anuncio del Evangelio, fieles a sus pastores. Celebrar el 22 de enero en paridad a sacerdotes y laicos en su beatificación muestra la realidad de una Iglesia que recorre junta un mismo camino. La Iglesia sinodal, hacia la que caminamos en la actualidad, es precisamente esta Iglesia. Sínodo significa camino común. Y en ese camino todos aspiramos por igual a la santidad y al seguimiento radical de Jesucristo. De diversos modos, pero con un mismo espíritu.
De cara a esta fiesta tan próxima de la beatificación colectiva y común de sacerdotes y laicos, nuestra celebración debe tener un propósito fundamental: Unirnos de tal manera que sepamos respetar y aprovechar los diferentes carismas al servicio del seguimiento del Señor. Profetas, maestros, niños que por simpatía quieren acompañar al sacerdote, personas mayores que acompañan desde la piedad, se unen en esa santidad fundamental del martirio. “Cristo está en el mártir”, decían los Padres de la Iglesia. Y si Cristo está en el mártir, el grado de santidad es el mismo. La Iglesia salvadoreña, muchas veces calificada de Iglesia martirial, se siente impulsada desde este grupo de mártires tan diverso entre sí a buscar la igualdad en la fraternidad y a superar todo tipo de clericalismo, división y olvido de los pobres y sencillos. “La alegría del Evangelio” estalla jubilosa y sinodal en esta fiesta martirial.
Podríamos decir que falta reconocer a más mártires. Muchos sacerdotes del clero secular dieron su vida en servicio a los pobres. Y también muchas mujeres fueron asesinadas tratando de salvar a sus hijos en las masacres o sirviendo a los pobres desde su fe. Monseñor Romero, con su santidad y cercanía a los pobres, fue la puerta de entrada a esta santidad colectiva que no se cierra con estos 4 mártires, sino que se abre todavía más hacia tantas personas que con su sangre fueron semillas de un cristianismo más hondo y servidor. Tal vez no podamos reconocer en su totalidad la historia de martirio en El Salvador. Pero al alegrarnos con estos cuatro mártires que recorrieron un mismo camino, debemos continuar recordando testigos de un cristianismo radical. Religiosas, mujeres, sacerdotes y laicos deben tener representantes de este camino en comunión y fidelidad que emprendió la Iglesia salvadoreña en las últimas décadas del siglo pasado. “Es el Evangelio el que hace a los mártires”, decía el obispo mártir San Cipriano en el siglo III. Y sigue siendo el Evangelio, con su espíritu de libertad, de amor, verdad y entrega al prójimo, el que ha creado mártires en El Salvador y el que permanece despertando hoy vocaciones de generosidad y servicio en esta Iglesia sinodal que camina junta tras esa palabra de Dios última y definitiva que es el Señor Jesús.
