Segundo Domingo del Tiempo de Pascua Domingo de la Divina Misericordia

Evangelio Según San Juan 20, 29-31

Pbro. Jorge Fuentes

  1. Domingo de la “divina misericordia”
    Antes de comentar el evangelio de este domingo es oportuno recordar que, en el año 2000, el Papa san Juan Pablo II decidió que el segundo domingo de pascua sería también el domingo de la “divina misericordia”. De esta manera, el Papa respondía a la petición de santa Faustina de promover la devoción a la misericordia de Dios en toda la Iglesia. Pero Juan Pablo II no solo se proponía fomentar esta nueva devoción iniciada por la santa polaca, sino que pretendía también poner relieve la profunda relación que existe entre la Pascua del Señor y la misericordia de Dios. Precisamente por eso, en este tiempo pascual somos invitados a manifestar la fuerza de la resurrección del Señor practicando la misericordia de Dios con nuestros hermanos, especialmente con los más pobres y los más sufridos de este mundo.
  1. Los dones del Resucitado
    En el pasaje evangélico de este domingo (Jn 20, 29-31), se nos relata una doble aparición de Jesús resucitado. La primera ocurre el mismo día de la resurrección y con la ausencia de Tomás. La segunda tiene lugar ocho días después y con la presencia de Tomás. El Señor se presenta en el Cenáculo, aquel lugar donde estaban encerrados los discípulos por miedo a los judíos, y el primer saludo que les dirige es el deseo imprecativo de que la paz esté con ellos. El Señor pudo reprocharles su falta de valentía en la hora decisiva de la Pasión y de la cruz; sin embargo, lleno de bondad y de misericordia, les desea la paz, esa paz que habían perdido a raíz de los últimos acontecimientos de la vida terrena de su Maestro. La paz, por tanto, es un don precioso de Cristo resucitado, quien a través de su carne crucificada ha destruido el muro que dividía los pueblos y nos ha reconciliado con el Padre. Él es nuestra paz (Cf. Ef 2, 11-14). En este mundo en el que millones de víctimas inocentes sufren cada día las consecuencias del odio irracional, de la espiral diabólica de la venganza, del terrorismo y de la guerra, los cristianos tenemos el deber moral de anunciar esa paz que Cristo nos ha conseguido con su muerte y resurrección.
    El evangelio también nos dice que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Por tanto, la alegría es otro don que Jesús resucitado aporta a sus discípulos y a toda la humanidad. En este sentido, se podría sostener que si nuestra fe está cimentada en la resurrección del Señor, la alegría debe ser una característica distintiva de los cristianos. Con razón, el Papa Francisco intituló una de sus primeras encíclicas: “La alegría del Evangelio”. En este mundo que padece una tristeza crónica, muchas veces por haberse alejado de Dios, los cristianos tenemos que proclamar y contagiar la alegría que nos ofrece el Señor resucitado. Y la alegría de la que habla el Evangelio es una alegría auténtica, que permanece incluso en los momentos de prueba, no de la euforia pasajera que nos ofrece el mundo.
    Finalmente, Jesús resucitado ofrece a los discípulos en el marco de estas apariciones el don por excelencia: el Espíritu Santo. A diferencia de san Lucas, que retrasa la donación del Espíritu Santo hasta 50 días después de la resurrección del Señor, san Juan nos diceque Jesús insufló su Espíritu a los discípulos el mismo día de la Resurrección. Y les comunica su Espíritu para que ejerzan la misericordia, para que reconcilien a los hombres con Dios. Esta es una tarea para la Iglesia en este momento crítico de nuestra historia.
    Para San Juan, el Espíritu Santo es el don de Jesús resucitado, por eso el Señor se lo comunica a los discípulos desde el primer momento. Esto nos recuerda que la vitalidad de la Iglesia depende de la presencia de Jesús resucitado y de la acción de la fuerza del Espíritu Santo hasta el final de los tiempos.
  2. “No sigas dudando, si no cree” Estas palabras de Jesús ponen de relieve un tema muy querido para el cuarto evangelista, y es el tema de la fe. Jesús reprocha a Tomás porque no ha creído en el testimonio de sus compañeros. Él quiere verificar por sí mismo que su Maestro ha resucitado de verdad. Pero esta exigencia de Tomás fue providencial, puesto que permitió a Jesús disipar toda duda posible acerca de su resurrección. El mismo Tomás hace una bella profesión de fe en Jesús como su Dios y Señor. En la parte final del evangelio se nos recuerda además que los signos contenidos en la Escritura, específicamente en el evangelio de Juan, tienen por finalidad conducirnos a la fe en Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengamos vida en su nombre. El signo definitivo de que Jesús es el Hijo de Dios es, sin duda, que el Padre lo acreditó resucitándolo de entre los muertos.

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