Evangelio según san Lucas 24, 35-48
Pbro. Jorge Fuentes

En el pasaje evangélico de este domingo (Lc 24, 35-48) se nos relata otra aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Como sabemos, según la Teología Fundamental, son tres los argumentos que se pueden aducir para probar la historicidad de la resurrección de Jesús: el sepulcro vacío, las apariciones de Jesús resucitado y el cambio radical que se produjo en los discípulos a partir del momento en que comprobaron que el Señor había resucitado verdaderamente. El evangelio del domingo de Resurrección nos habla del sepulcro vacío. En los dos siguientes domingos se nos narran, a su vez, algunas de las principales apariciones del Señor resucitado. Del cambio que la resurrección de Jesús opera en la vida de los discípulos se nos habla especialmente en las primeras lecturas de estos domingos de Pascua.
Pasando ya al comentario del evangelio de este domingo, esta vez queremos retomar ciertas frases clave que pueden ofrecernos algunas pistas para orientar nuestra predicación.
“Jesús se presentó en medio de ellos…”: De forma repentina, Jesús se presenta en medio de la comunidad de los discípulos, mientras ellos intercambian su experiencia de Cristo resucitado con los discípulos de Emaús. Se trata de un compartir que se convierte en un círculo virtuoso: una experiencia confirma la otra. La fe pascual se alimenta compartiéndola.
“La paz esté con ustedes”: Esta palabra que el Señor resucitado dirige a sus discípulos debió despertarles su memoria, pues este es el saludo que los 72 habían dirigido a los hogares donde eran acogidos (cf. Lc 10, 5). Es la paz mesiánica, signo de los tiempos nuevos. Nuestro mundo, dividido por las guerras y discordias, necesita de hombres y mujeres que, acogiendo la paz del Señor resucitado, se conviertan en artesanos de la paz, según el espíritu de las bienaventuranzas.
“Desconcertados y llenos de temor…”: En lugar de acoger esta palabra que les invitaba a entrar en el don de Dios, los discípulos estaban llenos de temor, pues creían ver un espíritu. El miedo les impide acoger esta palabra que evocaba la paz del Reino. También a nosotros, los temores e inquietudes de esta vida presente pueden impedirnos gustar, ya desde ahora, las primicias de los bienes del cielo. “Vean mis manos y mis pies”: Con el deseo de tranquilizarlos, el Señor se da a conocer: Él es el mismo a quien los discípulos vieron crucificado. Para confirmarlo de forma inequívoca, se deja ver y tocar e, incluso, aunque ya no necesitaba alimentarse, come un trozo de pescado delante de sus discípulos. Esto significa que el Resucitado no es un espíritu sin cuerpo. Su cuerpo también fue “despertado” de la muerte, pero totalmente transfigurado.
“Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras…”: La alegría de los discípulos no les permitía terminar de reconocer a Jesús resucitado en su nueva realidad y aceptar todo lo que esta nueva realidad significaba para ellos. Como hizo con los discípulos de Emaús, en un gesto de admirable condescendencia, Jesús tiene que volver a encender el corazón de sus discípulos explicándoles las Escrituras. No solo eso, él mismo les abre sus inteligencias para que puedan comprender las Escrituras. Esto nos recuerda que sin la escucha creyente de la Palabra de Dios revelada en la Escritura no podemos aproximarnos a la comprensión del misterio de la muerte y resurrección de Jesús. Aquí podemos traer a colación la respuesta de Abraham al rico de la parábola que le pedía enviar a Lázaro a evangelizar a sus hermanos: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán” (Lc 16, 31).
“Era necesario que se cumpliera todo lo ha sido escrito sobre mi”: Las Escrituras del AT habían anunciado a un Mesías rechazado y humillado. Basta citar a este propósito los cánticos del Siervo de Yahvé que encontramos en la segunda parte del libro del profeta Isaías. Por lo tanto, al aceptar su muerte de cruz, nuestro Señor ha cumplido todo lo que la Ley y los profetas habían escrito sobre él. Los evangelistas se esfuerzan en demostrar que, en Jesús, en sus hechos y palabras y, muy particularmente, en su misterio pascual se han cumplido plenamente las profecías del AT. Pero no solo los evangelistas, sino también otros autores del NT insisten también en este tema. San Pablo, por ejemplo, considera la muerte y resurrección de Jesús como el cumplimiento de las Escrituras. En 1 Co 15, 3-4, leemos lo siguiente: “En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí: ‘que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer día, también según las Escrituras’…”.
“Comenzando por Jerusalén…”: La Buena Nueva será anunciada, ante todo, en el mismo lugar donde el Señor fue crucificado. Luego, la predicación del Evangelio deberá extenderse a todas las naciones. Esta predicación es el anuncio gozoso de que el Señor ha triunfado sobre la muerte y nos ofrece la vida plena, la vida eterna.

