
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mc 12, 28b-34
Este episodio está en la unidad de Mc 12, 13-44, en el contexto de la actuación de Jesús en Jerusalén. Esta unidad es distinta a los relatos anteriores, tanto por los personajes que intervienen, como por los temas que abordan. En todos ellos Jesús aparece como maestro de enseñanza (12, 14. 19. 32; 12, 35. 38).
Esta sección contiene tres controversias en las que representantes de diversos grupos preguntan a Jesús sobre asuntos discutidos: la sacralidad del César manifestada en el impuesto (12, 13-17); si resucitan los muertos (12, 18-27); y, cuál es el mandamiento más importante (12, 28-34). En los tres debates, las respuestas de Jesús son muy elaboradas e ingeniosas, basándose en datos objetivos y en argumentos de la Escritura. Sus contestaciones son tan contundentes que deja sin palabras a los interlocutores.
En la controversia de 12, 28b-34, un escriba, sabiendo que había respondido muy bien en los tres debates anteriores, le planteó la pregunta típica de las escuelas rabínicas de la diáspora judía, del s. I, sobre cuál de todos los mandamientos es el principal (v.28). Este escriba deseaba saber si puede expresarse lo que constituye la quintaesencia de la voluntad de Dios. Asimismo, este escriba parecía interpretar a Dios como alguien con poder, es decir, para imponer unos preceptos a los hombres, y de un modo especial a los judíos. Ciertamente, su pregunta es buena, tanto que Jesús la admite, pero puede entenderse de forma sesgada, pues supone que lo primero es el mandato (entolê) de Dios, aspecto que Jesús matizará.
Jesús responde (vv.29-31), y significativamente, no apela a Ex 20, 2-16, sino a la palabra central de la experiencia teológica judía: “Escucha, Israel: amarás a Dios…”; y, un mandato social importante del código de la santidad: “Y a tu prójimo…”1. La experiencia que el pueblo de Israel ha tenido de Dios: en el principio no está el “haz”, ni el “amarás”, en línea de mandato, sino el “escucha”: acoge la voz de Dios. Solo a partir de ese “escucha” se puede hablar de amor a Dios y al prójimo. Esta escucha es una llamada de amor, no un imperativo, sino un amor dialógico entre Dios y el ser humano. En el fondo se quiere decir: no te cierres, no hagas de tu vida un espacio cerrado donde solo se escuchan voces y las voces de tu mundo. Más allá de todo lo que haces, se extiende el ancho del campo de la manifestación de Dios: abrirse a una voz, mantener la atención, ser receptivo a su Palabra, ese es el principio y sentido del que brota toda la vida y todo mandamiento. “Amarás a Dios” (v.30) sitúa al lector en la riqueza y en la paradoja del Dios bíblico. Este amor es el resultado de la escucha. Cada israelita, cada oyente, es un “tu” de Dios, llamado a responder amando. Este amor ha de surgir como respuesta: No es una “obra” que el ser humano pueda suscitar por sí mismo, sino un gesto de gozo que brota allí donde cada ser humano escucha la voz de Dios. No puede amar quien no ha escuchado y acogido la voz de Dios. Solo porque Dios nos ha llamado y amado primero podemos responderle amándole.
1 Cfr. Dt 6, 4-5; Lv 19, 18. 1El texto sostiene que este amar es con todo el corazón, alma, mente y fuerza. Jesús asume la tradición bíblica de la alianza, en la que se inscribe este amor, en una línea que ha sido desarrollada por los profetas: Oseas, Jeremías, Ezequiel, Segundo y Tercer Isaías. Entre el ser humano y Dios se establecen relaciones de fidelidad, personal y social. Amar a Dios significa responder con amor al que ama, en fidelidad intensa a la escucha de su Palabra.
A continuación, Jesús, siguiendo la tradición de Lv 19, 18, habla de algo que el escriba no le habían preguntado: el amor al prójimo, como el segundo mandamiento. El concepto prójimo que Jesús emplea (plêsion), en el contexto de Marcos se refiere a toda persona, sin preferencias. De esa forma, el amor a tu Dios resulta inseparable del amor a tu prójimo y ambos definen la única identidad del ser humano, de manera que, en el lugar donde estaba el amor a “tu Dios” (v. 30), ha de surgir y surge en amor a “tu prójimo” (v.31).
Hay que amar al prójimo como se ama a Dios, pero no en desbordamiento infinito y sin medida (con todo tu corazón), sino de un modo concreto y con una medida: Como a ti mismo. La medida del amor de Dios era no tener medida. Pues bien, la medida del amor al prójimo es ahora la del propio amor: amarlo como a ti mimo, es decir, ponerlo como “otro yo” a mi lado, haciendo de su vida espacio y centro de mi propia vida. Así, el amor a Dios a y al prójimo son el único amor que resume todos los mandamientos.
Hemos dicho que Jesús concede al vocablo “prójimo” una perspectiva universal. Prójimo es todo ser humano y también uno mismo. Así el amor a Dios es real en el amor al prójimo y a uno mismo. Jesús sabe que Dios no necesita de nuestro amor, porque él es el Amor, sino los hermanos, en sentido universal, y uno mismo, quienes necesitan ser amados.
Este escriba (vv. 32-34) acepta la enseñanza de Jesús, diciéndole: “muy bien, Maestro; tienes razón…” (v. 32). Él acentúa la enseñanza de la Escritura sobre la unicidad de Dios y se aúna a la enseñanza de Jesús quien ha dado relevancia al amor al prójimo como expresión histórica del amor de Dios. El escriba añade que el amor al prójimo vale más que los sacrificios en el templo. El verdadero culto es practicar el amor de Dios con el hermano (Os 6, 6; Is 1, 11).
A causa de la respuesta certera del escriba, el texto finaliza haciendo dos afirmaciones. Una pone en boca de Jesús: “no estás lejos del reino de Dios” (v.34). Esta frase confirma que el escriba no sólo aceptó la enseñanza de Jesús, sino que relativizó lo cultual de su religión, colocando el amor al prójimo por encima de los sacrificios y holocaustos. Y, la otra afirmación es un comentario de la comunidad de Marcos: “y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas” (v. 34). Esta frase tiene un tono polémico, puesto que un miembro de las autoridades judías ha puesto en evidencia la ignorancia y la hipocresía religiosa de sus hermanos. Sin embargo, el escriba abre un camino: cualquier judío puede acceder a Jesús uniéndose a sus enseñanzas.
