Pbo. Jorge Fuentes

El evangelio de este domingo (Mc 10, 46-52) nos relata el milagro de la curación de Bartimeo, un ciego de nacimiento. Este relato contiene muchas enseñanzas que pueden iluminar nuestra propia vida. En este breve comentario vamos destacar algunos de los principales elementos del mensaje de este pasaje evangélico.
En primer lugar, conviene fijarse en la actitud de Bartimeo, el cual, en medio de su rutina diaria de pedir limosnas para sobrevivir, se da cuenta que su “Kairós” ha llegado: Jesús de Nazareth pasa junto a él. Y Bartimeo no desaprovecha la ocasión. Apenas escucha que es Jesús que va pasando junto él, comienza a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Este hombre que, según la opinión tradicional de su tiempo (cf. Jn 9), había nacido en pecado, es capaz de “ver”, a Jesús. Sin duda se trata de una fe todavía incipiente, pero sincera. Dicho sea de paso, este texto tiene un significado cristológico muy importante, puesto que si un ciego, un mendigo reconoce a Jesús como el hijo de David, significa que la gente humilde y marginada habían escuchado hablar de nuestro Señor. En efecto, si Bartimeo se dirige a Jesús como el hijo de David, significa que Jesús era visto ya en este momento como el Mesías, el descendiente de David prometido en 2 Sam 7. Se trata, sin duda, de una cristología implícita, pero fundamental en la tradición bíblica. Como sabemos, entre las distintas expectativas mesiánicas que existían en tiempos de Jesús, prevalecía la esperanza de la llegada de un Mesías descendiente de David, esperanza que se fundaba principalmente en la profecía de 2 Sam 7.
Pero fijemos nuevamente nuestra atención en el personaje de Bartimeo para ver cómo su actitud puede edificarnos a nosotros. En este sentido, ya hemos destacado que su fe, aunque todavía incipiente, le permite “ver” a Jesús. Probablemente, muchos de los que acompañaban a Jesús en aquella ocasión no lograron descubrir que Él era el hijo de David. Esto nos recuerda la paradoja de la que habla Jesús en Jn 9, 39: el Hijo del hombre ha venido a este mundo para curar a los ciegos y para que permanezcan en la ceguera espiritual aquellos que creen que ven. Los evangelios nos muestran en muchas ocasiones esto que Jesús reprocha a los fariseos en el evangelio de san Juan. Ellos fueron testigos de casi todos los milagros de Jesús y, sin embargo, se rehusaron a reconocerlo como el enviado de Dios.

Otro elemento que puede ser edificante para nosotros es la perseverancia de Bartimeo, la cual nos recuerda la de aquella mujer siro-fenicia que suplicaba a Jesús que liberara a su hija de un espíritu inmundo que la atormentaba. El que cree, persevera, como nos lo muestra la mujer siro-fenicia y Bartimeo. Y Jesús nunca es indiferente a la súplica confiada y perseverante. Él se detiene siempre, como el buen samaritano, junto al hombre malherido que se encuentro al borde del camino. Cuánta actualidad tiene este pasaje evangélico: hoy en día son muchos los que se encuentran al borde del camino, marginados o explotados por un sistema político y económico para el cual su sufrimiento no es relevante mientras no dañe su popularidad. Bartimeo nos enseña a clamar a Jesús, el cual siempre se detiene para escucharnos y socorrernos. Pero Él pide siempre pide que hagamos un acto de fe. Por eso le dice a Bartimeo: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y cuando Bartimeo le responde: “Maestro, que pueda ver”, Jesús le asegura que su fe le ha salvado. Por lo tanto, en este milagro podemos destacar tantola compasión de Jesús, pero también la fe de Bartimeo que, en medio de su ceguera, puedo “ver” a Jesús, el hijo de David, que pasaba junto a él. Nuestro mundo es testigo del drama que tuvo que afrontar Jesús: la ceguera de los que piensan que ven claramente. La ceguera espiritual que padecían los fariseos, es una enfermedad que padecen muchos hoy, en la medida que se empeñan en negar las obras de Dios en su propia vida y en la vida del mundo.
Finalmente, es importante destacar que Bartimeo no solo fue beneficiario de la curación de su ceguera física, sino que recibió también la luz de la fe. En efecto, el evangelio concluye diciendo que, inmediatamente después de recuperar su vista, Bartimeo comenzó a seguir a Jesús. En otras palabras, el milagro de su curación física supone para Bartimeo el inicio de su seguimiento de Jesús.
A la luz de la palabra de Dios, estamos llamados a imitar el ejemplo de Bartimeo: clamar con fe a Jesús para que nos cure de nuestra ceguera física y espiritual, con la firme convicción que Él siempre se detiene junto a nosotros parra socorrernos. Y, luego, una vez que Él nos ha curado, debemos seguirle por el camino.
