Pbro. Jorge Fuentes

El pasaje evangélico de este domingo (Mc 10, 35-45) contiene varias enseñanzas que pueden iluminar nuestra vida cristiana. Por razones pedagógicas, para descubrir mejor el mensaje que nos transmite el santo evangelio, conviene hacer algunas puntualizaciones contextuales y exegéticas y, luego, tratar de actualizarlo. El texto se puede dividir en dos bloques.
Mc 10, 35-40: La petición hecha por Santiago y Juan a Jesús, de sentarse una a su derecha y otro a su izquierda cuando el Señor esté en su gloria, puede parecernos una petición desconcertante y ambiciosa y hasta cierto punto desatinada; sin embargo, es importante recordar que era normal para un judío de este tiempo desear asociarse, aunque fuera a través del sufrimiento, a la gloria del Mesías esperado. Pero, probablemente, los hijos de Zebedeo no sabían el alcance ni el verdadero significado de este sufrimiento. Por eso quizá Jesús les dice que no saben lo que piden y, luego, les pregunta: ¿“Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado”? Santiago y Juan responden afirmativamente a la pregunta de Jesús. En este sentido, hay que reconocer que los judíos de tiempos de Jesús y los primeros cristianos estaban dispuestos a morir por su fe.
Sobre el sentido de la petición de los hijos de Zebedeo, conviene aclarar además que en el deseo de sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús, expresaría la búsqueda mundana del poder y la gloria; pero también podría expresar la idea de participar en el juicio escatológico. En Ap 20, por ejemplo, se afirma que los mártires y los que no adoraron a la Bestia ni su imagen juzgan y reinan con Jesús en su reino milenario. En cualquier caso, Jesús calma el ardor de sus discípulos, pero sin humillarlos. Más bien les hace saber que antes de ser glorificado, tiene que ser crucificado, y a su derecha y a su izquierda, las plazas ya están reservadas para dos bandidos…
Mc 10, 41-45:
En la espera del juicio escatológico, y rompiendo con la ideología dominante, imbuida de ambición y autoritarismo, Jesús invita a sus discípulos a convertirse en servidores de los demás. Jesús es categórico en este sentido: si los grandes y poderosos de este mundo utilizan su poder y su autoridad para oprimir a sus pueblos en lugar de servirles, “no debe ser así entre ustedes. Al contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos…” El modelo supremo de este estilo de autoridad basada en el servicio, con el que los discípulos deben alejarse de la concepción mundana del poder, es el mismo Jesús, el cual ha venido a este mundo no para ser servido sino para servir y dar su vida por la redención de todos. Jesús se identifica en este sentido con el Siervo sufriente de Yahvé, descrito en el cuarto cántico del que está tomada la primera lectura de este domingo (Is 53, 10-11). Jesús es el Mesías sufriente anunciado proféticamente en este cántico del Déutero-Isaías. Él ha venido a redimir a la humanidad herida por el pecado. Como dice Mt 8, 16, citando al profeta Isaías: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades”. El culmen del servicio de Jesús a la humanidad es la entrega de su vida para rescatarla del pecado y de la muerte. Y como el discípulo no es más que su Señor,por eso Jesús puede exigir a sus discípulos, como exigió a los Zebedeos, a beber de su mismo cáliz, a recibir su mismo bautismo, es decir, a compartir su vida y su misión: a amar como Él, a servir como Él y, si es posible, a dar la vida como Él.
Este domingo celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones, en la que se nos invita a orar por los misioneros y misioneras, a colaborar económicamente con la misión de la Iglesia y, sobre todo, a tomar consciencia de que cada uno de los bautizados debe cumplir el mandato misionero del Señor (Mt 28). Es verdad que no todos podamos ir a anunciar el Evangelio a África, a Asia o a otros lugares de misión en el mundo, pero sí todos podemos anunciar a Jesucristo en nuestros propios países y en los distintos ambientes y circunstancias de nuestra vida cotidiana. La Iglesia y cada uno de los bautizados tenemos la tarea de prolongar en la historia, en el interim entre la Ascensión y la Parusía, la misión salvífica de Jesús. Por eso, la Iglesia debe anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, pero también servir a la humanidad, especialmente a los más pequeños y vulnerables de este mundo. En la medida en que la Iglesia cumple con esta misión, se convierte en “sacramento universal de salvación”, tal como la definió el Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium.
