Domingo Vigésimo Octavo del Tiempo Ordinario

Pbro. Jorge Fuentes

Cada domingo estamos llamados a dejarnos iluminar por la Palabra de Dios que, como dice la segunda lectura de este domingo, es una Palabra viva y eficaz, y más penetrante que una espada de doble filo (Hb, 4, 12). Con esta breve introducción, podemos pasar al comentario del santo evangelio de este domingo para tratar, con la luz del Espíritu Santo de, descubrir el mensaje que el Señor quiere transmitir transmitirnos para nuestra propia vida cristiana…
El texto evangélico de este domingo XXVIII está tomado de Mc 10, 17-30. Este pasaje es recogido también en Mt 19, 16-30-, en donde Jesús advierte del peligro de las riquezas. En él se nos narra el famoso episodio del encuentro de Jesús y el joven rico. Este episodio san Marcos lo inserta en el contexto de una enseñanza de Jesús sobre la riqueza. Precisamente, este contexto convierte el llamado del joven rico en un hecho muy significativo para todos nosotros.
De hecho, al ver la reacción del joven rico frente al desafío de Jesús: “Si quieres ser perfecto, Jesús la grave dificultad que tendrán los ricos para entrar en el Reino de Dios. Utilizando un lenguaje hiperbólico pero realista, Jesús afirma que será más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para ellos entrar en el Reino de Dios. Pero es importante ver cómo Jesús tranquiliza a sus apóstoles explicándoles el verdadero sentido de las palabras que acaba de pronunciar: “’Hijitos, qué difícil es para los que confían en las riquezas entrar en el Reino de Dios”. Por lo tanto, Jesús no se refiere a la riqueza, sino a la idolatría de la riqueza. Esta enseñanza la encontramos también en otros lugares de los evangelios como, por ejemplo, en la parábola de Lázaro y el rico (Lc 16) o en la del hombre que había obtenido una gran cosecha y puso toda su seguridad en sus bienes. Y ya sabemos muy bien la enseñanza que Jesús saca de está parábola. Sobre el tema que estamos comentando, conviene subrayar que Jesús no condena la riqueza en sí misma, ni tampoco alaba la pobreza como virtud. El Señor hace ver más bien los peligros que entrañan los bienes materiales cuando el hombre pone su corazón en ellos, En otras palabras, el Señor condena la idolatría de la riqueza y proclama dichosos a los que viven según el espíritu den la pobreza. Creo que sobre este punto es necesario insistir mucho más en nuestras predicaciones. Desde el punto de vista teológico, la riqueza y la pobreza son conceptos neutrales. Lo que cuenta y es significativo para la fe y, en definitiva, para entrar en el Reino de Dios es la actitud del hombre frente a estas realidades. De hecho, Jesús invita a ganarse el cielo con el vil dinero o a acumular tesoros en el cielo. Por lo tanto, la riqueza utilizada para socorrer no solo es un obstáculo para entrar en el Reino, sino un medio para lograrlo. Lo que claramente se condena en la Sagrada Escritura es la pobreza injusta a costa de la opresión de los pobres. Basta leer el libro del profeta Amós para descubrir las duras palabras que el Señor dirige a los terratenientes del Reino del Norte En nuestros días, la brecha entre ricos y pobres se ensancha cada vez más, a causa de las graves injusticias sociales. Esta pobreza, producto del pecado personal y social, no es ninguna virtud, sino más bien un escándalo a los ojos de Dios. La pobreza que Jesús alaba en las bienaventuranzas es aquella que consiste en reconocer nuestra radical indigencia ante Dios y vivir en humildemente confiados en su divina Providencia.

La advertencia de Jesús sobre el peligro de las riquezas y de los bienes de este mundo debe interpelarlos a todos, No hace falta que tengamos mucho dinero para caer en la idolatría de la riqueza que, Según san Pablo es la raíz de todos los males, Si no tenemos el corazón puesto solo en el Señor, caeremos inevitablemente en la idolatría de la riqueza, del poder, del placer desenfrenado o de cualquier otro ídolo moderno. Y Jesús es muy categórico en este sentido cuando afirma que no se puede servir a dos señores al mismo tiempo. En otras palabras, que no se puede servir al Dios verdadero y a los ídolos de este mundo. Específicamente que no se puede servir a Dios y a Mammón, el dios del dinero.


Qué el mismo Señor nos ayude a llevar a la práctica esta Palabra que retomando de nuevo la segunda lectura de este domingo, esta Palabra penetra hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón (Hb4, 12-13)

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