
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Lc 12, 49-53
El contexto literario del relato es Lc 12, 49-59. En esta unidad, Jesús exige a sus oyentes que hagan una opción decisiva y que asuman sus consecuencias. El relato pretende renovar radicalmente la tierra (12, 49), sus exigencias crean conflicto (12, 51-53), hay que descubrir la voluntad de Dios en la historia y no dejar pasar la oportunidad (12, 49-59).
Después de las enseñanzas anteriores, Jesús habla sobre sí mismo: de su misión y de su destino. Su lenguaje es enigmático, propio de la mentalidad apocalíptica de su tiempo, de la que Jesús participa en cierto modo. Según esta, el mundo presente es malo y tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el reinado de Dios.
Lucas introduce algunos cambios en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material es típica de los libros bíblicos (misión-destino-misión).
El texto Lc 12, 49-53 inicia con dos sentencias paralelas (vv. 49-50). Estas inician con un sustantivo (“fuego”, “bautismo”), un verbo en primera persona del singular (“he venido…”, “tengo…”) y una expresión de admiración introducida por una conjunción copulativa “y” (“¡cuánto desearía…!”, “¡qué angustiado…!”).
La misión (v.49): prender fuego. La imagen es devastadora y provocadora, indica incendiar campos, casas y ciudades… El fuego como castigo aparece en el relato Sodoma y Gomorra (Gn 19, 24) y es propio de los oráculos de Amós, contra Siria, Gaza, Tiro, Bosra, Rabat, Queriot, Jerusalén (Am 1 – 2). El resultado lo expresa muy bien el profeta Joel (Jl 2, 3).
Jesús parece poner en práctica lo anunciado por Sofonías: “el día de la cólera del Señor, cuando el fuego de su celo consuma la tierra entera, cuando acabe atrozmente con todos los habitantes de la tierra” (Sof 1, 8). Este texto encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el reino de Dios. Esta interpretación es la que más se ciñe al sentido original del texto que relacionar el fuego con el Espíritu Santo.
El destino: la muerte (v.50). “Con un bautismo tengo que ser bautizado”. Esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa “lavar”, “sumergir”; los platos se bautizan, es decir, se lavan. Esta idea la aplica Juan el Bautista al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumergía en el río Jordán se lavaban los pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua moría ahogada y salía persona nueva. Pablo lo formuló claramente a propósito del bautismo cristiano (Rom 6, 4). En este sentido de muerte y paso a una nueva vida lo usa Jesús en el evangelio de Marcos (Mc 10, 38).
Recapitulando, las sentencias de los vv. 49-50, razonan el sentido de la misión y del destino violento de Jesús, para qué ha sido enviado; ello se ilustra con las metáforas del fuego y del bautismo (agua), elementos que destruyen, purifican, moldean y así posibilitan el surgimiento de la vida. Similar a la misión de Jeremías: destruir, edificar, arrancar y plantar (Jr 1, 10).
La misión: dividir (v. 51). Jesús emprende un diálogo polémico con el auditorio. En este, se auto responde negativamente, contrastando con la opinión afirmativa de sus discípulos contenida en la pregunta ¿ustedes creen que…? Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocaron división entre la gente y en el sistema político religioso, como ya lo había anunciado Simeón a María: este niño “será bandera discutida” (Lc 2, 34-35).
Pero Jesús hablaba de una división muy concreta, dentro de la familia (vv. 52-53), y eso favorecía otra interpretación: Jesús vino a crear un caos tremendo, simbolizado por el caos familiar, que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice al final el libro de Malaquías (Mal 3, 23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decidió enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia, como símbolo de las buenas relaciones con la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.
Jesús dijo todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello, él ha venido a traer división en el seno de la familia. La unión de las tres frases (vv. 52-53). Se deduce que Jesús anheló la desaparición de este mundo presente para dar paso al reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.
Este mensaje, aunque haya sido interpretado a la luz de la fe de Jesús, resulta lejano hoy. Lucas, de hecho, lo matizó y lo modificó en los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios. La apocalíptica de Jesús no cuento hoy en los cristianos. El Jesús que crea caos y polémica con las religiones y con la política actual lo hemos sacado de la reflexión.
Mons. Romero decía: “No vayan a decir que Cristo está predicando la violencia. Sí está predicando la violencia, pero la verdadera violencia que necesita la paz verdadera. No piensen que he venido a traer una paz superficial”[1].
“La paz consiste en la sintonía con el plan de Dios… consistirá en saber qué quiere Dios de esta sociedad, qué quiere Dios de mi vida, qué quiere Dios de la república. Y eso debían de estar viendo los gobernantes… es aquella que se basa en la justicia, en la equidad, … Y en una sociedad, sí habrá división mientras haya quienes, tercos a su modo de pensar caprichoso, quieren construir una paz sobre bases de injusticias, sobre egoísmos, sobre represiones, sobre atropellos de los derechos”[2].
[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 14 de agosto de 1977, tomo I, San Salvador 2005, 255.
[2] Ibid. 255-256.
