
En estos últimos domingos del año litúrgico, la Iglesia nos invita a reflexionar, a luz de la Palabra de Dios, sobre las realidades últimas del hombre y del mundo: la segunda Venida del Señor, el fin de esta historia presente y el juicio final. Concretamente, en este penúltimo domingo del ciclo litúrgico A, tanto la segunda lectura (1Ts 5, 1-6) como el santo evangelio (Mt 25, 14-30) orientan nuestra mirada hacia el fin de los tiempos y, sobre todo, hacia la segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. Este acontecimiento, del que no sabemos ni el día ni la hora, marcará el fin de esta historia presente y el comienzo de los cielos nuevos y de la tierra nueva. Los dos textos bíblicos citados nos exhortan a vivir con una actitud de vigilancia activa, con sensatez y sobriedad. La segunda lectura, en efecto, concluye con la siguiente exhortación: “Por tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”. En la parábola que se nos propone en el evangelio, Jesús nos urge a trabajar por el crecimiento del Reino de Dios en esta historia, mientras aguardamos su plena manifestación con el retorno glorioso del Señor. La parábola nos recuerda que, mientras dure el tiempo de la Iglesia, es decir, en el interim entre la Ascensión y la Parusía, los discípulos de Jesús tenemos la magnífica y colosal tarea de proseguir la obra que él ha comenzado e insertado en la historia.
El significado de los elementos metafóricos de la parábola de los talentos que estamos comentando parecen bastante claros: el hombre que parte de viaje es una figura alegórica de Cristo. Su viaje puede ser identificado aquí con la Ascensión y su retorno, después de un largo tiempo, es una imagen de la Parusía. Los servidores somos cada uno de nosotros. Los talentos son los dones que Dios nos ha confiado. Dicho sea de paso, el término “talento”, en el contexto de esta parábola, designa un don extraordinario. No está demás recordar que un talento equivalía a seis mil denarios. Y un denario era el jornal de un trabajador agrícola. Un talento, por tanto, equivalía a una cantidad considerable de dinero. Luego, lo único que el Señor espera es que los hagamos fructificar con toda diligencia.
A los tres servidores de la parábola, su señor les da el mismo tratamiento, “a cada uno según sus capacidades”. Sin embargo, los dos primeros se muestran activos. Ellos entrar en la lógica de su señor, que lo único que esperaba era que hicieran fructificar los talentos recibidos y así hacerse merecedores de la confianza que les había tenido. Los dos primeros servidores reciben el beneplácito de su señor porque fueron capaces de tomar iniciativas y de asumir riesgos para hacer fructificar sus talentos. En cambio, el tercer servidor, es reprobado por haber sido negligente y timorato, porque en el fondo tenía una imagen falseada de su amo. Así lo expresa él mismo cuando trata de justificarse: “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. Dicho sea de paso, ¿no tendremos nosotros también una imagen equivocada de Dios? ¿No será que también nosotros no nos arriesgamos a trabajar por el Reino, con los talentos que el Señor nos ha dado, porque tenemos miedo a ser juzgados de manera rigurosa?
Esta parábola tiene sin duda muchas enseñanzas para nuestra propia vida espiritual y para la vida de la Iglesia. Todos los cristianos, en efecto, hemos recibido talentos de parte del Señor, cada uno según su capacidad: unos cinco, unos dos, y otros solamente uno. Pero, Dios es justo: así como distribuye los talentos según la capacidad de cada uno, así también reclamará de manera proporcional los resultados a cada uno. Esto puede comprenderse fácilmente en la vida eclesial: parece claro que el Papa, para el cumplimiento de su misión necesita cinco talentos, y Dios se los concede generosamente. Eso sí, al Papa se le exigirá una cuenta mucho más rigurosa que al catequista de una de nuestras parroquias. Dicho esto, en nuestra parábola se expresa claramente una exigencia que vale para todos los cristianos: cada uno de nosotros tiene que trabajar por el Reino de Dios, de manera diligente según el don recibido. Es bueno recordar en este sentido que el Señor nos ha confiado dones y carismas espirituales para nuestra propia santificación y para el bien espiritual de nuestros hermanos. Así, con nuestro empeño diario por hacer fructificar los talentos que el Señor nos ha confiado, podemos apresurar el advenimiento del Reino. Qué hermosa y desafiante es, ciertamente, la tarea que Jesús nos ha encomendado realizar mientras aguardamos su segunda Venida, al final de los tiempos. A la luz de la palabra de Dios, pidamos en este domingo la gracia de ser fieles y diligentes administradores de los bienes del Reino mientras dure esta historia.
