Pbro. Jorge Fuentes

Este cuarto domingo de Pascua es denominado en la liturgia domingo del Buen Pastor, puesto que todos los años leemos un fragmento del capítulo del evangelio de San Juan, en el que encontramos la llamada alegoría del Buen Pastor, Como sabemos, una alegoría es una metáfora amplificada. Jesús se sirve de esta figura literaria para revelar algunos aspectos esenciales de su persona y su misión. Para los oyentes de Jesús, familiarizados con el ambiente pastoril, el símbolo del pastor que conduce su rebaño debió de resultarles muy significativo. Es importante recordar en este sentido que este símbolo está presente en todo el antiguo oriente para designar a los reyes y a los jefes de clanes. En la Biblia, esta imagen se aplica también a Dios, el pastor de su pueblo (Is 40, 10-11; Sal 22). En el cristianismo, la imagen del Buen Pastor se encuentra en muchos lugares: en las catacumbas de los primeros siglos, en los vitrales de nuestras iglesias, en los hogares, en las salas de reunión de nuestras parroquias, etc. Sin duda, se trata de una imagen muy inspiradora. Pero, hay que tener cuidado de no dejarnos engañar por una cierta imagen idílica del pastor. Cabe señalar a este propósito que, en el oriente antiguo, el pastor no era precisamente un personaje romántico, sino más bien un hombre austero y valiente, que sabía defender a sus ovejas de los animales salvajes y de los ladrones. Ser pastor era, pues, un oficio difícil y arriesgado.
En el evangelio de este domingo (Jn 10, 11-18), Jesús se identifica con el buen pastor, opuesto diametralmente a la figura del mercenario: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. En cambio, el mercenario, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye…”. Según estas palabras de Jesús, la característica más importante del buen pastor es la de asumir todos los riesgos en defensa de su rebaño, hasta el punto de dar la vida por sus ovejas. Eso fue lo que hizo justamente nuestro Señor: En un gesto supremo de amor, libre y soberano, Él se entregó a la muerte por la salvación de la humanidad: “El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Este es el mandato que he recibido de mi Padre”. Estos últimos versículos del evangelio de este domingo, además de definir con total claridad la característica inequívoca del buen pastor, a saber, la entrega de su vida por sus ovejas, ofrece quizá una de las mejores definiciones del significado de la muerte de Jesús. En efecto, Jesús interpreta su propia muerte redentora como un acto de amor, libre y soberano. Y, en realidad, solo desde el amor infinito de Dios Padre por la humanidad y de la entrega libre y voluntaria del Hijo por obediencia al Padre y por amor a nosotros se puede dar una respuesta, aunque sea limitada, al misterio insondable del sacrifico redentor de la cruz.
Además de dar la vida por sus ovejas, el texto evangélico de este domingo nos habla de otras cualidades propias del buen pastor. Por ejemplo, el pastor conoce a sus ovejas y ellas lo conocen. A cada una la llama por su nombre. Estos rasgos del buen pastor nos recuerdan que Dios conoce y ama a cada uno de manera única y personal. Como en la parábola de las cien ovejas (cf. Lc 15), el pastor va en busca de la única oveja que se le ha extraviado y la busca con afán hasta encontrarla. Esto debería interpelar especialmente a aquellos que en la Iglesia hemos recibido el encargo de apacentar el rebaño del Señor. Tenemos aquí un buen examen de consciencia para revisar nuestro ministerio pastoral. Hay algunas preguntas que puedenorientar nuestra reflexión y nuestro examen de consciencia, por ejemplo, ¿conocemos personalmente a nuestras ovejas? ¿Velamos con solicitud y amor por las más débiles y vulnerables? ¿Buscamos con afán a las descarriadas? ¿Nos duele el sufrimiento de nuestros fieles? ¿Nos provocan una santa indignación las injusticias cometidas contra los más pobres e indefensos de nuestros hermanos? Y, finalmente, la pregunta decisiva: ¿Estamos dispuestos a dar la vida por nuestras ovejas, a ejemplo de Jesús, el Buen Pastor? Dejémonos retar por tantos pastores de la Iglesia que han sido capaces, con la gracia de Dios y siguiendo el ejemplo de Jesús, de dar la vida por sus ovejas. La Iglesia de El Salvador cuenta con el ejemplo luminosos, entre otros, de san Oscar Arnulfo Romero, pastor fiel cuyo testimonio martirial nos sigue iluminando y desafiando.
En este domingo del Buen Pastor, se nos invita a elevar nuestra oración a Jesús, Pastor Eterno de las almas, para que envíe a su Iglesia sacerdotes según su corazón. Convendría orar también por los pastores de la Iglesia para que ejerzamos dignamente el ministerio que se nos ha confiado, de tal manera que nuestros fieles puedan ver en nosotros, aunque sea imperfectamente, la imagen de Cristo, Buen Pastor y no la imagen perfecta del mercenario.

