Pbro. Jorge fuentes

En el evangelio del domingo pasado se nos proponía un fragmento de la célebre alegoría del buen pastor, que encontramos en el capítulo 10 del evangelio de san Juan. Como ya hemos explicado, la alegoría no es una parábola como las que encontramos en los evangelios sinópticos, sino una figura literaria que consiste en la amplificación de una metáfora. En este quinto domingo de pascua se nos propone también otra alegoría propia del cuarto evangelio: se trata de la célebre alegoría de la de la vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8). Dicho sea de paso, esta imagen de la viña es muy rica y Jesús no es el primero en utilizarla. Podríamos decir que dicha imagen forma parte de la cultura bíblica. Bastaría citar el famoso cántico de la viña de Is 5, texto evocado a su vez en la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21, 33-43), para comprender las importantes connotaciones teológicas de esta alegoría a la que Jesús recurre en el evangelio de este domingo.
Para descubrir el mensaje de este pasaje evangélico es importante tener en cuenta también su contexto. En este sentido, conviene precisar que este fragmento del evangelio de Juan forma parte del largo discurso de despedida que Jesús pronuncia antes de su pasión. Este contexto podría sugerir que en el texto que estamos comentado Jesús alude a la nueva forma de relación que los discípulos tendrán con él después de su resurrección.
Dicho lo anterior, la enseñanza de este pasaje evangélico parece bastante clara: Jesús recurre a la alegoría de la vid y los sarmientos para hablar de la necesidad vital de estar unidos a él para poder dar frutos. Esto nos recuerda que la vida cristiana consiste, ante todo, en la comunión de vida con el Señor. De ahí depende todo. Separado de él, el cristiano no puede producir ningún fruto. A este respecto, Jesús es categórico cuando afirma: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí”. La comunión ontológica, existencial con Jesús es, por tanto, la condición indispensable para que el cristiano produzca frutos abundantes.
Por otra parte, en este pasaje evangélico llama mucho la atención el uso recurrente del verbo griego menein, “permanecer”, el cual es utilizado en al menos 7 ocasiones. Este verbo está muy presente en todo el evangelio de San Juan. En este evangelio Jesús habla con frecuencia de permanecer en él, en su palabra, en el amor, en sus mandamientos, etc. Por lo concierne a nuestro pasaje, el uso reiterado de este verbo indicaría que no basta con tener una comunión esporádica con Jesús para producir frutos. No, Jesús habla más bien de una relación vital, permanente, definitiva. De hecho, cuando Jesús explica que él es la vid verdadera y que nosotros somos los sarmientos, nos dice que al sarmiento que no produce fruto el Padre lo arranca. De esta manera, el Señor nos advierte que no podemos conformarnos con tener una relación superficial con él: hay que dejarse transformar profundamente por su palabra.
Además del uso reiterativo del verbo “permanecer”, es llamativa también la insistencia de Jesús sobre la necesidad de dar frutos. Siguiendo la metáfora de la vid y los sarmientos, Jesús afirma con toda claridad que su Padre, “el viñador”, se encarga de que la vid no tenga sarmientos estériles: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, el lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto”. De estas palabras de Jesús podemos retener la siguiente enseñanza: la vida cristiana no consiste principalmente en adherirse a una doctrina, si no en dar frutos, en manifestar con obras concretas nuestra comunión de vida con el Señor. Esto es precisamente lo que dice Jesús al final del evangelio de este domingo: “La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.
Este pasaje evangélico tiene, sin duda, muchas enseñanzas para nosotros hoy. Por ejemplo, convendría preguntarnos, a la luz de este texto, por qué a veces en nuestra vida cristiana los frutos son tan escasos. Quizá porque creemos que los frutos dependen más de nuestros propios esfuerzos que de la gracia de Dios, la cual requiere por supuesto de nuestra colaboración. Pero, lo decisivo, como nos recuerda Jesús en el evangelio, es nuestra comunión vital con él. Y esta misma realidad que constatamos en nuestra vida personal también la podemos constatar a nivel eclesial. En este ámbito sería oportuno preguntarse por qué muchas veces nuestros planes pastorales, tan cuidadosamente elaborados, en la práctica resultan muchas veces poco fecundos. La respuesta quizá vaya en la misma línea: nos hace falta reforzar, personal y comunitariamente, nuestra vida espiritual, es decir, nuestra comunión vital con el Señor, sin la cual es imposible dar frutos.

