Pbro. Manuel Acosta

El texto es continuación de Jn 15, 1-8. Para entender esta relación es importante captar que la metáfora de la vid y los sarmientos (15, 1-8) no ha terminado, dado que el contenido de la vid, su savia, es el amor, que tiene su fuente en el Padre. Este amor se presenta en Jn 15, 1-17 como una obra en tres actos: 1º) vv. 1-8; 2º) vv. 9-11; y, 3º) vv. 12-17. El primer acto y el tercero son como dos caras de una misma escena: la primera describe la unión de Jesús y sus discípulos, mediante las metáforas de la vid y los sarmientos, y el tercero refiere al amor de los discípulos entre sí. Estos dos actos están unidos por el amor de Jesús y el Padre del cual habla el segundo acto. Esta pieza en tres actos viene siendo también como una moneda con dos caras en la que no se nota cómo estas están pegadas, pero que el dato objetivo es que son inseparables.
En el texto se perciben dos partes. La primera corresponde a los vv. 9-11 y la segunda pertenece a los vv. 12-17. La primera parte realiza la transición entre los vv. 1-8 y 12-17. Abandona la imagen de la vid y retoma la categoría de “permanecer en mí”, pero la interpreta con ayuda de una nueva noción, la del amor. El v. 9b formula la tesis en forma imperativa: “Permanezcan en mi amor”. Esta tesis se fundamenta en el amor que Jesús tiene a los suyos. Dicho fundamento está en indicativo: “como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes” (v.9a). El v. 10 comenta el v. 9 enunciando el criterio que permite permanecer en el amor de Jesús. Este consiste: “si guardan mis mandamientos…”. El v.11 concluye la argumentación indicando el objetivo de la exhortación. Dicho objetivo lo constituye: “para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea colmado”.
Es importante resaltar el paso interpretativo que realiza el v. 10. Este consiste en explicar el “permanecer en mí” mediante el “permanecer en mi amor”. Permanecer en Cristo no
significa ser fiel a un valor ético general que sería el amor, sino fundar permanentemente la existencia en el amor que Cristo ha mostrado (“mi amor”) por cada ser humano. Este amor de Cristo es amor que compromete, que dispone a la responsabilidad y al compromiso en el hoy de la fe. Sin embargo, esta llamada a “guardar los mandamientos” no está ligada a un horizonte dominado por la retribución, sino que permite descubrir la alegría. La alegría de Cristo (“mi alegría”) que viene a habitar gratuitamente la existencia del creyente y lo despierta así a la alegría. Esta alegría es el resultado del amor incondicionado de Dios a cada ser humano.
La segunda parte se vincula con el contexto anterior. Tras llamar a sus discípulos a “guardar los mandamientos” (v.10), Jesús les da ahora el contenido central de estos: “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (v.12). Este encadenamiento argumentativo indica que, si los vv. 9-10 han presentado una segunda interpretación del comienzo del discurso acerca de la vid verdadera (15, 1-8), basada en la categoría del amor, los vv. 12-17 prosiguen esta línea argumentativa reflexionando sobre el mandamiento del amor mutuo. Esta segunda está jalonada por la inclusión “que se amen los unos a los otros” (vv. 12 y 17). Su estructura comprende los siguientes elementos: a) el mandamiento del amor, fundado en Jesús (v.12), constituye el punto de partida de la argumentación; b) el v.13 proporciona un primer comentario al v. 12, precisando qué es lo que se debe entender por “amor más grande”; c) un segundo comentario detallado se dedica a definir la noción de “amigo” (vv. 14-16); y, c) el v. 17 concluye la unidad repitiendo el mandamiento del amor mutuo, planteado en el v.12.
La exigencia de amor mutuo se interpreta en una doble dirección, gracias a que se pone en relación con la muerte de Cristo. Para empezar, se precisa la noción de amor, que consiste en comprometerse sin restricciones con el hermano o la hermana para permitirles una vida en plenitud. A continuación, y esta es la nota cristológica, en la medida en que este compromiso ha sido realizado de forma ejemplar por Cristo en la cruz, su muerte debe ser entendida en primer lugar como un acto de amor hacia los suyos. Lo que más subraya no es el aspecto sacrificial, ni el perdón de los pecados, sino el compromiso decidido que lleva a ofrecer la vida por los demás.
La vida en el amor recibido y dado conduce a un cambio de estatuto. De siervo, el creyente accede al rango de amigo. Esta amistad no se define en términos de afectividad, sino de conocimiento. El amigo de Jesús es libre justo en la medida en que ha recibido la palabra que ilumina su existencia en el mundo en el que vive. Pero esta libertad que caracteriza a la fe no es una conquista del creyente, la meta de una larga búsqueda espiritual, sino un don, como connota el tema de la elección. Porque es un don, la libertad del creyente es el espacio donde puede dar un fruto duradero, siempre que permanezca en la actitud del orante que recibe de Dios, cada día, lo que necesita.
Dando un toque de realidad, desde el punto de vista del amor de Jesús, a los cristianos del país no se les está permitido apoyar caminos de transformación del país que profundicen la opacidad en la administración pública, la venganza y los autoritarismos, con el pretexto que es lo que el pueblo quiere. Aunque estos parezcan necesarios en el país, no se debe olvidar que Jesús amó empleando la no violencia activa y el amor sin límites a los enemigos. No se puede optar por la seguridad fundada en los ejércitos, relegando la libertad y el amor que vienen de Jesús.
