Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 4, 22-30

El texto describe: a) la reacción del auditorio: “daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (v.22); b) la respuesta de Jesús en gradación (vv. 23-27); c) la ira y ataque de todos los de la sinagoga de Nazaret hacia Jesús: “se llenaron de ira…lo arrojaron fuera…y lo llevaron a una altura para despeñarlo” (vv.28-29); y, d) la marcha de Jesús (v.30).

El v. 22 indica la triple reacción de los presentes: aprobación, admiración y desconcierto. Aprobación (èmartúroun àutõ). Las traducciones son diversas, pero la que se corresponde al sentido original del texto es: “todos daban su aprobación”; admiración (èthaúmazon) se refiere a lo atónito que estaban los presentes por las palabras agraciada que salían de la boca de Jesús; y, desconcierto que se manifiesta en la pregunta. La cuestionante, en su contexto, tenía que ver con el conocimiento de la Escritura y el estatus social de Jesús. Sino era un buen conocedor de la Escritura, debía tenerse en cuenta su estatus social. La posición de Jesús es nula, hijo de un obrero de Nazaret; su formación intelectual, inexistente. Es compresible el desconcierto del auditorio.

La mayoría de los estudiosos piensan que la reacción de los nazarenos es positiva, casi entusiasta. ¿Cómo se explica que, poco después, intenten matarlo? La expresión “todos daban su aprobación” (èmartíroun àutõ), no tendría el sentido de “dar testimonio a su favor”, “manifestarse a su favor”, sino “dar testimonio en contra”, “manifestarse en contra”.

La reacción inmediata de los nazarenos es sentirse molestos porque Jesús, al leer el texto de Isaías, ha omitido la última frase, referente al “año de la venganza de nuestro Dios”[1]. ¿Por qué se ha limitado a leer las palabras sobre la gracia y no ha leído las que hablan del castigo de los paganos? ¿Con qué derecho se permite mutilar la Escritura este individuo que no es más que el hijo de José?

Aunque se han presentado las reacciones positivas y negativas de los nazarenos, la mayoría de los comentaristas se inclinan por la positiva. El auditorio está entusiasmado con Jesús, solo le extraña cómo puede decir eso “el hijo de José”. La respuesta de Jesús está en otra dirección.

Si Jesús hubiera sido un embaucador, habría provechado la oportunidad para ganarse más al auditorio, solucionando las dudas sobre porqué mutiló el texto isaiano. Sabía lo que esperaban de él: que no leyera solo textos de la Escritura, sino que hiciera en su pueblo milagros parecidos a los que había hecho en Cafarnaúm.

El v. 23 inicia la respuesta de Jesús. Él habla como si estuviera dispuesto a hacer los milagros esperados: “Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí, en el pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. La respuesta de Jesús es proverbial e irónica. Se niega a hacer los signos y adopta una postura que no es la de sus oyentes. Sin que los nazarenos hayan dado motivo, da por supuesto que lo van a rechazar. No se basa en nada concreto, sino en un proverbio: “Ningún profeta es aceptado en su pueblo” (v. 24), que alude a las experiencias pasadas de Amós, Oseas, Jeremías, entre otros.

La sentencia revela el conflicto que empieza a surgir entre los designios del año de gracia del Señor y las expectativas de los nazarenos. Jesús ha anunciado el año de gracia, pero sus conciudadanos no le han escuchado. De esta manera interpretó la comunidad lucana, la tradición del AT sobre el profeta rechazado por los de su casa.

Igual que Elías fue enviado por Dios a ayudar a una viuda fenicia, y Eliseo a un leproso sirio, él también se siente enviado a los paganos. La conducta de Jesús realiza o anticipa, lo que Pablo realiza en su actividad evangelizadora. En el contexto lucano, tal declaración pretendía promover una sola comunidad entre judíos y paganos alrededor de Jesús. Esta comunidad, en su momento, ya había roto los nexos y las barreras impuestas por el judaísmo sinagogal.

Lucas presenta la misión de Jesús como universal: no hay ningún tipo de barrera que separe a los destinatarios de su misión. Así explica lo que se va a confirmar a lo largo de toda la obra: el rechazo y la muerte de Jesús no se deben a su posible carácter revolucionario, sino a la cerrazón de quienes no quieren abrir las puertas a otros, en su contexto a los provenientes de la gentilidad. Esto es lo que se conoce como el nacionalismo exclusivo.

La reacción final de los nazarenos (vv. 28-30). ¿Cuál sería la reacción lógica de los nazarenos? Levantarse e irse de la sinagoga, soltando probablemente frases de disgusto contra Jesús. Lo que cuenta Lucas es mucho más fuerte: lo sacaron de la ciudad, lo llevaron a la cima del monte sobre el que estaba edificada la ciudad, con intención de despeñarlo. El lugar es imposible de identificar. Marcos sitúa también muy pronto la intención de matar a Jesús, pero por parte de los fariseos y los herodianos (Mc 3, 6). Aquí son todos sus conciudadanos los que desean su muerte.

A pesar de la amenaza, Jesús se abre paso entre la gente y se marcha (v.30). Lucas no lo interpreta como milagro; más bien sugiere una autoridad tan grande que la gente no se atreve a detenerlo. La actitud de Jesús es elocuente, él no buscaba ni fama ni violencia. Jesús con soberana libertad abre paso en medio de la ignorancia y la necedad de sus paisanos.

En el Nuevo Testamento se indican distintos motivos por los que Jesús entró en conflicto con las autoridades judías: por no observar el sábado, por ser un peligro para el público, por mencionar algunos. En el relato de Lucas, el motivo principal del conflicto es el nacionalismo de los que quieren un Mesías al servicio exclusivo de Israel, mientras que Jesús se ve enviado a toda la humanidad. Nadie debe escandalizarse de eso, mucho menos los judíos: también Elías y Eliseo fueron enviados por Dios a los paganos en unos momentos en que los israelitas estaban muy necesitados de ayuda.


[1] Ver Lc 4, 19.

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