«HACE 41 AÑOS y UN PROFUNDO AGRADECIMIENTO A TODOS Y TODAS
20 DIC 1980-20 DIC 2021
He celebrado mis 41 años de vida sacerdotal con la Comunidad Parroquial de San Juan Bautista,
Cojutepeque. Hoy lunes 20 de diciembre que es el propio día, con mis hermanos sacerdotes socios de la COOPESA, en el Seminario San José de la Montaña. Todo es una “Gracia que viene de Dios”.
Lo que comparto ahora es parte de mi historia sagrada. Por curiosidad inicié este camino vocacional. Un joven seminarista en 1968 me pegó el cuento que “yo debía volar como las águilas” (Jacinto Saldaña). Me tragué el cuento y fui a una “semana de prueba” en San Miguel. ¡Sorpresa! P. Manuel Osorio me dijo: “¡Quedaste!”. Aparece entonces un Obispo, Lorenzo Graziano y me dice: “Mañana pasa por la casa episcopal”. Fui y me compró todo lo necesario para el Seminario Menor. El me adoptó y me acompañó durante toda mi formación. Un año después, justo después de la guerra con Honduras, él renunció a la Sede episcopal de San Miguel pero siempre estuvo pendiente de mi persona. Y me prometió, en caso de ordenación sacerdotal, de hacerlo él. Lo hizo en 1980.
¿Qué pasó mientras tanto? Me tocó vivir y experimentar con tristeza el cierre del Seminario San José de la Montaña en 1972. Las comunidades de Zacamil me adoptaron como uno de sus miembros e hijos. Lo que soy, es gracias a ellos y ellas. P. José María Gondra me dio la beca para continuar mis estudios en la UCA. En el año 1975 me envían a Lovaina. Termino mi bachillerato en Teología y voy a los EEUU, patrocinado por Mons. Lorenzo Graziano y siguiendo el consejo de Mons. Romero, para hacer estudios allá. Matan a los padres Neto Barrera (nov. 1978) y Octavio Ortiz (ene 1979), ambos muy amigos y cercanos conmigo. Estas fueron las señales claras que ya no había tales curiosidades. La Zarza no se consumía y me acerqué tanto que enseguida me empujó hacia el diaconado (23 mayo 1979 ¡Feliz coincidencia: Beatificación de uno de mis padres en la fe: 23 de mayo de 2015) y como la Zarza seguía ardiendo, matan a Mons. Romero. Las señales fueron
aún más claras que ya la curiosidad terminó por completo y pedí a Mons. Rivera, siendo Administrador Apostólico, que me concediera, por su ministerio episcopal, en nombre de la Iglesia, el presbiterado.
Me estrené con los migrantes en los EEUU y permanecí cuatro años con ellos. En 1984, de vuelta a Lovaina, apoyado por el obispo de Davenport, Iowa, para hacer estudios de licenciatura. Regreso a El Salvador y me recibe Mons. Rivera Damas, quien como gran canonista me hizo que le recitara el CREDO. Lo hice sin problemas. Él tenía sus dudas para conmigo por mi “pensamiento de izquierda”. Me envió a la famosa “Refinería de Ilopango” donde hice camino con un gran pastoralista,
de esos que ahora no tenemos para nada en la Arquidiócesis, p. Fabián Amaya Torres. Mons. Rivera me envía en 1988 a Quezaltepeque y en el año 1991 me incorporan al Equipo Formador del Seminario y dos años después los señores obispos me nombraron Rector del mismo. Tres años más tarde, en enero de 1996, me sustituyen del Seminario y decido por voluntad propia, y para no amargarme la vida, regresar a Lovaina, sin ningún costo para la Arquidiócesis. Fueron estos cinco años del Seminario los de máxima realización y felicidad como presbítero a pesar de las pruebas e incomprensiones que pude experimentar. Hacer camino con tantos jóvenes ha sido una bendición para mí. Y ha sido de lo mejor que me ha podido pasar en mi vida sacerdotal. Sobre todo comprender mejor lo que significa vivir en libertad y coherencia la vida sacerdotal.
Mi regreso a Lovaina fue un ejercicio de interiorización y búsqueda sincera para conmigo mismo y para con la Iglesia. Pasé un buen año con resentimientos hacia la jerarquía salvadoreña. Esto no puedo negarlo. Pero el tiempo, el encuentro con la gente allá en Bélgica y los estudios, como también la oración y el silencio, me ayudaron mucho. Tomar distancia también fue una buena medicina. Porque en algún momento pensé seriamente dejar el ministerio sacerdotal. Acudí a unos amigos jesuitas aquí en El Salvador y hermanos diocesanos para replantear mi vocación y mi deseo de dejarlo todo. Me ayudaron mucho a sanar y darme cuenta que el proyecto de Dios vale la pena y por el cual hay que sufrir mucho. Mons. Ricardo Urioste y José Angel Renderos me ayudaron mucho. Grandes amigos y hermanos ¡Lo que debemos valorar siempre!
Regreso a El Salvador en el año 2005, justo para celebrar los 25 años del martirio de Mons. Romero. Unos días más tarde muere el Papa Juan Pablo II. Me envía el Arzobispo Fernando Saénz Lacalle a Cojutepeque, donde ahora me encuentro. Felicidad inmensa de hacer camino con los laicos y las laicas de estas comunidades y con la Vicaría de San Juan Bautista. Y sobre todo poder mantener un espíritu abierto y libre en mi ministerio. Pensar siempre en mis hermanos sacerdotes, especialmente los jóvenes y los ancianos. La Zarza sigue ardiendo. Debo ser siempre, con la ayuda de Dios, un “fuego que enciende otros fuegos”. Abrazos a todos ustedes, mis hermanos en el sacerdocio ministerial y a todos los hermanos laicos y laicas que son parte de este caminar.
Agradezco la presencia de todos los hermanos que me acompañaron el día de ayer a mi aniversario Sacerdotal, a las comunidades, ministerio, asociaciones, Centro Escolar Católico Luis Pastor Argueta y a los hermanos que con mucho cariño nos han proporcionado el refrigerio para compartir con todos en este día especial
¡Feliz Navidad y muchas bendiciones!
Luis Alonso Coto Flores, su hermano».
Que Nuestro Señor Jesucristo le reciba en su gloria, P. Luís Coto
