Por: Pbro. Ramón Lara
Nunca es tiempo para morir, decimos con dolor, cuando se ha ido una persona estimada. El hombre justo, el hombre bueno, no debería morir, pensamos. Sin embargo, el libro del Eclesiastés nos dice que “para todo hay un tiempo…tiempo para nacer y tiempo para morir” (Ecl 3,2). La muerte es un enigma y también un misterio. Enigma porque humanamente es una realidad impenetrable e incomprensible. Misterio porque cristianamente ha sido revelada como camino de salvación: el redentor transitó por la muerte y la trocó en vida, muriendo la destruyó. Quien ha hecho de su vida un don para los demás, como lo hizo Cristo, cualquier momento es tiempo para morir.
¿Por qué muere el hombre bueno? ¿por qué murió en esta hora?, nos preguntamos todavía con dolor. De hecho, el AT ve la vida como una bendición y la muerte como una maldición. Alcanzar una vida larga es una bendición y un fin prematuro de la vida es un fin indeseable. Llegar a la vejez es llegar al tiempo de la muerte y sólo ahí es que es algo natural. El ideal judío era de morir en una feliz ancianidad, rodeado de numerosos hijos. Las tumbas judías no tienen nombre, porque el nombre pertenece sólo al ser vivo. Por eso la memoria es importante para el hebreo, porque con ella se despedaza históricamente a la muerte ya que se sobre vive en la mente de los demás. Los verdaderos muertos están en el “país del olvido” dice el salmista (Sal 88,13).
Sin embargo, Dios nunca se olvida de los que cumplen su alianza, el justo siempre vive para Dios. En efecto, “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mt 22,32). Los que todavía sembramos los surcos de la historia, en sintonía con Dios, debemos hacer memoria de los hombres justos, debemos continuar su legado y practicar sus virtudes. Por tanto, si el hombre bueno muere, su memoria y su legado jamás. En cuanto a la hora de morir, Jesús nos enseñó a esperarla y prepararla. Porque el hombre bueno siempre muere a tiempo. La hora de la muerte para el justo siempre será oportuna, ya que “en la vida y en la muerte es del Señor” (Rm 14,18) y al final “la muerte es una ganancia” (Fil 1,21), porque es un “bendito del Padre y pasa a tomar posesión del Reino preparado [para él]” (Mt 25,34).
El P. Luis Coto sin duda ha muerto a tiempo. Era ya un gajo maduro de la viña del Señor. Su tarea evidentemente la había cumplido a cabalidad. Todos los sacerdotes del país lo reconocemos como un verdadero hermano, un padre, un maestro. Por eso ahora, alrededor de su lecho de muerte, nos reunimos como la prole en torno a su buen padre. Lo fue efectivamente para muchos, quienes tuvimos la suerte de contar con su amistad y su acompañamiento formativo. Luis Alonso Coto ha muerto a tiempo para Dios, aunque a nosotros nos duela su partida. Su legado de profundo y genuino amor por la Iglesia es encomiable; su testimonio de caridad pastoral impresionante; su profundo sentido de responsabilidad inobjetable y su cordialidad entrañable. El P. Coto ha sido ese hermano mayor para el clero salvadoreño. Un guía y verdadero modelo de vida sacerdotal.
A muchos nos hubiera gustado verlo al frente de una diócesis, para poder descubrir junto a él el gusto de ser pastor con olor a oveja, que sabe a dónde ir, que se pregunta constantemente qué mejor se puede hacer para servir al pueblo santo de Dios. Fue una lástima que la Santa Sede no se haya fijado en él como servidor para una Iglesia particular. Sin embargo, sin ese nombramiento oficial, el P. Luis ejerció sobre el clero salvadoreño la verdadera y genuina diaconía episcopal. Su vigilancia fraterna sobre la realidad eclesial y sobre el clero en particular, lo hacían un verdadero epíscopo in pectore para todos aquellos que le hemos estimado y admirado por sus múltiples carismas y dones de pastor. El P. Luis quedará siempre vivo en la mente y en el corazón de los que hemos coincidido con él en esta hora de El Salvador. Descanse en paz querido P. Luis.
R.L
