14 de mayo de 2022: La hora justa para hacer memoria de los mártires del Sumpul.

Por: Por Eduardo Maciel, Cáritas Chalatenango

Son las 6:00 de la mañana del día 14 de mayo del 2022. Las Aradas, en el municipio de Ojos de Agua, al nororiente del departamento de Chalatenango se baña con los primeros rayos de sol. Aunque el cielo está despejado, aún es muy temprano para que esos tímidos rayos puedan ganarle al frío que parecía morder durante la noche. El terreno de tres hectáreas del parque memorial a las víctimas de la masacre del Sumpul acoge por todas partes a visitantes que pasaron la noche en tiendas de campañas, hamacas y techos improvisados con lona plástica. Como todos los años, unos 150 jóvenes de las comunidades cercanas, acompañados por organizaciones sociales y la Iglesia, se han congregado aquí desde el día anterior para realizar una vigilia en memoria de los mártires del Sumpul. Muchos de ellos han acompañado desde finales de abril los encuentros intergeneracionales, cine foros y conversatorios organizados por los sobrevivientes de la masacre con el fin de actualizar la memoria de los mártires.

Al calor de las diferentes hogueras y con los primeros sorbos del café cocido a leña, unos jóvenes recuerdan los hitos de la vigilia de la noche anterior: unos repasan el ritual realizado a la orilla del río Sumpul, donde arrojaron pétalos de rosas a sus aguas, en homenaje a muchas de las 600 víctimas de esta masacre que allí perdieron su vida; otros, destacan la procesión de farolitos hasta el memorial excavado medio metro bajo el suelo y construido con piedras del río y pequeñas cerámicas con los nombres de las víctimas; otros ríen al recordar cómo bailaron hasta cerca de la media noche al ritmo del grupo de música popular. Todos agradecen que este año no haya llovido durante la noche y que las actividades se desarrollaran sin problemas en medio del actual estado de excepción, en el que el solo hecho de ser jóvenes los torna sospechosos.

42 años antes. 6:00 a.m. del día 13 de mayo de 1980. Llovió toda la noche y el temporal aún sigue en el Cantón Las Minas, un pequeño pueblo ubicado en el camino que va de Chalatenango a Las Vueltas. Unos niños empapados corren entre los charcos de agua y barro para avisar de la llegada de un nuevo operativo militar. Hace tiempo que solo mujeres, niños y ancianos pasan la noche en las casas. La mayoría de los hombres llevan meses durmiendo en los montes, ya que el solo hecho de ser campesinos organizados los hace sospechosos ante el régimen militar y oligárquico que dirige con violencia al país desde hace décadas. Régimen que, 50 días antes, asesinó a Monseñor Romero, luego de que éste le exigiera en la homilía de la misa dominical, cesar con la represión.

Ante la advertencia, muchas personas salen inmediatamente en “guinda”, dejando las tortillas para el desayuno quemándose en los comales. Otras deciden quedarse, pensando que, por ser mujeres, niños y ancianos no corren peligro. Se equivocan. Esta vez es distinto. Los que se quedan se sorprenden al ver a cientos de uniformados armados y paramilitares de ORDEN bajándose de los camiones que se van estacionando en la calle del cantón. El sonido de los disparos, los gritos y los primeros muertos les termina de convencer que deben huir, aunque no debieran nada.

Los disparos que pasan cerca son los que van direccionando la huida de la población civil y desarmada desde los caseríos de Chalatenango, Las Vueltas y Ojos de Agua hacia Las Aradas, donde el río Sumpul hace frontera entre El Salvador y Honduras. Juan de Dios Mejía, su hermano Alfonso y otros cuatro vecinos del Jícaro y Los Calles huyen en dirección contraria, hacia las montañas de Concepción Quezaltepeque. En la desesperación de la huida, piensan que en las alturas recónditas del Cerro El Cacao estarán a salvo de los militares que, como hormigas embravecidas, se esparcen por todo el terreno, realizando la primera de las muchas masacres de tierra arrasada que vio Chalatenango a partir de ese día. No pueden imaginarse que también los helicópteros y aviones de la Fuerza Aérea están involucrados en el operativo. Desde lo alto Juan de Dios, su hermano Alfonso y sus vecinos son divisados y asesinados.

Casi 42 años más tarde, el día 29 de abril de 2022 a las 6:00 de la tarde vuelve a llover en caserío El Jícaro, del Cantón Las Minas. La noche empieza a caer y, con el tañer de campanas, niños, mujeres y hombres de la comunidad se acercan a la Iglesia. Unas pequeñas cajas de madera pintadas de blanco son colocadas sobre una mesa en el centro del templo. Hoy, los restos de Juan de Dios, su hermano Alfonso y los otros 4 asesinados el 13 de mayo de 1980, son restituidos a sus familiares, y la comunidad viene a acompañarlos en la misa de cuerpo presente y en la velación. Ellos son los primeros exhumados de las cerca de 600 víctimas de la masacre del río Sumpul. Monseñor Oswaldo Escobar, obispo de Chalatenango, celebra la misa e insiste en que, si bien la recuperación de los restos de estas personas es un paso importante hacia la justicia y para que sus familias puedan cerrar el duelo tan postergado, no se debe olvidar a los otros cientos de hermanas y hermanos que fueron asesinados en ese operativo. Este acontecimiento debe animar a la exigencia por que se abran los archivos militares y que haya justicia en el país.

Son las 6:00 de la mañana del día 14 de mayo de 1980. La lluvia cae torrencialmente en Las Aradas y el río Sumpul está muy crecido. Durante toda la noche, grupos de personas empapadas y asustadas que huían de la muerte desde el día anterior, fueron llegando en busca de amparo. Cada grupo que llega cuenta entre lágrimas el horror vivido, busca a sus familiares y llora sus muertos. Al amanecer ya son cerca de mil las personas refugiadas en este lugar. Como pueden se acomodan bajo los naranjales del terreno, esperando que la pesadilla haya terminado. El sonido de las primeras balas les hace entender que no es así. En la desesperación de verse acorralados, mucha gente intenta cruzar el caudaloso río, con la idea de ampararse en tierras hondureñas. Los que van logrando pasar no pueden saber que también en Honduras los esperan soldados armados. A eso de las 10 de la mañana de ese 14 de mayo, ya habrán sido asesinadas cientos de personas en las planicies de Las Aradas, en el río y en Honduras. Hombres, mujeres y niños desarmados.

Exactamente 42 años después un helicóptero vuelve a sobrevolar el espacio aéreo de Las Aradas. Pero, lejos de provocar temor y ansiedad, como antaño, su llegada es esperada por cientos de personas que se aglomeran jubilosos para recibirlo con vítores y palmas. De él baja un hombre mayor, vestido con una sotana blanca: es el Cardenal Gregorio Rosa Chávez, quien ha venido por primera vez a acompañar la conmemoración y presidir la eucaristía. Su presencia sencilla y cercana, rememora en muchos a la de su amigo, San Oscar Romero, quien disfrutaba visitando las comunidades de Chalatenango. Tal como lo hiciera Romero en los 70’s, el cardenal se deja acoger por el cariño honesto de los campesinos, quienes lo buscan para platicar, pedirle su bendición y tomarse fotos con él. Para los sobrevivientes la misma presencia del Cardenal es un gesto de reparación y un reconocimiento de la veracidad de sus testimonios -tantas veces negados. Durante la eucaristía el Cardenal reafirma lo que la fe de los chalatecos había descubierto ese mayo de 1980: Las Aradas es una tierra santa, que acogió la sangre de mártires inocentes, asesinados por ser pobres y vivir en una de las zonas rojas del conflicto social de esa época. También reconoce la importancia de la memoria de los mártires en el presente del país centroamericano, cuando una “nueva guerra” contra las pandillas, en sus barrios y cantones, es aplaudida por muchos. Una “nueva” guerra en las que muchos jóvenes son criminalizados por el solo hecho de ser pobres y vivir en las zonas más afectadas por el conflicto social “actual”. En este contexto, la memoria de los mártires hace reconocer el presente como el resultado de un continuo de violencia ininterrumpida desde hace muchas décadas. La memoria de los mártires inocentes, como la de Jesús, se presenta en nuestra hora como un freno de emergencia para resistir contra ese continuo y escribir otra historia de cara a futuro, una historia de vida, ternura, justicia y paz. Para escribirla no faltan ni plumas, ni autores, ni sueños. Basta con contemplar a los jóvenes en vigilia un 13 de mayo del 2022 en Las Aradas.  

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