Padre Rafael Palacios, mártir de la transformación de la Iglesia.

(Foto: Funeral en Parroquia Santa Lucía, Suchitoto, el 21 de junio de 1979. A la izquierda de la imagen el P. Alirio Napoleón Macías)

Luis Van de Velde

Brugge – Bélgica, 30 de mayo de 2022.

En la primera mitad de 1979 yo estaba en Bélgica.  El asesinato de Padre Octavio Ortiz ha sido para mí la llamada clara para retornar a El Salvador.  Y el día después de mi retorno, el 20 de julio de 1979, participé concelebrando con Monseñor Romero y varios sacerdotes en la eucaristía de los 40 días del martirio del Padre Rafael Palacios.  Estos dos mártires marcaron el inicio de mi segundo período en la arquidiócesis de San Salvador.

No he conocido de cerca a Rafael. Lo vi algunas veces en reuniones, entre otras en “La Nacional”, reflexionando la realidad que vivía nuestro pueblo y los desafíos del seguimiento a Jesús.  Para esta reflexión quiero partir de otros testimonios[1] y por supuesto debo limitarme a algunos aspectos de su camino sacerdotal.

Rafael, como otros sacerdotes de su generación, han vivido una profunda conversión a partir de la dinámica del Concilio Vaticano II. Habían sido formados en el modelo eclesial preconciliar.  Se celebraba la misa de espaldas al pueblo, en latín, a veces a solas sin comunidad presente.  Pasaron toda su formación vistiéndose con sotana negra.  El Concilio inició en 1962 y Rafael fue ordenado el 26 mayo 1963. Se dejó transformar por el Espíritu del Señor que iba abriendo ventanas y puertas en la Iglesia.  Se dieron los primeros pasos en la renovación litúrgica, y en una nueva lectura y comprensión de la Biblia también desde la realidad histórica del pueblo pobre.  En Chile Rafael conoció nuevos métodos de catequesis cercana a la vida, alimentada con la metodología propia del movimiento obrero católico: ver, juzgar, actuar.  ¡Cuánto se debe haber alegrado Rafael cuando los obispos latinoamericanos asumieron el Concilio y decidieron promover las Comunidades Eclesiales de Base como “el primer y fundamental núcleo eclesial, que debe responsabilizarse de la riqueza y la expansión de la fe, como también del culto! ¡La comunidad cristiana de base es, célula inicial de estructuración eclesial, foco de evangelización y factor primordial de promoción humana y desarrollo”!  Rafael se arriesgó a esa conversión eclesial bajo la fuerza del Espíritu que impulsa esa transformación de nuestra Iglesia en el continente. 

A pesar de la resistencia, la crítica y el rechazo de su obispo en San Vicente (Mons. Arnoldo Aparicio), Rafael siguió su camino.  Monseñor Romero le dio nuevamente el abrazo de pastor para que aportara en ese proceso de transformación de la  arquidiócesis.  Después del asesinato de Padre Octavio Ortiz, Rafael fue nombrado encargado de la parroquia de San Francisco, Mejicanos.

Rafael había visto que  muchas prácticas devocionales tradicionales no llevan al seguimiento de Jesús.  Quiso abonar a la maduración de la fe.  Creía en el modelo eclesial de las comunidades de base. Creía que leyendo el Evangelio en una mano y el periódico (la realidad) en la otra, en comunidad y bajo la Luz del Espíritu Santo se podría avanzar en la verdadera transformación de la Iglesia, Pueblo de Dios en camino, así como Medellín lo había planteado.

Estamos hoy ante el 43 aniversario de su martirio.  En algunas parroquias se hará memoria de Rafael y su fidelidad hasta el final, en otras habrá un silencio.  Sería bueno que los medios de comunicación de la iglesia fueran eco de su vocación y experiencia transformadora a la luz del Evangelio, del Concilio y de Medellín. En toda la Iglesia salvadoreña y especialmente la arquidiocesana, no basta recordar que un sacerdote diocesano fue asesinado, ni que se haga los rezos anuales por su alma.  No basta tener alguna foto de Rafael, un poster o un banner con algún mensaje.  La conversión transformadora en la vocación y la experiencia sacerdotal del Padre Rafael debería ser como un espejo para nuestro propio camino en la Iglesia de hoy.  Rafael nos hace algunas preguntas como: ¿Qué importancia estamos dando a la formación y acompañamiento de Comunidades Eclesiales de Base (así como Medellín y Puebla lo definieron como opción fundamental) en el proceso sinodal que llevamos hoy?, ¿Qué diferencia fundamental hay entre el modelo de CEBs desde Medellín y el modelo de las “pequeñas comunidades” nacidas del plan SINE*?, ¿Qué lugar tienen las CEBS en nuestros planes y acciones pastorales?  ¿De qué manera estamos acompañando a las y los creyentes en su maduración en la fe más allá de lo devocional y el entusiasmo carismático?, ¿Qué ha pasado con el profundo proceso de transformación de la Iglesia (iniciado con el Concilio, Medellín y Puebla) en cuanto a liturgia, lectura comunitario de la Biblia, compromiso solidario también en su eje liberador (como Puebla indica), en cuanto a la transformación del clero y su inserción en los sectores más vulnerables?,  ¿De qué manera  tomamos en serio la autocomprensión conciliar de la Iglesia como Pueblo de Dios y su triple misión bautismal?, ¿Hasta dónde hemos avanzado en la transformación de la enseñanza doctrinal y devocional a procesos constantes de catequesis vivencial, evangélica y liberadora?.  En estos tiempos de polarización política entre quienes se consideran “los buenos” y los condenados como “malos” – en ambas direcciones –, ¿De qué manera estamos escuchando al pueblo, en el seno de las comunidades, discerniendo juntos a la Luz del Evangelio?  

En los Evangelios leemos con tanta claridad cómo Jesús y su misión con el Reino de Dios chocaba contra el sistema religioso, social y político de su tiempo.  Sucedió de la misma manera en la vida del Padre Rafael.  Por eso lo expulsaron de su diócesis. Por eso lo mataron.  El recordatorio anual de su martirio debería cuestionarnos hasta dónde somos de verdad transformadores proféticos, así como lo fue Jesús y lo espera de sus discípulos.

Recurriendo a palabras actuales del Padre J.A Pagola creo que la vida del Padre Rafael Palacios nos recuerda que no podemos dejar de ser: “Una Iglesia fiel a Jesús que está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, rompiendo esquemas y distanciándose de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos que nada tienen que ver con Jesús, el Profeta que bendecía a las gentes con gestos y palabras de bondad”. ¿No deberíamos sorprender de la misma manera también al interior de nuestra Iglesia?

  • SINE: Sistema Integral de la Nueva Evangelización.
  • CEBs : Comunidades Eclesiales de Base

[1] El libro “Testigos de la fe en El Salvador”

Entradas relacionadas