Solemnidades de la Santísima Trinidad

  • Pbro. Jorge Fuentes
  • El domingo pasado clausuramos el tiempo pascual con la solemnidad de Pentecostés. Para retomar el tiempo ordinario, el cual interrumpimos desde el inicio de la Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar este domingo el misterio mismo de Dios. Se trata ciertamente del misterio por excelencia de nuestra fe cristiana. Misterio tremendo y fascinante, que ni siquiera en la visión beatífica podremos abarcar, pues nuestro conocimiento de Dios estará siempre condicionado por nuestra realidad de criaturas. Como sabemos, en este mundo, además del conocimiento natural de Dios, al que podemos acceder por medio de la razón, contamos con el conocimiento sobrenatural, gracias a la virtud teologal de la fe. Pero este conocimiento, aunque sobrenatural, es limitado e imperfecto. Esta constatación, lejos de disuadirnos en nuestra búsqueda de Dios, debe más bien alentarnos, porque el hecho de no poder abarcar el misterio de Dios, indica su infinita grandeza. En efecto, si fuéramos capaces de comprender totalmente el misterio de Dios, dejaría de ser Dios y se convertiría en un ídolo. Por eso, el gran filósofo y apologeta cristiano Blas Pascal afirmaba con toda razón: “Yo creo porque no comprendo”. Esta afirmación, aunque parezca un poco fideista, no lo es en absoluto cuando se refiere al misterio de Dios.
  • Aun reconociendo, pues, que el misterio de Dios es inabarcable, en esta solemnidad de la Santísima Trinidad somos invitados a contemplar este misterio. Ante todo, se nos invita a meditar en la unidad y unicidad de Dios. El pueblo de Israel ya profesa esta fe, como podemos constatarlo en la introducción al Decálogo: “Escucha Israel, Yahvé, nuestro Dios, es Yahvé-único” (Dt 6, 4). Y si Dios es único, no hay confusión en él. La confusión surge cuando hay multiplicidad de intereses, lo cual crea también la división. En cambio, la unidad entre las personas divinas es tan profunda e intensa que el conocimiento de una de las personas implica también el conocimiento de las otras. Por eso, cuando Felipe le pide a Jesús que les muestre al Padre, nuestro Señor le responde: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Por tanto, Jesús y el Padre son uno, y esa unidad se expresa a través del Espíritu Santo.
  • Hay que hacer notar que, a diferencia del monoteísmo profesado por el pueblo de Israel, los cristianos creemos que el Dios al que adoramos, siendo único, es también comunión de amor entre las personas divinas. Este misterio de comunión se designa en la teología trinitaria con la expresión “comunicación de idiomas”. Esto significa que cada una de las personas divinas comparten entre sí lo propio de cada uno de ellas. En el evangelio de Juan encontramos un texto que ilustra muy bien esta comunicación de idiomas entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En efecto, en Jn 16, 13-15, Jesús, refiriéndose a la misión del Espíritu Santo, afirma lo siguiente: “Él no viene con un mensaje nuevo, sino que les dirá lo que escuchó, y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes”.
  • Es importante señalar además que el mist5erio del único Dios se nos ha revelado históricamente en el misterio de la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad. En efecto, en la persona de Jesús hemos visto al Padre, como se lo dice el mismo Señor a Felipe en el texto que ya hemos citado más arriba. O como afirma san Pablo en Col 1, 15: “Él es la imagen del Dios invisible, y es el Primogénito de toda la creación”. En el misterio de la revelación del único Dios hay que destacar también la importancia capital que tiene la misión del Espíritu Santo. Él es precisamente el que nos recuerda todo lo que Jesús nos ha enseñado y nos conduce a la verdad plena. En este sentido, el Espíritu Santo que se nos ha dado es el cumplimiento definitivo de la voluntad del Padre de conducir todas las cosas hacia el Hijo.
  • En este tiempo ordinario que hoy retomamos, somos llamados a apropiarnos de los frutos del misterio pascual de Cristo, por el que hemos sido reconciliados con el Padre. Somos invitados igualmente a hacer fecundo “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. La liturgia de este domingo nos invita finalmente a contemplar en la fe el misterio de la Santísima Trinidad, misterio que esperamos contemplar cara a cara en el cielo. La contemplación de este , tremendo y fascinante, llenará de felicidad nuestro corazón por toda la eternidad. Esta esperanza debe animarnos a vivir con intensidad también este tiempo ordinario de la liturgia, en medio de las avatares de nuestra historia. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

Entradas relacionadas