Octavo Domingo de Pascua / Domingo de Pentecostés

Pbro. Manuel Acosta
Hch 2, 1-11
Jn 20, 19-23

  1. Anotaciones al texto

a) Introducción

Pentecostés era, en el oriente antiguo, una fiesta de acción de gracias por la recolección de la cosechas, eran siete semanas (50 días), después que se recogía la primera gavilla o manojo de trigo y hasta que se terminaba la cosecha se ofrecía las primicias. Israel historizó esta fiesta dándole el sentido de aniversario de la Alianza que hizo Dios con su pueblo en el monte Sinaí; ella se celebraba cincuenta días después de la pascua judía. En estos aniversarios, los israelitas renovaban esta Alianza.

La Iglesia, en sus orígenes, dio profundidad al acontecimiento, ya no solo es la fiesta de la cosecha y de la Alianza sino la fiesta de la plenitud. Esta constituye los cincuenta días después de la resurrección. Se trata de la plenitud pascual, en palabras de Jn 15, 11“para que mi gozo sea colmado”. Hch 2, 1 comienza con la frase “al llegar el día”, es decir, “cuando se cumplieron los días”. Se trata del cumplimiento de Lc 24, 49.

Mons. Romero lo decía así: “Se celebra como plenitud de la resurrección de Cristo y de su Ascensión a los cielos”.

b) Hch 2, 1-11

El texto constituye una historia teológica que tiene como trasfondo la fiesta judía de la cosecha o fiesta de las semanas (Ex 23, 16; 34, 22; Lv 23, 15) y el cumplimiento de la profecía de Jl 3, 1-5. Con este trasfondo, Lucas historizó un acontecimiento que seguro fue sencillo, pero sentido en las comunidades del Nuevo Testamento. Este fue cuando aquellos doce comisionados expusieron por primera vez a las tribus de Israel reunidas en Jerusalén durante la fiesta de las semanas, que ellos representaban el nuevo pueblo de Dios, nacido del rechazo que las autoridades judías, y del posterior asesinato, que estas dieron a Jesús.

Lucas concedió, a este hecho, un carácter fundante, como lo hizo con la recomposición de la comunidad de los doce (Hch 1, 12-26), y lo denominó la infusión del Espíritu Santo a los doce. Con ello subrayó que desde este momento, estos será los hombres y mujeres del Espíritu de Dios, capaces de comunicar a todas las naciones el Evangelio de Jesús de Nazaret, el Crucificado-Resucitado, bajo la guía y actuación de un mismo Espíritu, el de Jesús El Señor (1Cor 12, 3b).

El texto no es crónica de historia, sino la interpretación de cómo había que entender Pentecostés en la vida de aquellos hombres y mujeres. Por ello más que fijarse en la narración, que tiene elementos extraordinarios, hay que puntualizar los signos que la dirigen y los resultados que provocan los signos. Estos son: viento, fuego y lenguas.
“De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento que llenó toda la casa en la que se encontraban” (v.2). El viento constituye un signo para el oído y está asociado a la acción del Espíritu de Dios (Gn 1, 1; 2, 7; Ez 36, 26; Jl 3, 1-2). Esta tradición también es contada por el evangelio de hoy: “Dicho esto sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

Lo que llama la atención es el “ruido”, aspecto que recuerda a la alianza del Sinaí (Ex 19, 16-18). El texto dice que este ruido es “como” una impetuosa ráfaga de viento. Dicho “como” explicita que se trata de una analogía no de una realidad palpable, en este caso lo compara con la impetuosa ráfaga de viento. El hecho que venga del cielo indica que es iniciativa de Dios, como fue la Alianza en el Sinaí. En este caso, Pentecostés es iniciativa de Dios para la Iglesia. Igualmente, este “ruido” que viene de arriba es Dios que se vacía en el ser humano, moviéndolo internamente para que se abra al Padre, a la manera de Jesús..

“Se les aparecieron una lenguas como de fuego y se posaron sobre cada uno de ellos” (v. 3). El fuego constituye un signo para la vista y en la Biblia, al igual que el viento, está asociado a la acción de Dios (Ex 19, 18). Este indica la presencia del Espíritu de Dios. Nuevamente, el texto puntualiza que no se trata de llamas de fuego sino de lenguas “como” de fuego. Lo importante no es lo visible sino lo invisible que está detrás del signo, en este caso, lo que produce el espíritu de Dios en la vida del cristiano: coraje.

Se debe observar que al final las lenguas como de fuego producen un resultado: “se llenaron todos de Espíritu Santo” (v.4a). Esto, según Lucas, es la realidad de esta comunidad de Pentecostés. Después de los signos iniciales, de referente externo, Lucas invita a entrar en lo esencial de Pentecostés, la experiencia espiritual y así captar el significado: ¿Qué es lo que está pasando en el corazón de los discípulos? ¿Cuál es la acción interior del Espíritu Santo en nosotros?

Después de los signos emerge la realidad, que se describe con sólo una línea: “Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Este fuego que es el mismo Espíritu, es la palabra de Dios que debe quemar y purificar, para ser proclamada.

“Y se pusieron a hablar diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (v. 4b). En la obra lucana, este versículo es el cumplimiento de Lc 3, 16, y en el texto la expresión “lenguas” está asociada al v. 3, “lenguas como de fuego”. El texto griego utiliza en uno y otro la misma palabra (glosssai, lenguas), sin embargo el v. 4 emplea el verbo hablar y expresarse. Estos dos verbos tienen la acepción de hablar claro, sin encubiertos y para todos, tal como lo hace Pedro en Hch 2, 14. También es de notar que cuando Lucas escribe este texto, la mayoría de habitantes del imperio romano, en esta época, tenían conocimientos básicos de los tres idiomas del imperio: latín, griego y hebreo.

Lo que se narra aquí es cercano a lo que se dice en 1Cor 14, 21, citando a Is 28, 11-12, relacionado con la predicación cristiana. En este caso, lo que el Espíritu Santo pone en la boca de los discípulos, es la proclamación del evangelio, algo que se miraba el domingo anterior: “Vayan, pues y hagan discípulos a todas las gentes…y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28, 19-20). Este hablar en lenguas corresponde a “proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hch 2, 11), obradas por Dios en Jesús de Nazaret.

La capacidad de entenderse (Hch 2, 6.11) es sugerente. Se trata también del lenguaje de Jesús, el de su amor que se la juega a todas por los otros, que ora incesantemente, que perdona y se pone al servicio de todos. No hay que perder de vista que el don del Espíritu es el amor de Dios. Lo que aquí comienza como “lengua” o “comunicación”, generará el mayor espacio de comunicación profunda que hay: la comunidad cristiana. Su motor es el amor. Por ello la única lengua cristiana es la práctica del amor de Jesús. Esta lengua es la que deben entender todos los pueblos.

Mons. Romero hablando de esta Iglesia en pentecostés decía: “¡Hacia la unidad! No nos dividamos. Si yo no comprendo al otro cristiano, respételo, porque él, si de veras ama a la Iglesia, está sirviendo a la unidad que yo también sirvo desde mi perspectiva con tal que sea sincero mi amor a la Iglesia y no sea criticarla porque no se acomoda a mis caprichos”.

c) Jn 20, 19-23

El relato se ubica en el contexto de Jn 20, 19-31. Este continua la narración del día de pascua (Jn 20, 1-9) y complementa la secuencia de testimonios de la resurrección que María Magdalena inició en Jn 20, 1.18.

La secuencia sería: Aparición a María Magdalena (20, 16); ella anuncia a los discípulos “he visto al Señor” (20, 18); aparición a los discípulos (20, 19); estos anuncian a Tomás “hemos visto al Señor” (20, 24); aparición a Tomás quien estaba con los discípulos (20, 26); y, confesión de fe de Tomás: “Señor mío y Dios mío” (20, 28).

El relato tiene tres partes: a) encuentro del Resucitado con sus discípulos (20, 19-23). El contexto de la comunidad es de puertas cerradas y miedo (20, 19). Cuando los discípulos ven al Señor (20, 20), este contexto da “paso” a la alegría. En esta parte se cumple la promesa más repetida de Jesús en su despedida: el don del Espíritu Santo. La expresión utilizada en 20, 22 evoca a Gn 2, 7. Para Juan, el Espíritu de Jesús es primicia de su resurrección. Ahora los discípulos son continuadores de su obra, gracias a su mismo Espíritu. Muy unidos al Espíritu aparecen dos regalos más del Resucitado: La paz en la comunidad (vv.19.21.28) y el perdón comunitario (v. 23).

b) Encuentro del Resucitado con Tomás (20, 24-29). Este discípulo no cree si no ve y si no mete el dedo en el agujero de los clavos (20, 25). En el encuentro con Jesús (v. 28), su aparente incredulidad da “paso” a su confesión de fe “Señor mío y Dios mío”. En estas dos partes, el encuentro con Jesús provoca cambio de la realidad, es decir, pascua, “paso”: del miedo a la alegría y de la duda necesaria a la confesión de fe en Jesús, dos maneras concretas de resucitar al Resucitado. Asimismo, estas aparecen unidas por el saludo de Jesús: “la paz con ustedes”. La paz en la comunidad es otra forma histórica de resucitar a Jesús. La paz es regalo del Resucitado, pero le toca recibirla y hacerla real a la comunidad. Este regalo refiere también a las promesas de Jesús en el momento de su despedida: “…les dejo mi paz…me verán de nuevo y se alegrara el corazón de ustedes” (Jn 14, 27; 16, 22).

c) Conclusión del evangelio (20, 30-31), similar a la de 21, 24-25. Esta es obra de la comunidad joánica, quien aclara que este evangelio se ha escrito para suscitar la fe en aquellos que no han visto al Jesús real, como nosotros. Su redacción establece el “paso” de lo visto a lo creído y de estos a lo escrito.

  1. Sugerencias para la homilía

“Al atardecer… estaban los discípulos con las puertas bien cerradas por medio a los judíos” (v.19a). Este es el contexto de la comunidad de Juan, previo a recibir el Espíritu del Resucitado. La Iglesia con las puertas cerradas no es profética. La causa fundamental: sus miembros han cerrado el corazón a la acción del Espíritu. Los miedos de toda clase le han llevado a ello.

“Se colocó en medio de ellos y les dice: La paz con ustedes” (v. 19b). Si el versículo anterior ha expuesto cuál es el problema, este ofrece a la Iglesia un horizonte: Dejar que Cristo se coloque en medio de ella. El eclesiocentrismo exacerbado ha hecho mucho daño. La Iglesia no es el centro de ella misma, sino Jesús; y, con Jesús, los pobres, la fraternidad, las personas en su diversidad.

“Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos” (vv. 22b-23). Al final de su evangelio Juan describe esta escena que hace memoria de Gen 2, 7: “Dios modeló al ser humano con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el ser humano se convirtió en un ser vivo”. Este es el gesto que Jesús hace: Infunde a su Iglesia su Espíritu, la recrea. El Espíritu de Jesús es la vida de la Iglesia. Sin este Espíritu, la Iglesia es una comunidad incapaz de transmitir esperanza, consuelo, perdón. “¡Ven, Espíritu de Jesús!”. Ven a esta Iglesia dividida, miedosa y encerrada. Ven a esta Iglesia pecadora y frágil.

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