San Juan 6. 24-35

Pbro. Jorge Fuentes
El texto se contextualiza dentro del discurso de Jesús en sinagoga de Cafarnaúm (6, 22-59). Su estructura literaria es la siguiente: a) transición (v.24); b) primer diálogo (vv. 25-29); c) segundo diálogo (vv. 30-33); y, d) petición y declaración de Jesús (vv.34-35). El v. 24 constituye la transición narrativa. Esta presenta a la multitud, quien al constatar la ausencia de Jesús y de los discípulos, se pone en camino hacia Cafarnaúm en busca de Jesús. En el primer diálogo la multitud ha encontrado a Jesús y le hacen la primera pregunta, ¿cuándo has llegado aquí? (v.25).
Esta cuestionante se propone clarificar el enigma suscitado por la desaparición de Jesús. Él responde con una fórmula de revelación, “en verdad, en verdad les digo”, (v.26), con algo que la gente no le ha preguntado, pero que desvela el motivo que la anima. La búsqueda de la multitud se basa en un error. Esta no ha percibido el significado del pan abundante, como un acto que le habría permitido descubrir la identidad de Jesús y creer en él. Lo ha considerado simplemente como la ocasión oportunista para saciarse.
En el v. 27, Jesús encauza, mediante una exhortación, la búsqueda de la multitud. Él la invita a no escoger el “hacer” el alimento perecedero, que se agota en la realidad inmediata, sino el “hacer” el alimento que permanece, que abre a la vida verdadera. Esta lo dará el Hijo del hombre en la cruz. Este pan que perdura para la vida eterna es voluntad del Padre. Él lo ha marcado con su sello. Jesús es pan de vida eterna en la entrega que hace a su Padre en la cruz.
En el v. 28, la multitud plantea una segunda pregunta, ¿qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Esta ha comprendido, con razón, que “el pan que permanece para vida eterna” remite a la actuación de Dios. Pero se equivoca acerca del comportamiento que debe adoptar. No capta que el pan que confiere la vida eterna es un don: Jesús. La respuesta de Jesús en el v.29 aporta la corrección esperada: la obra que Dios espera no es un “hacer”, sino un “creer”. Creer en su Enviado. No se trata de una prestación que cumplir, sino de la aceptación de un don.
La multitud confrontada con la llamada de Jesús (v.29), reorienta, en el segundo diálogo su argumentación (v.30). La tercera pregunta, ¿qué señal haces para que viéndola creamos en ti?, ya no busca qué tiene ella que hacer, sino qué debe hacer Jesús, qué signo debe realizar para legitimar tal pretensión. La petición contradice la coherencia del relato, porque Jesús ya realizó signos (6, 1-15), y a su vez, la multitud busca someter la actuación divina a sus propios criterios.
La multitud no se queda ahí. Apoya su petición en la experiencia fundante que está en el centro de su historia: el don del maná en el desierto (v.31). La multitud evoca el don hecho a sus antepasados cuando esta acaba de ser saciada (6, 11) y ha querido hacer de Jesús su rey (6, 15). La tradición textual sobre este acontecimiento es diversa: Sal 77, 24; Ex 16, 4.15; Neh 9, 15. Pero, la multitud, apelando al acontecer fundante de la liberación, busca entender y evaluar la legitimidad de Jesús. La actuación de Jesús adquiere realización a la luz de este acontecimiento.
1La respuesta de Jesús (v.32), en fórmula de revelación, reelabora la relación entre el signo del pan abundante y el del maná. Sostiene que quien da el pan es Dios, no Moisés; el don del pan no es cuestión del pasado, sino que sucede ahora; el pan del que habla Jesús es el “pan verdadero (venido) del cielo”; y, los destinatarios del pan no es Israel en el pasado, sino la multitud misma. La respuesta de Jesús es clara: a la multitud que pide un signo, él le responde que ya ha recibido uno. Pero, Dios se muestra libre en su actuar, que no es una mera repetición del pasado.
El v. 33 fundamenta la afirmación anterior definiendo lo que es el “pan (venido) del cielo”, para mostrar en qué sentido es verdadero, lo hace modificando el v.32. Ya no se trata del “pan venido del cielo”, sino del “pan de Dios”. Este “pan de Dios” es definido mediante dos predicados: “el que baja del cielo”; y, “da la vida al mundo”. Ambos calificativos son aplicados a Jesús, quien es el pan de Dios aquí y ahora. El pan que baja del cielo y la venida de Jesús son un mismo y único acontecimiento. Sin embargo, la apertura a este misterio se hace mediante el creer en Jesús. Tal acontecer es vida del mundo y también de Israel. Así, el pan está asociado a la vida que viene de Dios.
La petición de la multitud y declaración de Jesús (vv. 34-35) pone en marcha el tercer diálogo. En el v. 34 la multitud llama a Jesús “Señor”, en señal de respeto. Pero la petición que sigue, “danos siempre de ese pan”, subraya que esta vida en plenitud escapa al poder del ser humano y no puede sino ser recibida. Esta multitud se equivoca al imaginar que la multiplicación de un bien material puede procurarle una vida en plenitud. La multitud no ha logrado la identificación entre el donante y el don.
La declaración de Jesús da ese paso: su persona y el pan de vida forman una única y misma realidad (v.35). Esta declaración: “yo soy el pan de vida, el que venga a mí, no tendrá hambre y el que crea en mí, nunca tendrá sed”, constituye el culmen del diálogo. Jesús se identifica con el pan de vida. La vida ya no depende de la adquisición de un bien material, sino del encuentro personal con el humano Jesús.
Preguntas para la reflexión: ¿Qué quiere decir hoy el signo del hambre? ¿Qué quiere decir hoy el signo del pan? ¿Qué quiere decir hoy la declaración: “Yo soy el pan de vida”? Mons. Romero dijo: “Hambre, signo de opresión y de la muerte”. “Pan signo de la liberación y de la vida”. Cristo, el verdadero pan de la vida”1
. ¿Y usted qué dice?
