Decimo Primer Domigo del Tiempo Ordinario

Pbro. Jorge Fuentes

En el pasaje evangélico que la liturgia nos presenta este domingo (Mc 4, 26-34), Jesús instruye a la multitud y a sus discípulos sobre el Reino Dios. San Marcos hace notar que a la multitud Jesús les exponía su mensaje en parábolas, de acuerdo con lo que ellos podían comprender; en cambio, a sus discípulos les explicaba todo en privado. En esta línea, es importante señalar que, en el evangelio de Marcos, los discípulos, especialmente los Doce, reciben una instrucción particular del Maestro. A pesar de ello, el evangelista insiste también en que, en muchas ocasiones, también los discípulos no logran captar el sentido de las palabras de Jesús. De hecho, el Señor sabe que su mensaje no puede ser comprendido en su totalidad, porque él habla del misterio del misterio del Reino de Dios. Y, como sabemos, un m “misterio” es una realidad que la razón humana solo puede entender parcialmente, no en su totalidad. Decía santo Tomás de Aquino que ni quisiera en la visión beatífica podrá el hombre abarcar el misterio de Dios. Por eso Jesús, al recurrir al lenguaje parabólico para hablar del misterio del Reino de Dios, asume que se trata de una realidad a la que solo nos podemos aproximar a través de comparaciones. Dicho esto, debemos rechazar la actitud fidelista que consiste en renunciar al esfuerzo de comprender, aunque sea parcialmente, los misterios de nuestra fe. En efecto, la teología, tal como la definió san Anselmo, consiste en el intento de la inteligencia de entender la fe. Sin embargo, según Karl Rahner, la misma teología no debe pretender, de manera arrogante, explicar los misterios de la fe, sino más bien de conformarse en conducir al hombre hasta el umbral del misterio mismo de Dios, donde ya no se comprende, sino que se adora.
Según la lógica de lo que acabamos de decir, en el evangelio de este domingo Jesús trata de explicar el misterio del Reino de Dios recurriendo a dos breves parábolas: la de la semilla que crece por sí sola, sin que el hombre sepa cómo, y la del granito de mostaza. En relación con el mensaje de estas parábolas, hay que destacar, ante todo, que la semilla es portadora de vida, una vida que permanece silenciosa e invisible ante nuestros ojos. Según la primera parábola, el rol del sembrador se limita a esparcir la semilla en el campo. Luego, la semilla crece lenta, pero indefectiblemente Por otra parte, el grano de mostaza, a pesar de ser la más pequeña de las semillas de la tierra, da como fruto un arbusto en cuyas ramas pueden anidar los pajarillos del cielo En la primera parábola se destaca además el misterioso protagonismo de Dios en el crecimiento del Reino en la historia: la semilla crece sin que el hombre sepa cómo.
Estas dos parábolas evocan, además, el estado glorioso del Reino (los frutos abundantes de la semilla, las grandes ramas del arbusto de mostaza), que sucederá al estado actual de humildad, de sencillez, de silencio y de pequeñez, representados en la semilla y en el granito de mostaza. De esta manera, las dos parábolas citadas nos enseñan que no es a fuerza de grandes discursos o de grandes fórmulas teológicas o dogmáticas que vamos a instaurar el Reino de Dios en el mundo o en el corazón de los hombres. También nos enseñan que no somos nosotros los que indicamos la ruta, la dirección a seguir, el trayecto a recorrer o el tiempo necesario para la tarea de la instauración del Reino de Dios en la historia. A este propósito, el mensaje del evangelio de este domingo es muy claro: Dios siempre está a laobra; todo germina gracias a él y por él. No hay crecimiento del Reino sin la intervención de Dios.
Como siempre, el evangelio nos comunica una buena noticia. Este domingo, Jesús nos recuerda, a través de dos breves parábolas, que aquello que comienza muchas veces en la sencillez, la humildad y la pequeñez, da mucho fruto. Este mensaje debe infundirnos mucha esperanza acerca del futuro de la Iglesia y de la misma humanidad. En este momento crítico de la historia en el que a veces tenemos la impresión de que el mal triunfa sobre el bien, el evangelio nos recuerda que el crecimiento del Reino no se detiene en la historia. Que, aunque parezca que estamos abocados irremediablemente a la destrucción y a la muerte, para nosotros el futuro significa salvación. Lo que ocurre en nuestro mundo es que el abandono de Dios de mucha gente ha llevado a la humanidad a un pesimismo radical. Entonces, a esta humanidad, hundida en el pesimismo y en la desesperanza, debemos anunciarles la buena noticia del Reino de Dios. De ahí que la misión urgente de la Iglesia en estos momentos críticos que vivimos es la de dar a nuestros contemporáneos y a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.

Entradas relacionadas