
Han pasado ya dos años desde aquel 8 de junio día en que de nuestro estimado hermano, amigo y maestro, el Padre Luis Alonso Coto hizo su pascua. Con motivo de ese aniversario me atrevo a traducir la relación que la Revue Théologique de Louvain [36/2, (2005) pp. 285288] publicó como reseña sobre la tesis doctoral que el padre Luis escribió y defendió el 10 de febrero del 2005. Habiendo tenido como promotor de tesis al profesor Ph. Weber:
Luis Alonso Coto Flores, El laicado y la cuestión social en América Central (1970-1992). Mém. dactyl., 2 vol., XII-521 p.
La tesis busca describir los procesos de cambio y compromiso en las Iglesias católicas de Centroamérica, especialmente la conciencia eclesial de los cristianos de base, en contextos sociopolíticos y eclesiales altamente complejos y cambiantes. Tradicionalmente, en Centroamérica, la Iglesia y particularmente su jerarquía han vivido en armonía con las clases dominantes. Esta relación, herencia de la historia del continente, es también coherente con una cierta concepción de la religión como autoridad legitimadora de los poderes dominantes vigentes.
A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, las iglesias de Centroamérica adoptaron la ideología desarrollista, promoviendo el desarrollo de escuelas y centros de formación. El objetivo era promover el progreso y un estrecho vínculo entre la evangelización y el progreso social e individual. Esperan que la Iglesia santifique el «misterio del orden social».
El Concilio Vaticano II sacudió estas certezas y puso en tela de juicio una «paz constantiniana» que beneficiaba a los regímenes autoritarios que decían defender los «valores del Occidente cristiano». Fue una época de renovación pastoral, pues las encíclicas sociales de Juan XXIII y Pablo VI arrojaron nueva luz sobre los problemas socioeconómicos contemporáneos.
El despertar teológico, espiritual y social de la Iglesia está teniendo un profundo efecto en América Latina, particularmente en el istmo centroamericano. La semilla de la renovación ha caído en terreno fértil: una Centroamérica en pleno cambio social que, en los años setenta y ochenta, se enfrentó a una grave crisis social, a una violenta represión y a guerras revolucionarias.
A raíz del Concilio Vaticano II, las Iglesias católicas de América Central se propusieron responder a las exigencias del mundo actual, teniendo en cuenta el destino de «todos los hombres y de todo el hombre». La Iglesia realiza así nuevas opciones que la acercan al «pueblo de Dios» y la incitan a comprometerse en la promoción y la formación del laicado: pastoral especializada, movimientos de Acción Católica, pastoral de conjunto, creación de centros de formación y de «comunidades eclesiales de base» (CEB), son los medios elegidos para manifestar la «opción preferencial por los pobres».
Esta opción esencial responde a las nuevas prioridades y a la formación sistemática de un laicado más activo y más consciente de su papel en la Iglesia y en la sociedad. Las grandes asambleas de obispos de Medellín (Colombia, 1968), Puebla (México, 1979) y Santo Domingo (República Dominicana, 1992) contribuyeron de manera importante al proceso de renovación iniciado por el Vaticano II.Las experiencias vividas por los laicos de la base contribuyen a acercar la Iglesia a los fieles, al tiempo que suplen la escasez de sacerdotes. En Centroamérica, son alentadas por el clero progresista y por la «teología de la liberación». Estas experiencias cristianas de base condujeron a una «concienciación» de los participantes, ya fueran campesinos, obreros, indígenas, estudiantes, etc.
Se hizo un esfuerzo de concienciación de las masas a través de los delegados de la Palabra, laicos formados a través de cursos de pastoral y evangelización, para que denunciaran las «estructuras de pecado». La organización y el compromiso de los laicos, animados por los delegados de la Palabra, reflejan una concepción de la fe marcada por nuevas orientaciones pastorales.
¿Qué modelo de Iglesia sustentaba estos experimentos? De hecho, se trataba de poner en práctica una «nueva forma de ser Iglesia», que no excluía el conflicto. El conflicto se desarrolló tanto en el seno de la propia Iglesia como con los poderes fácticos. Muchos laicos se convertirían más tarde en los pilares de esta nueva orientación a través de su participación en organizaciones populares y, en ocasiones, en luchas armadas en la región.
En este contexto, hubo que plantearse la cuestión de la relación entre fe y política, entre fe y conflicto social, en definitiva, entre fe y vida. Las Iglesias, y en particular sus jerarquías, intentaron responder a esta situación tan particular con cartas pastorales, planes pastorales o incluso, cuando el conflicto se agudizó, con medidas disciplinarias.
En la problemática social y eclesial de Centroamérica subyace un modelo de Iglesia en crisis. De ahí la necesidad de proponer, o incluso buscar, una forma original de «ser Iglesia» que pueda responder a la situación específica de una región que también ha sido golpeada por guerras, inundaciones y terremotos mortíferos.
Hasta aquí la reseña publicada por la revista lovaniense. En estos párrafos vemos plasmado el profundo interés en torno a la identidad y misión de los laicos que latía en el corazón del padre Coto. Su método teológico parece acercarse al de la “hermenéutica teológica de la historia”. Ese método ya lo comenzó a desarrollar en su tesis de Master hecha también en Lovaina que llevaba el título: “El magisterio de los obispos de la Iglesia de San Salvador (1938-1994): incidencia y aplicación pastoral”. Laicos, pastoral e historia, fueron los ejes de su producción teológica y de su compromiso eclesial.
“La zarza debe seguir ardiendo”, estimado padre Luis. Parafraseando al padre Jon Sobrino, refiriéndose a sus hermanos jesuitas que habían fallecido poco días antes, yo me atrevo a decir: “Descansa en paz, estimado padre Luis, que tu paz nos transmita a los vivos esperanza y que tu recuerdo no nos deje descansar en paz”.
P. Ramón Obdulio Lara Palma Lovaina (Bélgica)
