LOS 104 AÑOS DEL NATALICIO DE SAN ROMERO

Por: Pbro. Lucio Reyes

El 15 de agosto de 1917 en un pueblo pobre y excluido del norte de El Salvador, Ciudad Barrios, nació Oscar Arnulfo Romero, en un contexto de crisis económica por los efectos de la Primera Guerra Mundial y por las medidas represivas de la dictadura de los Meléndez Quiñónez. La fragilidad de su salud en sus primeros años de vida, los problemas económicos y familiares que vivieron, no fueron obstáculos para que Dios moldeara al futuro profeta de El Salvador.

Al contrario, la vivencia de la exclusión, de la pobreza, de las injusticias por parte de los grupos de poder, le sirvió para encarnar su ministerio y asumir con pasión y radicalidad la opción preferencial por los pobres, así lo manifestó en un diálogo con el provincial de los Jesuitas en Roma en abril de 1977:

“ Es que uno tiene raíces…yo nací en una familia muy pobre. Yo he aguantado hambre, sé lo que es trabajar desde cipote… Cuando me voy al Seminario y le entro a mis  estudios y me mandan a terminarlos aquí en Roma, paso años y años metido entre libros y me voy olvidando de mis orígenes.

Me fui haciendo otro mundo. Después, regreso a El Salvador y me dan la responsabilidad de secretario del obispo de San Miguel. Veintitrés años de párroco allá, también muy sumido entre papeles. Y cuando ya me traen a San Salvador de obispo auxiliar, ¡caigo en manos del Opus Dei! Y ahí quedo… Me mandan después a Santiago de María y allí sí me vuelvo a topar con la miseria. Con aquellos niños que se morían nomás por e lagua que bebían, con aquellos campesinos mal matados en las cortas, ya sabe padre, carbón que ha sido brasa, con nada que sople prende. Y no fue poco lo que nos pasó al llegar al Arzobispado, lo del padre Grande. Usted sabe que mucho lo apreciaba yo. Cuando yo lo miré a Rutilio muerto, pensé: si lo mataron por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino… cambié, sí, pero también es que volví de regreso”  (Maier, 2010, págs. 103-104).

Monseñor Romero, instauró un estilo de ser pastor y de ser Iglesia, al estilo de Jesucristo en El Salvador y América Latina, pastores que dan la vida por sus ovejas, que se vuelven voz de los que no tienen voz y que se ponen en defensa de los derechos de las personas en condición de vulnerabilidad, en contraposición de los pastores mercenarios, que trabajan por sus intereses económicos y que despojan a los pobres con el negocio de la religión.

Venerar la figura de San Romero es un gran compromiso con nuestra conciencia y con el estilo de pastor e Iglesia que nos dejó, comprometido con las luchas y las causas justas de los pobres y oprimidos, por lo tanto, utilizar la figura de Romero, para fines económicos o de publicidad es una ofensa a su persona y ministerio, a los pobres que son el sacramento de Cristo en la historia.

Que San Romero sea el faro que ilumine nuestro ministerio pastoral en este sufrido y querido El Salvador.

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