Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 16, 13-20

El episodio tiene dos partes. En la primera, Pedro confiesa la auténtica identidad de Jesús (vv. 13-16). En la segunda es Jesús quien revela la identidad de Pedro y le encarga una misión (vv. 17-19). El texto finaliza con una orden de guardar silencio (v. 20).

La escena se desarrolla en el camino hacia la región de Cesárea de Filipo, ciudad situada al norte del lago de Galilea, asignada al César, fuera del territorio israelita. El nombre de la ciudad, en su sentido original, indicaba que el texto entrañaba polémica imperial: Jesús es el auténtico hijo de Dios, no el emperador, quien también era designado con este mismo título.

Jesús plantea a los que van con él dos preguntas. La primera de ellas va dirigida a conocer la opinión de la gente sobre su persona, en cuanto Hijo del hombre (v.13). La gente que ha presenciado sus signos y ha escuchado sus enseñanzas sólo afirma que él es Juan Bautista, Elías, Jeremías y uno de los profetas (v. 14). Las cuatro respuestas sitúan a Jesús en la tradición profética. Pero Jesús es más que un profeta (Mt 3, 17)

La segunda pregunta es directamente al grupo de los discípulos (v.15). La interrogante es enfática y personal. Jesús quería saber quién era él para ellos. Pedro es el único que responde (v. 16): “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esta respuesta, distinta a la que se encuentra en Mc 8,29 y Lc 9,20, enfatiza la autoridad de Jesús. El título “Hijo de Dios” subraya la vinculación filial de Jesús a su Padre y su obediencia radical a él. Mientras que la expresión “Dios vivo” constituye la experiencia que el AT tiene de Dios: Él es el Dios de la vida. Jesús sólo puede ser confesado bajo esta imagen de Dios.

La reacción de Jesús ante la respuesta de Pedro constituye la segunda parte del pasaje y no tiene paralelos en los otros sinópticos. En ella, la fe proclamada por el discípulo es modelo para toda la Iglesia. Consta de tres elementos: una bienaventuranza, una promesa y un encargo. El versículo 17 contiene la bienaventuranza. Simón es felicitado por profesar abiertamente la fe de Jesús: “él es el Hijo de Dios”. No obstante, queda claro que ello no es mérito suyo, sino que procede de una inspiración del Padre (ver Mt 11,25-27). De hecho, el evangelista no ocultará las dificultades de Pedro para aceptar las consecuencias de la fe que él mismo ha confesado (Mt 14,28-31; 16,21-23).

El versículo 18 tiene forma de promesa y por eso está redactado en futuro. Haciendo un juego de palabras con el sobrenombre de Simón, Jesús utiliza la imagen de la construcción, bien conocida en el Antiguo Testamento (Is 28,16; Sal 118,22). La fe de Pedro es la piedra sobre la que el Señor desea edificar su Iglesia. La fe profesada por el apóstol, no su persona, será el fundamento sobre el que se asentará el nuevo pueblo de Dios que Jesús quiere reunir.

La Iglesia que Jesús desea edificar es la “suya”, no la de Pedro. Jesús es el fundamento de esta iglesia, puesto que él es el que la convoca. Dicha Iglesia está abocada a vivir en conflicto y bajo amenaza de los imperios. Pero ella sobrevivirá a la hostilidad de los poderes políticos del mundo (“las puertas del abismo”), puesto que él es el que está en medio de ella (“no podrán vencerla”).

El versículo 19 especifica un poco más la nueva misión que le espera a Pedro. Él será el modelo de discípulo, el siervo fiel al que su Señor confiará las llaves del Reino (Is 22,20-22). Junto con “las llaves” se le regala la autoridad de “atar y desatar”. En el vocabulario típico de los rabinos de aquella época, esta expresión significaba la posibilidad de dictar normas y establecer lo que estaba permitido o no. Se trata, en definitiva, de la potestad de actualizar el sentido de la ley para adaptarlo a las nuevas circunstancias. Los escribas y fariseos habían abusado de esa misma autoridad, pues con su legalismo exagerado cerraban las puertas del Reino a quienes deseaban entrar en él (Mt 23,13). Jesús desea que su comunidad no cierre puertas, sino que tenga llaves.

En la comunidad de Mateo, esta autoridad pertenece a Jesús resucitado (Ap 3,7). El discípulo lo ejerce como un siervo obediente a la voluntad de su Señor, según las circunstancias históricas. Pedro recibe, a lo largo del evangelio, de parte de Jesús numerosas instrucciones particulares sobre cuestiones diversas (Mt 15,15; 17,24-27; 18,21).

Es fácil intuir la importancia de este texto en los orígenes cristianos. Cuando se institucionalizó el movimiento de Jesús, este sintió necesidad de un punto de referencia autorizado para saber si lo que hacía estaba o no de acuerdo con lo que Jesús quería de ella. Así lo entendió la comunidad de Mateo, que se consideraba a sí misma heredera de la tradición petrina, y en la que había quienes ejercían un ministerio de este tipo (Mt 18,15-18).

La tradición católica ha entendido este pasaje como fundamento del ministerio de Pedro, que se trasmite a sus legítimos sucesores, y ha visto en él el fundamento del primado del Papa sobre la Iglesia universal. Sin embargo, el análisis del texto indica que Jesús no funda la Iglesia. El texto, en su sentido original, indica que la Iglesia se funda en Jesús, esta es su Iglesia, ella se entiende convocada por él y él permanece en medio de ella, mediante el comportamiento de sus miembros, que reproduce lo que él les enseñó.

Mons. Romero dijo: “Todos, desde el Papa hasta el último catequista rural, no somos más que los peones, los trabajadores que colaboramos bajo el único Constructor. Sobre esta piedra que eres tú, voy a construir yo mi Iglesia. No es tu Iglesia, no es la Iglesia del gusto de los hombres, es mi Iglesia[1].


[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, tomo III, 27 de agosto de 1978, San Salvador 2005, 198

Entradas relacionadas