
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Lc 9, 51-62
El texto se ubica en la sección de Lc 9, 51 – 13, 21. Esta tiene dos unidades. En la primera (9, 51 – 11, 13), Jesús instruye a los discípulos sobre el camino a Jerusalén, enviándoles en una experiencia misionera positiva. La comunidad del texto busca en Jesús el precedente de la evangelización en el territorio adverso de Samaria, por el que, paradójicamente, empezó la misión tras la pascua (Hch 8). Y en la segunda unidad (11, 14 – 13, 21), la enseñanza tiene en cuenta las dificultades encontradas en el camino.
El texto de 9, 51-62 marca un giro solemne en el evangelio de Lucas. Jesús inicia su camino a Jerusalén, por su propia voluntad. Siguen unos incidentes de hostilidad de los samaritanos (9, 52-55); y, una serie de relatos de seguimiento (9, 56-62), que constituyen un volver a los orígenes itinerantes y desinstalados de la tradición de Jesús.
El v. 51 es fundamental en la estructura del evangelio de Lucas. Lo divide en dos partes principales: la actividad en Galilea y el camino hacia Jerusalén. La importancia teológica de Jerusalén quedó establecida en los relatos de la infancia, se sugirió en las tentaciones, al colocar Lucas en último lugar la del pináculo del templo y, sobre todo, en la conversación de Jesús con Moisés y Elías a propósito de su partida desde la ciudad santa.
A esa partida se hace referencia de forma misteriosa: “se iban cumpliendo los días de su asunción (análepseos). Ir a Jerusalén significa subir, pero Lucas dice más: “su asunción”. El término que solo se usa aquí en todo el NT, aunque el verbo “ascender” (analambáno) lo utiliza Lucas en Hch 1, 2. 11. 22 para referirse a la subida de Jesús al cielo. Dicho de este modo, parece tratarse exclusivamente de su triunfo; pero esa victoria requiere pasar por el sufrimiento y la muerte violenta. Por eso, dirigirse a Jerusalén supone jugarse la vida, y requiere una firme decisión, que el texto original griego expresa con palabras llamativas “endureció su rostro para ir a Jerusalén”.
Jesús realizó el camino a Jerusalén, no a través de la Transjordania o Perea[1], sino por Samaria (v.52), la región cismática que los judíos normalmente evitaban. Pero el dinero es el dinero. Y los samaritanos actuaban del modo siguiente: a los galileos que atravesaban su territorio camino de Jerusalén no les vendían nada; peor en el viaje de vuelta a Galilea ya no había problema en venderles lo que necesitaran, pagándolo adecuadamente.
En efecto, los samaritanos no están dispuestos a recibirlos “porque iban a Jerusalén” (v.53). Pero Santiago y Juan, los “atronadores”, le propusieron vengarse haciendo que caiga un rayo del cielo y los consuma (v.54). Esta reacción aparentemente desproporcionada y extraña, se comprende recordando una tradición del profeta Elías (2Re 1, 7-18). Una vez, el rey de Israel mandó un capitán con cincuenta soldados para que le dijese: “Profeta, el rey te manda que vayas a verlo”. Elías respondió: “Si soy profeta, que caiga un rayo y te mate a ti con tus hombres”. Y así ocurrió. El rey repite la orden con otro capitán y otros cincuenta soldados, que quedan chamuscados como los primeros. En el tercer intento, el capitán no ordena nada; se arrodilla ante el profeta y le suplica que perdone su vida y la de sus acompañantes. Elías accede y va a visitar al rey. La moraleja es que el profeta merece el máximo respeto; y, quien no lo respete merece que lo mate un rayo caído del cielo. Así piensan Santiago y Juan. Jesús el gran profeta, merece todo respeto; si los samaritanos no lo reciben, que caiga un rayo y los parta.
Pero Jesús descarta esta postura y los recrimina (v.55). Jesús, que supera a Elías en poder, lo supera también en bondad y ve las cosas de manera muy distinta. Lucas termina diciendo: “Él se volvió y les regañó”. ¿Cómo los regañó? ¿Qué les dijo? No lo dice el texto. Algunos textos posteriores ponen en boca de Jesús estas palabras: “No saben a qué espíritu pertenecen”; a veces incluso añaden “porque el Hijo del hombre no ha venido a condenar sino a salvar”. El texto continúa diciendo que se marcharon a otra aldea. Caminar es el lugar teológico de Jesús para enseñar sobre su seguimiento.
Al rechazo de los samaritanos se contraponen tres casos de seguimiento: el primero se ofrece incondicionalmente a seguir a Jesús; el segundo es invitado a hacerlo; el tercero se ofrece con condiciones. Los dos primeros están tomados de Q; el tercero es exclusivo de Lucas (vv. 57-62)[2].
El v. 57 describe un voluntario que quiere seguir a Jesús, en un futuro (“te seguiré”). Hasta aquí, en los casos que Lucas ha presentado sobre seguimiento, fue Jesús quien tomó la iniciativa de llamar a Simón y sus compañeros (Lc 5, 10-11) y a Leví (Lc 5, 27). Ahora es un personaje anónimo quien se ofrece sin poner condición de ningún tipo. Seguirlo adondequiera que vaya implica renunciar a la familia, la vivienda y las posesiones. Jesús le responde exponiendo la radicalidad que supone este seguimiento, indicándole que deberá imitar su vida dura y de pobreza. No imagine que el seguimiento será fácil y coronado por el éxito humano (v.58). El discípulo no tiene donde reclinar su cabeza, la incomodidad será su pan de cada día.
En los vv. 59-60, Jesús dice a otro, en presente y en imperativo: “sígueme”. El invitado no entiende el mandato. Jesús le indica romper con el modelo de familia patriarcal y le ordena anunciar urgentemente el reino de Dios. El discipulado con Jesús pasa incluso por delante de las relaciones familiares.
Y, los vv. 61-62, el último voluntario dice seguir a Jesús, en futuro (“te seguiré”). Este le pide primero, arreglar asuntos de casa. Jesús le responde con un dicho sapiencial, cuya idea central es: el que mira hacia atrás, hacia el trabajo ya hecho, y no hacia adelante y a lo que queda por hacer, no traza bien el surco que está abriendo. No va derecho a la meta. Así la sentencia aconseja centrarse en el objetivo y reprende las lamentaciones por lo que se va quedando atrás.
Lucas no dice si estas personas siguieron a Jesús. Cuestión secundaria. Lo importante de los relatos de vocación y de seguimiento es que son relatos de “revelación” de Jesús, ayudan a conocerlo mejor: la dureza de su vida, desprovisto incluso de casa y familia. El camino hacia Jerusalén tiene este cariz.
[1] Cfr. Mc 10, 1; Mt 19, 1.
[2] Compárese con Mt 8, 18-22.
