
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 2, 1-11
La estructura del texto se puede representar así: a) la exposición (vv.1-2); b) la preparación del signo (vv.3-5); c) la descripción indirecta del signo (vv. 6-8); d) la confirmación del signo como conclusión del acontecimiento (vv. 9-10); y, e) comentario del narrador (v.11).
La exposición contextualiza el relato.
Se trata de una boda, tres días después y en Caná de Galilea. Los personajes de la narración son la madre de Jesús, y, él con sus discípulos. Más adelante se unen los sirvientes, el maestresala y el novio. La expresión “al tercer día”, en el texto hace referencia a los tres días después de haber llamado a los primeros discípulos (Jn 1, 43), sin embargo, en el AT, indica el día de la intervención de Dios en medio de su pueblo (Os 6, 2; Ex 19, 10-11. 16). La boda es el motivo, esta es el lugar de la alegría, del amor, del triunfo de la vida y en este caso de la actuación de Dios en Jesús.
La preparación del signo está dada por la falta de vino y el diálogo entre Jesús y su madre. La crisis esperada, que va a conducir al milagro, por fin estalla: el vino se ha acabado, de modo que queda comprometida la continuación de la boda. Este incidente mueve a la madre de Jesús a intervenir. Su declaración, “no tienen vino”, no es una mera constatación, sino una petición indirecta. Este ruego velado incuba un rasgo importante de la madre de Jesús en el evangelio de Juan: la absoluta confianza en su hijo. La mención de la madre de Jesús constituye una peculiaridad de Juan, quien nunca dice el nombre “María”. Asimismo, Juan no dice que Jesús es hijo de María. Únicamente habla de la madre de Jesús. El diálogo entre su madre y él plantea tanto el tema de la solicitud de la madre, quien comienza y finaliza el dialogo, como el de “mi hora”.
Este último (la hora) constituye un tema que atraviesa progresivamente el evangelio de Juan y su significado se revela en el momento de la crucifixión y muerte de Jesús, la hora de la entrega del Cordero; de la glorificación de Dios; de pasar de este mundo al Padre, entre otros. En este diálogo de Jesús con su madre se aclara que él no actúa bajo presión de nadie, ni de su madre, sino que su comportamiento sólo está dictado por Dios: la hora de su Padre. Por ello su madre pide a los sirvientes: “hagan lo que él les diga”. Esta frase completa la preparación del milagro. Con ella se expresa la confianza incondicional de la madre en su hijo. Esta confianza se concreta en una apertura serena al futuro, en la firme esperanza de que Jesús va a actuar de una forma reparadora y liberadora. Según esto, la madre encarna el rostro de la fe, un rasgo que se confirmará en la escena al pie de la cruz.
La descripción indirecta del signo desarrolla el diálogo entre Jesús y los sirvientes. Estos últimos silenciosamente se constituyen en los determinantes para que el signo se realice. Las seis tinajas tienen que ver con los ritos de purificación de los judíos, que servían de preparación para la celebración del día séptimo, el de la pascua. Por tanto, no es un mandato. En Juan el mandato (el del amor) lo realiza Jesús. 2 Cfr. Jn 19, 25-27. Las órdenes de Jesús son dos, cada una con su ejecución. Estas son: “llenen las tinajas”; y, “sáquenla ahora” y “llévenla ahora al mayordomo”, estas últimas van acompañadas del adverbio “ahora”. La primera orden de Jesús reclamando que se llenen las tinajas, y su ejecución, prepara el signo, situándolo en un primer plano (v.7). Al invitar a los sirvientes a tomar una muestra de las jarras, el v. 8 marca un salto en la narración, dado que el milagro no se describe.
El signo que contiene el milagro no se objetiva, pero el relato evidencia que este se realiza en el transcurso del cumplimiento de la segunda orden (“sáquenla ahora” y “llévenla ahora al mayordomo”). Aquí la importancia de los sirvientes, quienes realizan el mandato de Jesús. Las acciones llenar las tinajas, sacar y llevar el mejor vino, según el texto, corresponden al “ahora” del lector.
Entre los vv. 7 y 8 existe “un espacio narrativo en blanco” que posee un alcance teológico: la acción de Dios no se deja objetivar y, en consecuencia, cualquier descripción directa del milagro sería inadecuada. El (“sáquenlo”) “ahora” tiene un acusado sentido escatológico actual, que designa la hora del actuar divino. La confirmación del signo desarrolla el diálogo entre el maestresala y el novio, que en este caso ahora es Jesús, puesto que él es quien ha aportado el vino, el mejor. El maestresala constata el cambio del agua, que era para purificación, ahora es el mejor vino. El signo es real, tiene sabor, del mejor. Este vino está servido al final, costumbre contraria al judaísmo de las purificaciones, que lo servía al inicio. Dios es inesperado, no es costumbre. Este Dios sólo lo saben los sirvientes, mientras el maestresala sólo lo saborea, pero no lo sabe.
El relato termina con el comentario del narrador (v.11). El milagro se califica como signo (semêíon). Al emplear este vocablo, el texto, implícito, plantea un enfoque hermenéutico: indica que el milagro no es un acontecimiento que se basta a sí mismo, sino que remite a otra realidad. La sobreabundancia del vino remite a la “gloria” de Jesús (doxa autoû), o sea, de la presencia de Dios en él. El auténtico milagro es que, en la persona de Jesús, el Padre se ha hecho visible y accesible. El comentario del narrador engancha al relato con la totalidad de la obra y sintetiza la actividad del Jesús joánico, puesto que, por una parte, se trata del principio de los signos de Jesús. El primero de una serie, y, por otra, este signo constituye el principio fundante que espera su cumplimiento en la cruz (v.4).
El v.11b señala que el signo del vino abundante es un acontecimiento de revelación (“manifestó su gloria”). Primero porque, al poner en evidencia al que lo ha realizado se indica que el relato tiene un alcance cristológico. Lo que se determina así es la identidad de Jesús. Dios encarnado. Y segundo, “gloria” indica que Jesús es la presencia divina entre los seres humanos. Esta presencia es don, trae alegría y sobreabundancia. Tal presencia está situada ya en el horizonte de “la hora que todavía no ha llegado”, la hora de la cruz. La última finalidad del signo es que los discípulos crean en Jesús. El signo tiene como objeto el principio y el fundamento del acontecimiento de revelación. Frente a la revelación de la gloria de Jesús, se pone a los discípulos en situación de creer en verdad.
