Comenta el Pbro. Manuel Acosta

- Anotaciones al texto
El texto se desarrolla dentro de las controversias de Jesús con los representantes de la élite religiosa del templo de Jerusalén. Esta vez es con los fariseos, quienes preguntaban a Jesús sobre el mandamiento mayor de la Ley. Ellos hacen esto, después de enterarse que Jesús había callado a los saduceos en Mt 22, 23-33.
El relato comienza con una transición (v.34), que menciona el episodio anterior y anuncia el seguirá después en el v. 41. Dicha transición formula que cuando los fariseos oyeron que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo. El silencio de los saduceos (22, 33) no es que no hayan dicho nada: es que la enseñanza de Jesús los ha dejado sin respuesta. La atención se dirige ahora a los aliados, los fariseos, a los que Jesús derrotó con su enseñanza en Mt 21, 45. Estos le tendieron una trampa. El verbo reunirse recalca la oposición planificada de dichos grupos a Jesús y con ello definir la estratagema contra él.
El diálogo propiamente dicho consta de la exposición (v. 35), la pregunta (v. 36). El v. 35 describe a un representante de los fariseos preguntando, maliciosamente, a Jesús para ponerlo a prueba. La pregunta del v.36, “¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley” ?, no parece muy astuta por parte del representante, sino un esfuerzo desesperado, por tanto, necio, por poner en dificultad a Jesús, quien no tendrá dificultad alguna en responder. ¿Cómo pueden llamar a Jesús maestro, haciéndole este tipo de preguntas? Pero, la interrogante tiene importancia en el texto, puesto que genera el debate que concluye con la enseñanza de Jesús.
Los vv. 37-40 presentan la respuesta, muy larga, de Jesús. Esta expone el corazón de la Ley y los Profetas. Los vv. 37-38 citan a Dt 10, 12-13; 30, 10, y, recuerdan a Mt 6, 21-25. Los vocablos corazón, alma y mente denotan la totalidad de la existencia humana en el vivir cotidiano, que debe estar orientado a Dios. Amar a Dios es, pues, disponer la vida y vivirla de una determinada manera; es orientar las propias acciones y la existencia toda de acuerdo con la voluntad de Dios revelada por las palabras de Jesús (7, 24-27; 12, 46-50) y por sus acciones (9, 36).
El v. 39 indica que el amor a Dios se opera en el amor al prójimo y en el amor a uno mismo. El amor a Dios es inseparable del amor a las personas y a sí mismo. El texto lo afirma con la expresión “es semejante a él”. Jesús ya ha dicho esto en Mt 10, 40: recibir a un discípulo es recibir a Jesús y a Dios. También lo volverá a decir en Mt 25, 31-46. El texto cita Lv 19, 18. En este se recuerda que las relaciones con el prójimo deben ser justas. Amar al prójimo buscando su bien supone también amarse a uno mismo, porque también hay una interconexión entre el bien propio y el del otro. En cuanto al término “prójimo”, lo novedoso en la respuesta de Jesús es que el prójimo no sólo es el israelita de raza sino todo ser humano.
El v. 40 sintetiza que en estos dos mandamientos está toda la Ley y los Profetas. Jesús ha respondido al representante de los fariseos de manera que éste nada le puede reprochar, puesto que es lo central de la revelación de Dios manifestada en la Ley. El adjetivo “toda” y el verbo “dependen” hacen pensar en la interconexión de Dios que Jesús ha experimentado en su vida. El legista le pidió que se destacase algún mandamiento, pero Jesús ha subrayado la unidad y coherencia de la voluntad de Dios, así como su parte medular.
De ese modo, Jesús ha señalado lo que debe configurar el estilo de vida de la comunidad. El amor tiene que inspirar su misión y vida diaria y ser expresado por ellas. No hay retirada de este mundo. No hay pasividad inducida por un sentimiento de impotencia ante las enormes necesidades humanas, ni por falsas seguridades en una salvación final. El amor es fidelidad vivida y compasión activa. Manifiesta la presencia y el poder de Dios. Citando a Dt 6, 5 y Lev 19, 18, Jesús afirma la autoridad de esta tradición procedente de Dios. Y “con esa autoridad” enseña y vive del modo en que lo hace. Así vivió Jesús.
- Sugerencias para la homilía
Los fariseos realizaron una pregunta a Jesús “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley”? Él respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo…Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas”.
Este planteamiento de Jesús debe hacernos volver a lo fundamental de la fe de él. Nuestros templos y capillas de adoración serán muy bonitos y adornados, nuestras liturgias estarán bien embellecidas. Sin embargo, la mayoría de nuestros habitantes viven mal, asediados por la violencia, la pobreza y la soledad humana. Es de revisar nuestra forma de llevar adelante la misión que Jesús nos encomendó.
“Pero lo original de Cristo es esto —no lo olvidemos—, que, junto a este precepto pesado, principal, “amarás a Dios”, puso en el mismo nivel: “y a tu prójimo como a ti mismo”. Esto sí es original del cristianismo, que el mismo motivo con que amas a Dios tiene que ser aquel con que amas al prójimo…Es muy fácil, casi es una evasión decir: “Yo me voy a la Iglesia a amar a Dios y mi prójimo me importa poco”.
Deseo enviar una palabra de solidaridad a las familias de los privados de libertad. Los privados de libertad, quizá, no sean testigos del amor de Dios. Sin embargo, en la condición carcelaria que los tienen viviendo se han convertido en sacramento del amor de Dios. El régimen de excepción no es la solución a la injusticia estructural que tiene el país. Los habitantes necesitan escuelas dignas con maestros competentes, unidades de salud con personal médico y medicinas suficientes, así como fuentes de trabajo para salir adelante. El régimen de excepción no es la solución a los problemas reales. Este régimen es el triunfo del presidente, dado que sus soluciones son espejismos mediáticos, pero paradójicamente también será su derrota.
