
Domingo Mundial de las Misiones
Pbro. Manuel Acosta
- Anotaciones al texto
El texto se ubica dentro de las controversias y discusiones de Jesús con los miembros de la élite religiosa judía de Jerusalén. Dichas controversias tienen lugar en el templo (Mt 21 – 22). Este relato está estructurado de la siguiente manera: a) Introducción (vv. 15-16a); b) diálogo debate (vv. 16b-21a); y, c) sentencia (v.21b).
La introducción, en el v. 15, presenta el título para toda la sección principal de Mt 22, 15-46, al afirmar que “los fariseos celebraron consejo sobre la forma de sorprenderlo en alguna palabra” (v.15). Los fariseos, defensores del orden social que asesinará a Jesús, deliberaron atraparlo. La muerte de Jesús fue planificada, no fue casualidad. Los vocablos empleados denotan que dicha deliberación ha sido tramposa y por tanto injusta. Los fariseos son incapaces de atrapar a Jesús justamente, lo hacen haciendo trampa. Es decir, mintiendo.
El v. 16a define la estrategia de capturar a Jesús: “y le envían sus discípulos junto con los herodianos”. Los fariseos, para detener a Jesús, enviaron sus discípulos como agentes; esta es la primera mención de los discípulos de los fariseos. ¿Por qué no van ellos mismos? Evitaron el encuentro directo; la trampa mediante personas interpuestas subraya su amaño y la distancia con Jesús. Estos actuaron con perversidad. También con dicha aseveración, el texto prepara el debate que viene a continuación.
El v. 16b introduce el debate con una capatatio benvolentiae (v. 16b), al decir que Jesús es maestro, sincero, enseña el camino de Dios y no se deja influir por nadie, porque no hace acepción de personas. La pregunta del v. 17 contrasta con la alabanza que antes los fariseos y herodianos le han hecho a Jesús. En el evangelio de Mateo, los fariseos tratan a Jesús como maestro, un título empleado no por sus discípulos, sino por los que se muestran contrarios o no son seguidores suyos. El lector actual se preguntará, si verdaderamente lo reconocen como maestro, por qué buscan tenderle una trampa y por qué se le oponen a su palabra.
Las palabras empleadas por los discípulos de los fariseos son un elogio sin paralelo en el resto del evangelio. De ser genuinas, los convertirían en discípulos de Jesús, pero los discípulos no emplean insidias contra él. Dicha lisonjería revela más bien hipocresía a quienes las pronuncian. Pero, irónicamente, a ellos han hablado con más verdad de lo que se imaginan (¡ignorantes!).
Aunque los fariseos y sus enviados no lo reconozcan, Jesús es sincero/leal en su fidelidad a su Padre (Mt 17, 5). Enseña el camino de Dios, que, como el camino de rectitud de 21, 32, refiere a un modo de vida requerido por Dios y centrado en Él. Igual que Dios (Lv 19, 45), Jesús no se deja influir por nadie, salvo por Dios mismo, ni mira la condición de las personas. Ha beneficiado por igual a humildes poderosos (Mt 8, 1-13). Aunque estos últimos han presentado por lo general resistencia. Apelando a su imparcialidad, los enviados de los fariseos pretendían que él se pronuncie abiertamente sobre el controvertido asunto que se expondrá a continuación.
En el v. 17, los enviados de los fariseos proceden a pedir su opinión: Dinos, pues, qué te parece. Inapropiadamente, el imperativo inicial obliga a Jesús a dar una respuesta. En 21, 28, Jesús ha preguntado a los fariseos empleando la misma fórmula (“¿Qué les parece…”?), y dos veces al responder (21, 31. 40-41) se condenaron a sí mismos. Ahora emplean la misma estrategia. “¿Es lícito pagar tributo al emperador o no?”. Una pregunta sobre la licitud está abocada a suscitar controversia. Además, el hecho que toque la cuestión del tributo indica que busca debate. Su maliciosa pregunta es una trampa: si Jesús habla contra el pago, ataca la soberanía de Roma; si se pronuncia a favor, entonces aparece como colaboracionista y pierde credibilidad como profeta (Mt 21, 11). La trampa está clara, pero inútil. Jesús ya ha indicado que moriría a manos de los romanos (Mt 20, 19).
La respuesta de Jesús en el v. 18, describe que él se da cuenta de su intención. Ha percibido la maldad de sus corazones. Y los acusa de maliciosos e hipócritas. Este último es un vocablo polémico. Jesús subraya que las palabras aparentemente sinceras con que ellos formulan su pregunta contrastan con el (mal) designio que los anima (Mt 22, 16).
En el v. 19, Jesús pide la “prueba visual” mediante la mostración de la “moneda del tributo”. Y ellos le presentaron un denario. Que Jesús no disponga de esta pieza y que haya que presentarle un denario no indica que se negase a llevar una moneda que tenía grabada la imagen y los títulos del emperador, ni indica su actitud en lo relacionado al impuesto. A Jesús, le muestran un denario porque el tributo a Roma debía pagarse en dinero romano.
En los vv. 20-21a, Jesús desenmascara a los enviados de los fariseos su perversidad. Él les contesta con otra pregunta que nada tiene que ver con lo que le han inquirido: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?”. La respuesta de los fariseos y herodianos denota que no han logrado su objetivo, puesto que Jesús hace que verifiquen algo que un judío observante no podía pronunciar: que el César es el dios de la moneda (v.21a).
La sentencia de Jesús (v. 21b) confirma que él no ha caído en la trampa y les indica algo por lo que no le habían preguntado. El Dios de Jesús y el César no es el mismo. Los intereses del Dios de Jesús no son los del César. Éste, para proclamarse dios, tal como estaba en la imagen y la inscripción, tiene que matar, robar y acrecentar impuestos. Dios no se comporta de esa manera. Por tanto: “lo del César devuélvanselo al César, lo de Dios a Dios”. Jesús no terminó hablando del pago del tributo al César, sino que los césares de esta tierra no representan al Dios de Jesús; mucho menos hay que considerarlos de origen divino. Los impuestos no son el problema. La dificultad está en confundir el plan de Dios con el de los jefes de estado. Creer a ciegas que ellos están enviados por Dios. Dios es Dios. El César es mortal.
