Vigésimo Sexto Domingo del Tiempo Ordinario

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mc 9, 38-43.45.47-48
El texto continúa la instrucción de Jesús a sus discípulos iniciada en 9, 35-371. Esta instrucción se alarga hasta el final del capítulo con un dicho (Mc 9, 40) y una serie de enseñanzas, todos ellas relacionados directa o indirectamente con el camino del discípulo, detrás de Jesús (Mc 9, 38-50). El aforismo revela la existencia de otros seguidores de Jesús, que no están bajo la representación de Juan el de Zebedeo (Mc 9, 38) y que realizan exorcismos en nombre de Jesús (Mc 9, 38-40). La pregunta es ¿Qué hacer con ellos?


Los discípulos han querido impedírselo (Mc 9, 38). Los mismos que buscaban los primeros puestos quieren ahora controlar la acción de Dios en Jesús e impedir o imponer sus propias leyes sobre otros. El texto no dice quiénes son los que andan haciendo exorcismos, pero deja claro que los de Juan han empleado algún tipo de fuerza o dominio moral o verbal y han conseguido lo que pretendían: ¡Se lo hemos impedido! Los discípulos no han entendido la enseñanza anterior (o no han querido aceptarla) en la que Jesús afirmó que el más importante para el Reino es el niño, se opuso a que hubiera un primero en el grupo que dominara sobre los demás; y, proclamó que el primero debe ser el servidor de todos (Mc 9, 33-37).
Jesús les manda que no le impidan al que andaba haciendo exorcismos (v.39a). Él rechaza lo que los de Juan han querido acallar por la ley o la fuerza al exorcista ajeno. De esa forma eleva el Reino por encima del control Zebedeo y abre un camino de evangelio más allá del camino de la imposición. A continuación, Jesús razona su rechazo, y su raciocinio es que su nombre es mayor que las decisiones de los que dirigen la comunidad (v.39b). No es Jesús el que se pone al servicio de la comunidad sino la comunidad al servicio del Nombre de Jesús, es decir, de su acción liberadora (exorcismo). Jesús les advierte que no tienen el monopolio de sus obras en favor de la liberación de las personas. Para Jesús, lo importante es “hacer el bien” y mientras esto se haga, no se va en contra de Jesús y, por tanto, no hay que impedirlo.
De esta forma, Jesús establece el criterio de la tolerancia y de la apertura con los otros, que no son del grupo, que según el texto son los que “no vienen con nosotros”. Ante este aviso de intolerancia, Jesús reafirma la tolerancia, al sostener: “el que no está contra nosotros está por nosotros” (9, 40).
El Jesús de Marcos Jesús se encuentra, según eso, en ambos lados: están con el que anda haciendo exorcismos, que no es de la comunidad de los de Juan; pero también está con la comunidad de los zebedeos (Juan), con la que se identifica, diciendo con ella “nosotros”. Este descentramiento (está con el de fuera) y re-centramiento (está con los zebedeos) de Jesús forma un elemento esencial del evangelio, que rompe fronteras, sin negar la identidad interna del grupo al que corrige, para que sea capaz de aceptar a los de fuera.
1 Ver reflexión del 25º domingo del tiempo ordinario (Mc 9, 30-37). 1Esta escena refleja también las tentaciones de la comunidad de Marcos, sobre la manipulación del nombre de Jesús y sobre la intolerancia con los otros que hablan en nombre de Jesús. Asimismo, manifiesta la existencia de un grupo de la comunidad marcana que daban importancia únicamente a los llamados milagros en nombre de Jesús.
La lección del principio anterior (v.40) se completa con otras dos enseñanzas relacionadas con la misión: una sobre la recompensa que aguarda a los que asistan a los enviados de Jesús (Mc 9, 41). Este versículo relativiza la intolerancia de los discípulos y exalta el amor generoso de los amigos de Jesús para con los discípulos, simbolizado en el vaso con agua. Pero, no esconde que los discípulos de Jesús deben renunciar a todo deseo de poder y confiar que el Dios de Jesús, en cuyo nombre actúan, suscite personas que los ayuden. De esta forma quedan como liberadores (exorcistas) y pobres, en manos de aquellos que quieran recibirlos.
La otra instrucción es sobre el escándalo que los discípulos deben evitar para con los pequeños (Mc 9, 43-47). Estos pequeños son los mismos que Jesús coloca en medio y abraza (Mc 9, 36) y que pidió a los discípulos que tenían que ser como ellos y recibirlos en nombre de él (Mc 9, 35.37). En el contexto de la instrucción de Jesús sobre el servicio (Mc 9, 35), el escándalo consiste en querer ser los primeros (Mc 9, 35), olvidando que el discípulo es el servidor de los pequeños que creen en él (Mc 9, 42).
La sentencia del v. 42 supone que en la comunidad de Marcos existen no solamente niños (9, 37) y pobres, sino también “pequeños”, que creen en Jesús, pero que corren el riesgo de ser escandalizados por otros miembros de la comunidad. Es decir, una división intraeclesial: por un lado, unos grandes, dispuestos a copar los primeros puestos e imponerse por la fuerza sobre otros, y por otro, los pequeños, que pueden ser “escandalizados” por los grandes. En su contexto, el escándalo es abuso de poder por parte de los grandes hacia los pequeños. De aquí se entiende el mensaje básico del texto: ¡Quien escandaliza o abusa de los pequeños no solo comete un “pecado” contra ellos, sino que se destruye a sí mismo, de manera que es mejor una piedra de asno de molino y se echara al mar.
Los vv. 43-47 son concreciones que siguen y llevan del escándalo externo (hecho a los pequeños) al principio interior del que brota ese escándalo, es decir, a la vida del escandalizador. Jesús, cuidando de los pequeños, hace un llamado a estos escandalizadores, para que reflexionen, de manera que estén dispuestos a cambiar, es decir, a “cortarse” aquello que conduce al escándalo, o que lo produce. No se trata, por tanto, de que cambien los pequeños, sino de que los “grandes” renuncien a su deseo impositivo, renunciando a todo lo que lleva a destruir a los pequeños: “Si tu mano, tu pie, tu ojo te escandalizan, es decir, si es para ti causa de escándalo (pues con ella “escandalizas”, abusas, haces caer a los demás) córtatela”.
En la antropología mediterránea antigua, las manos y los ojos son símbolos, también, del poder utilizado para hacer el mal desmedidamente. Los duros imperativos de las concreciones pretenden mover conciencias hacia una actuación decidida contra el mal que se anida en el corazón y abusa de poder con los pequeños. Y para finalizar, los imperativos recuerdan que ningún miembro de la comunidad es perfecto, todos tenemos algo que cortar.

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