IV Domingo el Tiempo de la Cuaresma

Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 3, 14-21

Este texto constituye el primer discurso de Jesús en el evangelio de Juan y forma parte del diálogo de Jesús con Nicodemo. Este personaje era un jefe judío, maestro de la ley, fariseo y magistrado que vino a ver de noche a Jesús (Jn 3, 1-13), y a su vez, él fue quien junto a José de Arimatea pidieron a Pilato el cuerpo de Jesús para sepultarlo (Jn 19, 38-39). Jesús pronunció este discurso en Jerusalén, la ciudad de su crucifixión y de la revelación inesperada de Dios en el Crucificado.

En este relato se pueden identificar dos partes: la primera evoca la contemplación del Jesús exaltado para que todos crean y tengan vida eterna, así como la contemplación del amor gratuito e ilimitado de Dios al darnos a Jesús su hijo unigénito, para que todo el que crea tenga vida eterna (vv. 14-18).

El v. 14 evoca la elevación del Hijo del hombre. Esta tradición se nutre del AT (Nm 21, 8-9) y comparada con la elevación de la serpiente. Este vínculo da luces hermenéuticas: tiene un aspecto soteriológico porque la serpiente fijada al mástil era signo de la salvación, lo mismo sucede con la elevación del Hijo. También tiene un sentido cristológico. Esta serpiente fijada al patíbulo evoca al Crucificado y elevado, signo de salvación para todos los seres humanos. El verbo “elevar” es ambivalente; designa, en Juan, al mismo tiempo la muerte y la glorificación de Jesús (Jn 12, 32-33). Por último, la frase “es necesario”, señala que la cruz es el cumplimiento de la voluntad de Dios. La salvación está ligada a la crucifixión de Jesús. Y esta es la consecuencia de la obediencia de Jesús al Padre. Así el nuevo nacimiento está ligado a la cruz de Jesucristo.

El v. 15 es un comentario de la comunidad del texto. Este expresa el sentido de la salvación obrada por el Padre en la cruz de Jesús. Tal sentido: el que crea tenga vida eterna”. Aquí hay cuatro aspectos a valorar: Es la fe de Jesús, no ver a la serpiente, lo que da acceso a la salvación. La fe de Jesús da vida eterna aquí y ahora. La vida eterna, no es después de la muerte, sino ahora. Y dicha vida plena es inseparable de Jesús.

El v. 16 es la razón de los vv. 14-15. El amor de Dios es un acontecimiento único que se concreta en la entrega del Hijo único. Esta entrega es don de libertad divina. Dios quiere ser comprendido como aquel que se ofrece en generosidad, dando lo más amado. Al dar lo único, Dios se da a sí mismo en su Hijo. Dicha generosidad ilimitada es liberadora par quien cree.

El v. 17 indica la razón de la entrega salvífica de Dios. Tres aspectos la exponen: El don del Hijo es presentado con la categoría del envío, Jesús es el rostro de Dios para el mundo. Tal envío es liberador, puesto que el actuar escatológico de Dios no está al final de la vida del ser humano sino en Jesús; y, por último, Dios ha entregado a su Hijo para salvar. Por ello, el v. 18 profundiza la preponderancia de esta salvación. Opone dos actitudes (“creer a Jesús” y “no creer a Jesús”). El juicio depende de ello. El que define dicho juicio es la voluntad del ser humano. Mientras tanto la salvación de Dios obrada en Jesús siempre está cargada de generosidad y actualidad.

La segunda parte (vv. 19-21) está continuidad porque la cuestión central sigue siendo el juicio puesto en marcha por el don del Hijo y porque son los seres humanos quienes deciden con su comportamiento ante dicha oferta de salvación. Pero también está en discontinuidad, porque el título “hijo único/ de Dios” es sustituido por la antítesis “luz/tinieblas”, la terminología de las “obras” sustituye a la de la “fe”. La preocupación, en este parte, es ética.

El v. 19 retoma la temática del juicio/condenación. La llegada de la luz (el Hijo) desvela la incredulidad de muchos. El juicio/condenación se plasma en el hecho de que los seres humanos permanecen encerrados en la “tinieblas”, en un mundo sin Dios, en el que la verdad y la vida auténtica están ausentes. En efecto, lo que se concreta en las “obras malas” es la elección de las “tinieblas”; es decir, la incredulidad manifestada en el rechazo al Hijo aboca al desorden ético. Dicho desorden es sinónimo de injusticia, que no es puntual, sino duradera, dada la opción humana por las tinieblas.

El v. 20 recurre al argumento empírico que el malhechor oculta su crimen para evitar ser descubierto, lo mismo ocurre con el que hace obras malas. Sin embargo, aquí, la noción de luz tiene una dimensión metafórica e indica que el que hace el mal no solo busca esconderse de la luz, sino que “odia” la luz, se compromete activamente en rechazar a Jesús, porque ir a él le confronta con su injusticia y le significaría la destrucción de su proyecto de maldad.

El v. 21 contempla la posibilidad inversa: la de la venida a la luz de los que “hacen la verdad”. Esta expresión designa una acción conforme a la voluntad de Dios. La “verdad”, en Juan, es la realidad de Dios manifestada en Jesús. Sólo puede hacer la verdad quien está enraizado en La Verdad (Dios). La práctica de la verdad no puede separarse de la fe. Tal como confirma la oración final: cuando se colocan a plena luz, las obras realizadas por el que “hace la verdad” muestran que son obras hechas por Dios mismo. Las obras del que vive en la luz manifiestan que se originan en Dios y solo puede llevarlas a cabo aquel que se ha beneficiado del don del Hijo.

Hay salvación, verdad y amor en los crucificados de hoy.

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