LA HERENCIA MARTIRIAL EN EL SALVADOR

Por:

Pbro. Ramón Obdulio Lara Palma

Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.

La realidad martirial en El Salvador está más que constatada. El reconocimiento canónico del martirio de Mons. Romero, Rutilio Grande, Cosme Spesotto, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, da evidencia contundente de la martirialidad en este país. Ellos representan a una cantidad de testigos del Evangelio que no serán oficialmente reconocidos, pero que vivieron como verdaderos discípulos e imitadores de Cristo hasta las últimas consecuencias: entregar su vida por la Palabra y el Testimonio del Señor resucitado. Podemos preguntarnos sobre la dinámica mimética crística, performativa y determinante, que está detrás de la historia de estos mártires, que a su vez se fue desarrollando e historizando al grado de terminar en la muerte martirial.  

Podemos decir que la Iglesia toda, por ser el pueblo de bautizados, es martirial por esencia, en el sentido que le da Rahner cuando dice que el martirio «pertenece a la esencia de la Iglesia». Sin embargo, esa potencialidad martirial se ha actualizado cruentamente solo en algunos a quienes se les ha dado el don de ser collega passionis cum Christo. Es que llegar a la imitatio Christi de manera perfecta mediante la imitatio per crucem no le es dado a todos los miembros de la Iglesia. Con claridad el Concilio había dicho que «si ese don se da a pocos (el martirio), conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (GS, 42). Los mártires salvadoreños, aquellos reconocidos oficialmente por la Santa Sede, como aquellos anónimos, personifican colectivamente a este pueblo martirial.

No cabe duda que los mártires salvadoreños confirman el enfoque mimético del martirio porque ellos imitaron a Cristo en obediencia y fidelidad a los valores del Reino. No olvidemos que hay un concepto de mártir pre-cristiano (extrabíblico y bíblico veterotestamentario), uno neotestamentario, uno de la tradición y uno canónico. Con los mártires salvadoreños nos asomamos a un nuevo concepto de mártir que, por falta de un nombre consensuado, podemos llamar «mártires jesuánicos», tomando la expresión de Jon Sobrino. Son aquellos cristianos que mueren «como» Jesús, tal como ha sido ya expuesto. Con claridad lo dice Sobrino: «Los mártires son, histórica y existencialmente, la mejor mistagogía para la cristología». Más que la verdad teológica (Cristo) hay un interés por la verdad histórica (Jesús), de modo que el testimonio de la verdad de la que hablamos se refiere a la verdad de Jesucristo en su momento histórico. 

Bajo esa perspectiva, la teología latinoamericana ha dado un giro reflexivo hacia la teología del martirio, al grado de considerarlo como un locus theologicus esencial. No es una reflexión salida de las elucubraciones teóricas y por necesidad de clarificaciones gnoseológicas, sino reflexiones que nacen de una realidad que se impone y que exige una comprensión más profunda a la luz del misterio de Dios revelado en Jesús de Nazaret confesado como el Cristo. El enfoque de la teología martirial salvadoreña y latinoamericana es un intento de auto comprensión, una búsqueda de identidad y de identificación, debido a la realidad cruda de la persecución y de la muerte de tantos cristianos en estas tierras. Con otras palabras, nuestros mártires están ofreciendo a la Iglesia salvadoreña y latinoamericana la ocasión de definirse como la comunidad que testimonia la presencia y el poder de Dios en el mundo, del Reino anunciado por Jesucristo e inaugurado en él, en medio de la persecución y la muerte. Toda la Iglesia, sin duda, necesita re-identificarse con ese paradigma constantemente. 

 La causa del martirio es un elemento que hay que atender. «Es la causa que hace el mártir, no la pena» decía san Agustín (Serm. 275). La identificación de la causa del mártir con la causa de Jesús traducido en el testimoniar el Reino no siempre ha sido visto de la misma manera. Para el caso, no es la misma causa la muerte de Justino que la muerte de Romero, aunque ambos ahora son reconocidos verdaderos mártires. En torno a la causa aparece la necesaria distinción entre una víctima sólo y el mártir, que es también víctima. Por tanto, si todos los mártires son víctimas, ¿todas las víctimas deben ser consideradas mártires? Jesucristo fue víctima, pues murió asesinado, y es el prototipo de toda víctima martirial cristianamente hablando. Debido a ese dilema es que las notas que caracterizan el martirio actual deben necesariamente ser elencadas. 

La primera que debemos evocar es la mimesis: la imitatio Christi per crucem, es decir, el morir como Jesús y por las razones que él murió. La segunda característica, hay que recalcarlo, es la inocuidad a segundos o terceros: el mártir es quien acepta libremente donar su propia vida por fe y amor, pero no ocasiona daño o muerte a ningún otro; los atentados terroristas realizados por sujetos fanatizados jamás podrían ni por asomo calificarse como muertes martiriales, ellos son llanamente terroristas; el mártir muere no odiando, sino perdonando y orando por los verdugos. La tercera característica es la libertad: el mártir sabe del riesgo de perder la vida, pero permanece firme en sus convicciones (evangélicas) aun teniendo la posibilidad de escapar («nadie me quita la vida, yo la doy», Jn 10,18); la elección de mantenerse firme y expuesto sin sustraerse al peligro del testimonio, es un dato característico del martirio cristiano. 

La cuarta característica del martirio jesuánico es la duda: la muerte del mártir no es aquella de un fanático, de un sectario o un héroe; esa muerte está envuelta en dudas e inquietudes; no sucumben a la desesperación, pero prueban la desesperanza y la angustia; ciertamente mueren fortalecidos. Quinto, resistencia efectiva a la barbarie: luchan hasta el final contra la barbarie inhumana, sin violencia externa actúan sólo con la violencia del amor; desarman al verdugo porque se unen al Dios desarmado del calvario. Y sexto, la discreción: esta es una de las principales características del martirio actual; el siglo XX ha producido una gran cantidad de mártires anónimos, que no serán canonizados o reconocidos eclesial o públicamente, pero son auténticos testigos del Reino; toca a la comunidad creyente rescatar esas vidas preciosas y atesorarlas en su valor evangélico. Creemos, pues, que ante la comprensión actual del concepto y la realidad martirial en modo tan extendido es indispensable tener en cuenta estas precisiones.

Si los mártires, con las características antes mencionadas, son los insignes imitadores de Cristo, toda la comunidad eclesial debe hacer acopio de ese legado y mantenerlo en la memoria práctica más que conceptual. Tanto el bautizados como la Iglesia en su conjunto, convocados a ser testigos de Cristo en todo momento y circunstancia, lo han de hacer siempre bajo la expresión más elevada de la caridad. La solidaridad desinteresada, la compasión activa, la lucha firme y pacífica por la justicia, el compromiso sincero por la promoción de todo lo humano y todo lo creado, la defensa de la dignidad de los excluidos, la rectitud moral y ética en el ejercicio profesional y político, el compromiso por la verdad y la transparencia en todo ámbito, son algunas de las formas de cómo nuestra existencia martirial tiene que ser expresada. 

Todas esas acciones buenas y virtuosas implican una nota de desapego, un acto de donación de la propia vida, en fin, un morir poco a poco. El martirio cotidiano es estar al pie de la cruz si bien no crucificados. Si llagara la gracia de tener que ofrecer la propia vida por la causa del Reino, es decir, de morir “como” Jesús, estaremos haciendo una buena imitación de aquellos que son los imitadores perfectos de Cristo, nuestros mártires. Si nuestros mártires han demostrado ser los perfectos imitadores de Cristo en cuanto han sido capaces de hacer de su vida un don hasta la muerte por la causa del Reino, muriendo «como» Jesús, ¿es suficiente hacer sólo memoria martirial, es decir, sólo hacer recabo teórico de su legado martirial?

No cabe duda de que el gran esfuerzo de mantener la memoria de nuestros mártires ha sido un valioso trabajo para llevarlos hasta el reconocimiento oficial-eclesial de su martirio, pero no podemos detenernos ahí. Hay que practicar a los mártires. El verdadero sentido de mantener viva la memoria de los mártires es practicar su legado. ¿Qué estamos dispuestos a cambiar eclesial y personalmente para practicar a nuestros mártires? Poner en acto el legado de Romero, con su martirio profético en torno a la verdad, la justicia y el respeto a la dignidad de la persona especialmente los marginados y excluidos, es una exigencia permanente. Poner en práctica el legado martirial de Rutilio Grande expresado en una evangelización concientizadora y transformadora de la realidad es un imperativo insoslayable. 

Estamos convocados a practicar la sensibilidad solidaria y valiente de Fr. Cosme Spessotto, quien buscaba dignificar hasta a los muertos, lo que será sin duda un permanente un reto. El compromiso eclesial del laicado, representados por Manuel Solórzano y Nelson Rutilio, ha sido elevado al más alto grado de radicalidad en la tarea de santificar todos los ambientes del mundo aún a costa de sacrificios y hasta de la propia vida. El legado de nuestros mártires estará siempre retándonos y cuestionando nuestra herencia y existencia martirial salvadoreña.

Entradas relacionadas