DÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO El evangelio de este domingo (Mc 3, 20-35) Nos muestra algunos de los principales obstáculos a los que Jesús tuvo que enfrentarse durante su ministerio público. Precisamente, mientras él y sus discípulos estaban tan desbordados por la cantidad de gente que había acudido a escucharlo en aquella ocasión, hasta el punto de que no los dejaban ni comer, aparece ya la sombra del rechazo y de la incomprensión: sus familiares vienen a buscarlo, pues la gente decía que se había vuelto loco. Esta es la primera acusación calumniosa que encontramos en este pasaje evangélico.La segunda acusación, además de calumniosa, es juzgada también como blasfematoria por parte de Jesús. En efecto, los escribas venidos de Jerusalén acusan a Jesús de estar poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y de expulsar a los demonios con el mismo poder de Satanás. Este pasaje ha ofrecido algunas dificultades para su interpretación. En este sentido, uno de los puntos que conviene aclarar es el significado que tiene en la Sagrada Escritura el pecado de blasfemia. En sentido estricto, blasfemar significa proferir palabras ofensivas contra Dios, contra su Nombre directamente (Ex 2, 27; Lv 24, 11-16) o contra su poder y sus privilegios (Mc 2, 7; 14, 64; Jn 10, 33-36). La blasfemia puede también dirigirse contra una persona revestida de una misión divina (Hch 6, 11) o contra una institución sagrada (Ez 35, 12; 1 Mac 7, 38). Los evangelios pueden, por tanto, hablar de blasfemia a propósito de las injurias contra Jesús, enviado de Dios y portador de su poder (Mc 15, 29; Lc 22, 64-65; 23, 39).Jesús se defiende de la acusación de los escribas con un argumento en el que apela al sentido común: Satanás no puede estar luchando contra sí mismo. En Lc 11, 15ss, Jesús recurre también al argumento de los exorcismos realizados por los mismos discípulos de los escribas. En nuestro texto evangélico el Señor utiliza dos breves parábolas para ilustrar su argumentación: la parábola de la familia dividida y la del hombre fuerte y bien armado. En esta última parábola Jesús señala el verdadero motivo de los exorcismos que realiza: él es el quien somete al hombre fuerte y bien armado y le despoja de sus bienes. Los milagros y los exorcismos son signos de la victoria de Jesús sobre el poder de Satanás. Esta es una buena noticia para nosotros que muchas veces nos sentimos impotentes frente al misterio de la iniquidad que actúa en este mundo.Otra dificultad de interpretación que plantea este texto se refiere al sentido preciso de las palabras de Jesús sobre el pecado contra el Espíritu Santo. Si tenemos en cuenta el contexto inmediato de este pasaje, el pecado contra el Espíritu Santo consistiría en negarse a reconocer el poder que actúa en Jesús, atribuyendo a Satanás las obras que él realiza por el Espíritu Santo. Jesús afirma que este pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo no podrá ser perdonado ni en esta vida ni en la otra. ¿Podemos deducir de las palabras de Jesús de que existe un límite de la misericordia divina? Si tenemos en cuenta el conjunto de la enseñanza de la Sagrada Escritura sobre este punto, podemos afirmar que no hay ningún pecado que esté fuera del alcance de la infinita misericordia de Dios. Ahora bien, para obtener el perdón de Dios, el hombre debe cumplir con algunas condiciones. Una de ellas es el reconocimiento del propio pecado y el arrepentimiento sincero. Y es el Espíritu Santo el que mueve al ser humano al reconocimiento de sus pecados y al arrepentimiento. Por esta razón, el que se cierra a la acción del Espíritu Santo se cierra también al perdón de Dios, aunque su misericordia sea ilimitada. Este sería el pecado de los escribas, que Jesús denuncia con fuerza.En la parte final del evangelio, san Marcos vuelve a hablar de la madre y de los parientes que buscaban a Jesús. Podemos adivinar el sufrimiento de la Virgen María ante las acusaciones calumniosas y blasfematorias que levantaban contra Jesús. En este pasaje vemos cumplida la profecía del anciano Simeón sobre los sufrimientos que tenía padecer la Santísima Virgen. Jesús debió apreciar muchísimo este gesto de preocupación por él de parte de su madre y sus parientes. Sin embargo, aprovecha la ocasión para instruir a sus discípulos sobre la verdadera naturaleza de su familia. En este sentido, Jesús deja muy claro que su familia nos está limitada por los vínculos de sangre. Con esto Jesús no desdeña el único y particular vínculo que le une a su madre. Más bien, resalta su fe y su obediencia a la voluntad de Dios. De hecho, para Jesús la condición esencial para pertenecer a la familia de sus discípulos es imitar a María en su obediencia fiel a la voluntad de Dios. Ella es el modelo acabado de todo discípulo de Jesús. Pidamos a ella su intercesión para poder llevar a la práctica la Palabra de Dios.

Comentario elaborado por el Padre Jorgue Fuentes

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