Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 3, 1-12

El evangelista Mateo utilizó la fuente Mc 1, 2-8 para construir un relato sobre la figura de Juan Bautista, y, de este modo profundizó quién es Jesús. El evangelio de la infancia, tanto de Mateo como de Lucas, no son sino una historia teológica, es decir, no narran una sucesión de hechos cronológicos, sino una interpretación de la vida Jesús a la luz de algunos textos del AT.

El texto contiene tres escenas: 1) presentación de Juan el Bautista (vv. 1-3). El v. 1, mediante el verbo aparecer, denota un momento especial de la actuación de Dios, ya presente. Aquí actúa Dios por medio de Juan. Él es presentado como Bautista, pero nada se dice de su bautismo hasta el v.5, y la atención inicial se centra en su predicación, la cual está en consonancia con la de los profetas del AT.

Juan predica en el desierto. Este lugar desempeña un papel fundamental en el acontecimiento de la liberación de Dios a su pueblo del imperio egipcio. Asimismo, es lugar de redención de Dios, fiel guía en el camino hacia la tierra prometida, y de infidelidad por parte del pueblo. En el texto, el vocablo asume tanto este significado, como también lugar marginal y de peligro real. Y, Judea presenta una clase de diferente peligro, puesto que Arquelao reinaba ahí, mientras Juan anuncia ahí el reinado de Dios. El peligro parece inevitable.

En el v. 2, Juan insta al arrepentimiento en una llamada profética a abandonar la vida de infidelidad, injusticia y falsa piedad, y a volver a la fidelidad a la alianza. La llamada supone que la vida tal como está actualmente, no es como quiere Dios. Expresa además la voluntad divina de cambio, un medio de evitar el juicio y el desastre. La razón para tal llamada es que ha llegado cerca el reino de los cielos. El cielo es la morada divina y el genitivo de los cielos apunta a Dios como el origen, fundamento y horizonte de ese reino. Es decir, ya no se trata del reino de Arquelao.

El v. 3 es una cita de Is 40, 3, procedente de la Septuaginta griega. El texto tiene como finalidad autenticar tanto la función profética de Juan, como la de su mensaje procedente de Dios. En continuidad con Isaías, Dios sigue mostrando su reino al liberar al pueblo del poder de los imperios de la tierra, que en el contexto de Mateo era Roma. El imperio romano no puede oponer resistencia a los planes de Dios, puesto que, si se opone, sufrirá la misma suerte: caerán un día. La obra de liberadora de Dios se encuentra ahora en el ministerio de Juan, en el desierto, en los márgenes sociales y no en el centro del poder y del poderoso, como sucedió en la liberación de Israel del faraón y de Babilonia.

En resumen, el versículo subraya la predicación de Juan (voz que clama) y su ubicación (en el desierto). Además, explica la razón del arrepentimiento cuando Juan insta a sus oyentes: Preparen el camino al Señor, enderecen sus senderos. Tanto camino como senderos son metáforas de la voluntad y los planes de Dios. Estos planes, manifestados en Jesús, serán experimentados como salvación o como condenación, dependiendo de la respuesta a la llamada de Juan al arrepentimiento. Arrepentirse significa, pues, no solo introducir cambios en estructuras y modos de vivir, sino también una receptividad básica a los planes de Dios.

2) Descripción de la personalidad, vida y ministerio bautismal del Bautista (vv. 4-6). En el v. 4 se presenta el atuendo y la alimentación de Juan. El atuendo de Juan es un trasunto de Elías (2Re 1, 8). Su sustento (langostas y miel silvestre) es propio del que vive en un lugar árido o desértico. Indica la pobreza de Juan, así como su interés y confianza en Dios. Con tal tipo de alimentación no se distrae del reinado de Dios a causa de preocupación por la comida diaria ni se endeuda con nadie. Esta inusual alimentación atestigua un modo de vida diferente, centrado en la fidelidad a Dios. Adicionalmente constituye una crítica al despilfarro consumista que mantiene su abundancia a costa de los pobres; para su crítica de los vestidos lujosos y los palacios de la gente acaudalada y poderosa (Mt 11, 8-9).

Los versículos 5-6 presentan a tres grupos que vienen de tres regiones para ser bautizados y confesando sus pecados. El primero procede de Jerusalén. La élite de esta región, pese a que habían reaccionado negativamente al nacimiento de Jesús (2, 3), responden positivamente a la llamada de Juan. Los otros dos grupos, toda Judea y toda la región del Jordán, tienen también una respuesta positiva.

Mateo presenta a Juan bautizando en el Jordán, el río que pasaron los israelitas al entrar en la tierra prometida después de su estancia en el desierto (Jos 3, 14-17). Estos recuerdos del éxodo de Egipto indican que, al menos en parte, el bautismo de Juan es un acto de liberación del poder político representado en Egipto. Hay también una relación no especificada entre el bautismo de Juan y los pecados, puesto que los que se bautizaban, lo hacían confesando sus pecados. No se habla de perdón. Confesar los pecado, en el texto, es la aceptación por los bautizados del juicio de que el mundo presente es pecaminoso, su reconocimiento de que participan de los pecados del pueblo y el compromiso de abandonar el pecado para llevar una vida diferente.

El agua simboliza la entrada en esa vida desde la pureza. El bautismo en agua puede expresar también como en Sal 69, 1-3, ser salvado por Dios de una terrible situación de peligro. La predicación y la acción simbólica de Juan no hacen referencia al culto en el templo. Él pasa por alto la institución central de la clara política religiosa.

Y, 3) Mensaje a los fariseos y anuncio de la llegada del más fuerte que él (vv. 7-12). El v. 7 subraya que muchos fariseos y saduceos venían por su bautismo. La información histórica sobre cada uno de ellos indica que los separaban ciertas diferencias políticas, si bien unos y otros pertenecían a las clases acomodadas y políticamente poderosas, de cuyas filas salían incluso los miembros de la alta jerarquía sacerdotal. Pero aquí se pasan por alto las diferencias. En cuanto dirigentes religiosos, están unidos por su oposición a Juan y a lo que él predica. La identidad profética de Juan apunta a la posibilidad de conflicto con la élite religiosa, y en 2, 4-6 los dirigentes religiosos son presentados como contrarios a los planes de Dios.

Juan los recrimina inmediatamente de un modo directo y gráfico (camada/hijos de víboras/serpientes venenosas) con una metáfora que subraya su carácter maligno y nocivo. Puesto que la posición social y el honor tienen que ver con el nacimiento, esta reprimenda los sitúa en los ínfimos niveles de la ilegitimidad.

La pregunta retórica ¿quién les ha enseñado a huir de la ira que viene? Encierra ironía, puesto que ellos se oponen al bautismo de Juan y no se han arrepentido (3, 8-10). La noción de ira alude a la actuación justa y santa de Dios contra Israel y las naciones para juzgar la iniquidad, la idolatría y la rebelión. Estas pecados son contrarios a la voluntad divina y a la relación de amor establecida en la alianza, y hay que responder de ellos ante Dios. La acción de la ira puede expresarse en el presente o en el futuro juicio de Dios que inaugurará una nueva edad. La noción es claramente perceptible en la tradiciones históricas, cultuales, proféticas y apocalípticas. Juan, desde su condición marginal, tiene la percepción que la corrupta naturaleza del presente y el carácter inevitable de la ira que viene, hace responsable a la gente y frente a la cual el arrepentimiento es la única preparación.

Los vv. 8-10 intuyen la suposición de los dirigentes religiosos de que todo está bien. Tal supuesto es la causa de la condena por parte de Juan. Él los exhorta a dar fruto digno, propio del arrepentimiento (v.8). La imagen de dar fruto alude a una conducta coherente con la voluntad de Dios. Juan no cree que ellos se hayan arrepentido y los insta a llevar una vida marcada por valores propios a la alianza, como la confianza, la adoración y la justicia. La predicación y el bautismo de Juan establecen una división entre los que se arrepienten y los que no.

Los dirigentes religiosos pertenecen al segundo grupo. Juan los previene: No se les ocurra decir por dentro: “Tenemos por padre a Abrahán” (v.9). El Bautista utiliza aquí el habitual recurso profético de citar una posición del contrario para seguidamente refutarla. El aparente sentido del comentario es que ellos consideran que, por ser descendientes de Abrahán, tienen garantizada su entrada en la alianza y en los planes salvíficos de Dios. La objeción de Juan parece ser que ellos han separado la identidad de descendientes de Abrahán de las obligaciones y exigencias de la alianza (fruto).

El poder y la acción de Dios, no los linajes humanos, son centrales en la explicación que Juan ofrece. La conexión entre las piedras y Abrahán procede de Is 51, 1-2, donde se exhorta a los seguidores de la justicia y a los que buscan a Dios. La roca no es un ser vivo como Abrahán y Sara eran ancianos para tener un hijo, pero Dios se ocupó de que lo tuvieran (Gn 16, 2). La acción de Dios en las vidas de las personas produce hijos de Abrahán, aunque no procedan de él físicamente.

El v. 10 refuerza la exhortación de dar fruto. Ello lo hace con un aviso de castigo inmediato e inevitable. La ira de Dios es inminente. Esta imagen del juico está tomada de los profetas, donde alude a la caída de la naciones poderosas (Is 10, 33-34). Juan emplea para los dirigentes religiosos una imagen utilizada antaño contra los enemigos de Israel y los que rechazan el gobierno y los planes de Dios (Am 1 – 2). El hacha era un símbolo de la autoridad de Roma y un instrumento de ejecución entre los romanos. Pero en la imagen de Juan es Dios quien define el orden aceptable, quien viene reinante y quien empuña el hacha punitiva contra todos, incluida la élite religiosa.

La exhortación de 3, 10b, al subrayar la falta de fruto y el correspondiente castigo, revela poca esperanza de que los dirigentes religiosos se conviertan. Su condena en el juicio parece segura. No todos los que se consideran hijos de Abrahán por nacimiento estarán entre los que se libren de la ira de Dios.

Una vez ha presentado a Juan y su mensaje, Juan, en los vv. 11-12, anuncia la llegada de Jesús, mostrándolo como “el más fuerte”, como aquél ante quien ningún ser humano es digno, como el único que bautiza con Espíritu Santo y fuego y como el que tiene la primera y la última palabra sobre la vida de los seres humanos, como define la frase “en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era” (v.12).

Juan describe a Jesús con otro bautismo: “Espíritu Santo y fuego”. Es decir, la llegada de Jesús significaba para la comunidad de Mateo, un don del pacto de Dios con su pueblo, que, con el Espíritu constante de Dios y un corazón nuevo, conoce y hace la voluntad divina. Pero también la llegada de Jesús significaba fuego, es decir, ruptura con una imagen opresora de dios. Esta imagen de dios, encarnada, en aquel tiempo, en el poder de los fariseos y saduceos, debe ser quemada. Y se debe construir otra imagen de Dios, según su alianza, mostrada en Jesús. Este es el reto final que plantea el texto.

Entradas relacionadas