
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 11, 2-11
El texto desarrolla tres partes: 1) los enviados de Juan el Bautista preguntan a Jesús (vv. 2-3); 2) respuesta de Jesús (vv. 4-6); y, 3) Jesús habla a la gente sobre el Bautista (vv. 7-11).
En la primera parte, Juan desde la cárcel, tras oír las obras que Jesús hacía, envió a sus discípulos, que preguntaran a Jesús sobre su identidad: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”. La pregunta es cuestión clave. El pronombre tú tiene aquí una función enfática. En 3, 11, Juan hablo de el que viene en su testimonio sobre el ministerio de Jesús. La pregunta de Juan es un tanto extraña. Hay que considerar que no había una expectativa mesiánica uniforme ampliamente extendida. Juan busca confirmar. Su pregunta subraya el medio de reconocer la identidad de Jesús. Juan es discernir sobre Jesús. Se trata de saber si las obras que Jesús ha realizado representaban el mesianismo esperado por el judaísmo que Juan representaba. El acento está en que Jesús ha hecho obras. Estas provocaron la pregunta; y, a su vez, crisis de reconocimiento de la identidad de Jesús.
En la segunda escena, Jesús instruyó a los discípulos de Juan con el imperativo “vayan a contar a Juan lo que ven y oyen”. El mandato entraña testimonio. Efectivamente, el lector de Mateo se ha encontrado que Jesús ha hecho cinco obras misericordiosas con los marginados: la sanación de los ciegos (Mt 9, 27-31) y de un paralítico (9, 2-8), la limpieza de un leproso (8, 1-4), la curación de un sordo (9, 32-34) y la vuelta a la vida de la hija de un magistrado (9, 18-19. 23-26). El anuncio de la Buena Nueva a los pobres evoca a 5, 3 y a los sumarios en 4, 23 y 9, 35. Las cinco obras tienen el denominador que son personas impuras y según el judaísmo, el Mesías esperado no debía tocar o relacionarse con aquello que fuera así. Asimismo, el ministerio sanador de Jesús anticipa la perfección que la plenitud del Reino traerá consigo. Jesús realizó la voluntad de Dios, abrazó a los marginados e impuros, con su mesianismo, cuestionó el egoísmo y el poder a la élite judía y propuso un nuevo modelo de mesianismo basado en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Él es el ungido de Dios.
El v. 6, empleando una bienaventuranza, Jesús recalca la importancia de responder positivamente a sus acciones o al menos no rechazarla. El dicho señala una conducta que Dios considera deseable. Declara el favor de Dios en una situación presente, promete cambio de la situación o recompensa en el futuro y exhorta a los oyentes a vivir de conformidad con todo ello. La verdadera dicha es no escandalizarse del mesianismo de Jesús. Por ello la bienaventuranza está centrada en Jesús (“de mí”) y hace hincapié tanto en el reconocimiento de sus obras a favor de los marginados, como en la necesidad de una respuesta positiva a Jesús: encontrarlo a él es encontrar el Reino.
Por último, la tercera parte produce un cambio de papeles. Juan el que preguntaba, es ahora el eje del texto. Jesús habla sobre el Bautista. Él mediante preguntas examina las intenciones de la gente y del lector actual. Los vv. 7-9 exponen las preguntas que Jesús hace a la gente, entre estas: “¿qué salieron a ver en el desierto?” También hace una de las afirmaciones sobre la identidad de Juan: “es más que un profeta”.
Se ha producido una cambio de papeles. Juan, el que preguntaba (v.2), es ahora el eje sobre el que giran seis rápidas interrogaciones que Jesús, el antes preguntado, dirige a la gente para instarla a entender la identidad y misión de Juan. Todas las cuestionantes son de contraste entre la sencillez de Juan con la elegancia de los que viven en palacios. La palabras de Jesús resaltan lo absurdo de cualquier idea de alianza con la élite: los que llevan ropas lujosos, viven, en palacios reales, lugares de poder y riqueza, no en el desierto, morada de Juan, lugar marginal y marginación.
Jesús afirma que Juan es más que un profeta. Los lectores de Mateo lo saben (3, 1-6), que sí, Juan es un profeta que contrasta el status quo político religioso e insta al arrepentimiento en preparación para la inminente intervención divina, que manifestará el reinado de Dios sobre cuanto se le opone. La preguntas de Jesús confirman todo esto. Luego, va más allá de ello. Pero es más que un profeta. ¿En qué sentido?
Juan es “el mensajero enviado que preparará, delante de ti, tu camino”. Una cita de las Escrituras aclara el sentido de ese más que. Con él se alude al papel de Juan, preparar el ministerio de Jesús (3, 1-12), de quien está escrito: “Mira, envío mi mensajero por delante de ti”. Esta cita es de Ex 23, 20, aunque una parte se encuentra también en Mal 3, 1. En Ex 23, 20, Dios promete al pueblo, aludido mediante forma pronominal de segunda persona (ti), un guía después de su liberación de Egipto. Pero el versículo tiene nuevos significados en el contexto de Mateo. El “ti” del versículo veterotestamentario ya no hace referencia al pueblo, sino a Jesús. Lo que sigue inalterado es el modo de actuar de Dios.
El mensaje de Mal 3, 1 es entendido como referente a Juan (mi mensajero) y su tarea de preparar para la venida de Jesús (3, 1-12). La segunda (que preparará el camino por delante) no está tomado del Éxodo ni de Malaquías, aunque ambos pasajes veterotestamentarios se refieren al camino como a un modo de vida conforme a la voluntad de Dios. La tarea de Juan es preparar el camino a Jesús, un eco de Is 40, 3 (citado en 3, 3), que recuerda la acción divina de liberar al pueblo del destierro en Babilonia. Juan prepara el camino para que la obra salvadora de Dios continúe a través de Jesús en un mundo dominado por Roma.
Juan es “el mayor de los nacidos de mujer, pero el menor en el reino de los cielos es mayor que él” (v.11). La importancia que Jesús da a Juan es sorprendente. Enfatiza que la grandeza de Juan está en favor de la autoridad de Jesús, que redefine la grandeza como servicio, no como dominación. De esta manera, Jesús sentencia que él es mayor, que Juan, en pequeñez en el reino. Entonces, Juan, no debe esperar un Jesús poderoso, sino uno pequeño, uno débil, quien por ser el más pequeño, es el mayor en el Reino. Asumir esta paradoja es el reto de los discípulos de Jesús.
Por último, el v. 12 sostiene que tanto Juan como Jesús sufren violencia. Las manifestaciones del reinado de Dios en palabras y acciones provocan resistencia. Los poderosos, defendiendo su poder, defienden sus propios intereses y se resisten a aceptar las exigencias y la supremacía del reinado de Dios. En el tiempo de Jesús, varias tradiciones esperaban un tiempo de dolores o aflicción, un intensificado conflicto entre el bien y el mal, que precederá a la instauración del reinado de Dios.
Mons. Romero dijo: “A mí me parece…que Juan Bautista encontró aquí una corrección a su predicación. Juan Bautista acentuaba mucho…un día del Señor que ya viene con ira a corregir a los pecadores…y Cristo viene con más mansedumbre…y Cristo, a este profeta impaciente, le manda a decir: tened paciencia… la señal del Mesías es bondadosa”[1].
[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 11 de diciembre de 1977, tomo II, San Salvador 2005, 94.
