Trigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Jesucristo Rey del Universo.

Anotaciones al texto de Lc 23, 35-43

El relato se ubica en el contexto de la narrativa de la Pasión (Lc 22 – 23). En concreto, durante la crucifixión, la muerte y la sepultura de Jesús (Lc 23, 26-56). Lucas sigue a Marcos en este relato (Mc 15, 25-39), pero introduce temas propios como el perdón y la misericordia de Jesús por Jerusalén y su gente (23, 27-31), por los que le matan (23, 34) y por el malhechor (23, 40-43).

El texto contiene cuatro escenas: 1) el pueblo estaba “contemplando” (v.35a). Lucas, distinto a Marcos, realiza un cambio. Los protagonistas no son gente que pasa, mira y se va; es el pueblo, que permanece quieto mirando (theorôn). Este verbo es mencionado por el Sal 22,8; pero, a diferencia de lo que ocurre en el salmo, no se burlan ni menean la cabeza; contemplan la escena meditativamente, sin pronunciar palabra.

2) Los jefes “hacían muecas” (v. 35b). Lucas, reinterpretando a Mc 15, 31-32, engloba en el vocablo “jefes” a los sumos sacerdotes y escribas. Reconocen que Jesús ha salvado a otros. No niegan que se pueda salvar, simplemente le dicen que lo haga, si es el Mesías de Dios, el elegido. Estas palabras se pueden traducir de dos maneras: “si es el Mesías de Dios, el elegido” y “si es el Mesías, el elegido de Dios”. “El elegido”, en el AT, es un título que se aplica a Moisés (Sal 105, 23) y a Israel (Is 42, 1). Este es la única vez que se aplica a Jesús, pero no es un título mesiánico.

¿Por qué piensan los jefes que el Mesías puede salvarse? En el libro de la Sabiduría, los malvados dicen algo más lógico: “Si el justo ese es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo arrancará de las manos de sus enemigos” (Sab 2, 18). El que salva es Dios. No es el Mesías el que se salva a sí mismo. Los enemigos, en son de burla, le están atribuyendo poderes divinos.

3.) Los soldados “se burlaban” (vv. 36-38). Lucas omitió la escena del pretorio con toda la cohorte reunida, donde los soldados se burlan de Jesús (Mc 15, 16). Tampoco habló de ellos durante el camino hacia el Calvario. Este es la primera vez que los menciona, y los hace partícipes de las burlas.

En Marcos, cuando llegan al Calvario, le ofrecen a Jesús vino mezclado con mirra, para drogarlo un poco; Jesús no lo toma. Práctica que se mantenía en la época de Jesús (Talmud babilónico: Sanedrín 43a: 10). La acción de los soldados podría interpretarse como cumplimiento del Sal 69, 22. Lucas lo interpreta como burla. En vez de vino mirrado le ofrecen vinagre; no se sabe si Jesús lo tomó o lo rechazó.

El evangelista pone en boca de estos soldados unas palabras muy parecidas a las de los jefes judíos. Aunque no usan el título Mesías, sino el de rey de los judíos, lo animan también a que aproveche esa dignidad para salvarse. Su sugerencia es más absurda que la de los jefes. Estos podrían tener una idea sobrehumana del Mesías; los soldados no es lógico que tuvieran tal idea del rey de los judíos.

Lucas debió recordar en este momento que había omitido el título de la cruz, en el que se basan las palabras de los soldados. Marcos lo indicó inmediatamente después de la crucifixión y el reparto de los vestidos (Mc 15, 26). Lucas la coloca ahora, omitiendo la referencia a la condena: “Había una inscripción sobre él: Este es el rey de los judíos”. Es notorio que los evangelistas no coincidan en un título de tan pocas palabras. Mateo: “Este es Jesús, el rey de los judíos” (Mt 27, 37). Juan: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos” (Jn 19, 19). Pero los cuatro coinciden en llamarlo “rey de los judíos”, título que recogen los soldados de Lucas.

4) Diálogo entre los dos malhechores y del “otro malhechor” con Jesús, el Crucificado (vv. 39-43): uno de los malhechores “insultaba” a Jesús (v.39) y el otro que “decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (v. 42). A este último Jesús responde: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v.43).

Esta escena es única de Lucas. El primer malhechor, en su diálogo con Jesús, repite el insulto que los magistrados y soldados han dicho a Jesús: “sálvate a ti mismo”; y, añade: “y a nosotros contigo”. En su contexto, ambas frases expresaban condena, pero Lucas pone en boca de este malhechor, la dimensión liberadora (salvadora) de la muerte de Jesús.

Lucas no quiere que se vincule a Jesús con los revolucionarios y no llama a los dos ajusticiados “ladrones”, sino “malhechores. Pero lo más importante es que distingue en ellos dos actitudes. La del malo, que invita por tercera vez a salvarse, aludiendo a su calidad de Mesías, añadiendo que los salve también a ellos; y la del bueno, que reprende al otro su conducta, asume su culpa y pide a Jesús que se acuerde él. Este buen malhechor sabe mucho: que Jesús es inocente, que tiene un reino en el que estará pronto, y que puede acordarse de él. No solo lo reconoce rey de los judíos sino de un reino que no es de este mundo. Un caso en el que la teología está por encima de la historia.

Teóricamente, es posible que Lucas haya inventado esta escena, pero él diría: “Si no ocurrió, pudo haber ocurrido”. Lo importante es que cualquier persona sepa que, por muy mala que haya sido su vida, por muchos errores que haya cometido, hasta última hora tiene la posibilidad de convertirse, y siempre encontrará en Jesús alguien dispuesto a perdonarlo y abrirle las puertas del paraíso. En esto, prescindiendo de lo que ocurriese con el buen malhechor, Lucas tiene toda la razón.

La referencia al paraíso, como lugar maravilloso de descanso eterno, resulta extraña en boca de Jesús. Es la única vez que usa este vocablo, que solo se encuentra en 2Cor 12, 4 y Ap 2, 7. Más extraña resulta la promesa de estar hoy con Jesús en el paraíso. La idea predominante en el NT es que primero debe producirse la resurrección y el juicio universal.  Algunos proponen la solución de interpretar hoy no es sentido cronológico sino como referencia al ahora de la salvación mesiánica; otros interpretan “paraíso” como una morada transitoria en la que esperan los justos la resurrección futura. Ambas interpretaciones no resuelven. Sin embargo, la muerte de Jesús no es un suceso sino un acontecer permanente.

Mons. Romero dijo: “El Evangelio… nos presenta un raro trono de este rey: una cruz; entre burlas, muere el rey. Pero al que no descubren las persecuciones de los poderosos de su tiempo, un malhechor arrepentido lo descubre: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Y Cristo le ofrece: hoy mismo, porque yo, aunque me ves deshaciéndome los dolores de la cruz, soy el rey que está conquistando al mundo por el dolor de la expiación de la cruz; hoy mismo estarás en mi reino, en mi paraíso[1].

Únicamente nos pide que no seamos sordos, mucho menos perseguidores de su mensaje, sino que lo escuchemos y tratemos, sobre todo, de vivirlo. No señalemos en otros las culpas de los males. Veámonos a nosotros mismos, si hemos vivido realmente como verdaderos seguidores del Cristo profeta, del Cristo sacerdote, del Cristo rey[2].


[1] Cfr. Óscar Romero. Homilías, 20 de noviembre de 1977, tomo I, San Salvador 2005, 474.

[2] Ibid. 480.

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